Casorio en Caseros

No es usual que me inviten a casamientos -la gente no se casa tanto, de hecho, yo mismo no lo estoy, aunque se viene el estallido-, pero que me invite una amiga del facebook para que le haga algunas fotos, es absolutamente inusual.
Fui, claro, aparte estaba el loco Alfred y su nena, y galones de alcohol…
La cosa empezó en el civil a las doce del mediodía, y terminó al caer el sol.
Hubo fiesta, tinto, risas, humos, baile, mareos, resbalones, parrilla, y más, más, más…mucho más.
Yo llegué a casa sin enterarme cómo, y aún me maravillo con las tomas de la puesta de sol… ¿las hice yo?
Dos días más tarde aún estaba con náuseas.
Lástima que la gente se casa sólo una vez.

globos dance 1 copa vino dance 2 nike gotas2 sombra pensante 35 atardecer 2

Alguien hizo esta foto en plena festichola y la subió a facebook… Diá Mar y Sergio -los novios-, el Alfred y yo, que aún estoy vivo, o eso parece…

casorio

El color, el templo

Nada como la flor, el cielo y la llegada de la primavera -y el atardecer- para el color perfecto.
Lujurioso color, lujuriosa textura, entrega, apertura, polisexualidad femenil de bichitos revoloteando con una inocencia infinita alrededor de la vida.
Y si no hay inocencia… ¿qué?
¿Acaso la vida no construye sus cimientos en el barro?
Así el Loto, bebiendo su belleza directo desde el légamo.
El templo perfecto, la flor… sin exigencias.
Luego, todo lo demás.
Y muy lejos.

El color, el templo

Lovecraft en mis sueños

Soñé con Lovecraft.
En realidad nunca lo vi, sólo chillaba como una chotacabra desesperada en un malsano pantano de Nueva Inglaterra.
Igual me lo pude imaginar, flaco y cerúleo, aburrido y genial… casi autista.
Estaba atrapado en las profundidades del Arrecife del Diablo, y aunque le fue concedido, para su tormento, respirar, creía ahogarse debajo de la titánica piedra verde -la que sepulta al gran Cthulhu- que es la misma piedra que oculta la entrada ciclópea y de geometría errónea que sufrió en sus ojos Johansen y su otrora malograda tripulación .
Al pobre Howard le estaban creciendo branquias, sus ojos se estaban volviendo redondos como la luna, y sin párpados.
Su boca -lo que quedaba de ella- era una incisión, una línea recta horriblemente tajeada de oreja a oreja.
Tembloroso, casi convulsivo, me mostraba un DNI que decía: Howard Phillips Marsh… yo lo leía, y entonces él chillaba.
-Por favor, Señor -chillaba-… ¡Ayúdeme!
Yo quise ayudarlo, de verdad… pero cuando estaba por hacerlo recordé al doctor Charriere, a Peabody, al inspector Legrasse, a Abdul Alhazred y la tremenda decepción que sufrí -como con papá noel y los reyes magos- al enterarme, buscando en innumerables bibliotecas, su Necronomicón de fantasía; también recapitulé los extraterrestres horrores de Ammi Pierce y de su malogrado amigo -por el color- Nahum Gardner.
Y evoqué al mutilado Lake, en las nieves de la Antártida.
Y a Henry Akeley, susurrando en las tinieblas… ¡esas manos y esa cara de fantasía!
Fue entonces cuando dudé en salvar a Howard… lo pensé, una y otra vez, mientras sus chillidos de ultratumba fastidiaban mis oídos….
Luego comprendí que la vida y la muerte son un premio, y que aquellos que juegan con ellas, tal vez, no las merezcan del todo, o por lo menos no inmediatamente.
Entonces lo dejé ahí abajo, encerrado y sufriente.
Ahora yo estoy muerto, y me encuentro, hace mucho tiempo, esperando mi sentencia… y no se nada de su suerte.
Quisiera saber, pero acá, donde estoy, nadie lo conoce.
Ni tampoco a mí.
Solo espero.

lovecraft-and-felis-1

La confusión de la palabra “patria” -en el día de la patria-

Cuantos modos hay de festejar el día de la patria es algo que no me suelo preguntar. Tal vez porque el abstruso -para mí- concepto de “patria” me lleva el sentir para el lado de las cucardas militaristas, los fusiles apuntando hacia dentro, las cantinelas antisemitas y los himnos de la escuela primaria repetidos hasta la disolución mental, ¡firmes, alumnos! y a tomar distancia que viene el palazo en la nuca y el libro de disciplina; o hacia las alpargatas y los chambergos camperos rascando la guitarra en la estancia del rico patrón terrateniente que suele disfrazarse de gaucho antes de salir a exterminar a la indiada… no, no me gusta esa patria, me atemoriza, me quita el hambre, me da asco. Ni me gusta la patria que suelo escuchar chillando a través del parlante de la radio y la TV, vendiendo todo y todas las cosas por un puñado de plata, o de oro, que es lo mismo, o de ¡poder!… poder que siempre, siempre, siempre termina en una bolsa o un bolso o un baúl o caja de seguridad o cuenta bancaria repleta de kilos y kilos y kilos del otrora, por Cristo, condenado vil metal. Eso no es patria, para mi. Patria, también, es confuso como “iglesia”… ¿que es la patria?… ¿la gente?, ¿los índices?, ¿los cementerios?, ¿el hospital?, ¿la cancha?, ¿el gobierno?… ¿la iglesia es las paredes, la bandera amarilla y blanca, el Papa, la comunión o el cura villero que moja un pan en leche rebajada para que el pibito enfermo de inanición algo coma, por lo menos por hoy, y no reviente de hambre hasta el día de mañana?
No se que es la patria. Sé lo que es la calle. Sé que es caminar el conurbano, sé cómo se festeja la patria, pongamos, en la lejana Loma Hermosa, o en la bella Villa Ballester -me dirán: “¡Che, que es acá nomás todo eso!”, si, desde mi casa son unos diez o quince kilómetros. La diferencia es que hasta allá yo no voy en tren, voy a pata.
Caseros, Santos Lugares, Villa Bosch, San Martín, San Andrés, Villa Maipú, José León Suarez, Villa Martelli, carapachay, Villa Adelina, por decir algo. Patria. Y la Panamericana y más allá, mucho más allá. Patria. Bares, plazas, calles, cielos, vías, trenes, gente… gentes de a pié. Patria. El sol empezando por el este y terminando en el oeste, y luego Júpiter y la estrella del ocaso como una lámpara empotrada en los cielos estrellados del sur del mundo. Patria.
Puedo caminar, gracias a Dios. Yo te cambio todos los himnos, todas las banderas, todos los uniformes, sean de milicos o de escuelas, todos los escudos y todas las armaduras y armamentos del planeta por el ejercicio de mis dos piernas, por poder salir a la calle y completar el mapa, por encontrar un nuevo sucucho en donde sentarme con mi chica a comer un bife o una porción de tarta. O un locro. Sí, un locro.
Porque al final era 25 de mayo, el día de la patria. Y salimos a caminar, que aún es gratis.

1 2 3 4 5 6 7 8 9 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26

Niña contraluz

Puente peatonal, estación Santos Lugares.
Cae el sol, primer domingo de diciembre.
La brisa es suave, los silencios son de eucalipto;
trenes que vienen y van, gente que sube y baja, llega y se va.
Yo voy hasta el extremo del andén y disparo a contraluz…
una, dos, diez, decenas de veces.
Entonces arriba desde Retiro una nueva formación,
baja una familia: el padre y dos niñas; la más grande de la mano de papá.
Caminan por el andén, suben la escalera y se colocan, por un instante, a contraluz.
Entonces un último disparo -el único y necesario-… pasan presto y se van.
Desaparecen para siempre.
Dejan, para el regodeo de ojos extraños, una imagen y un detalle de esa imagen.
Una niña que salta y juega en otro mundo.

Niña contraluz 1 Niña contraluz 2

La marea

Estaban sentados en un bar del centro porteño. Bebían fuerte, en la madrugada de un lunes cualquiera. Corrientes y Figueroa. Ella vació el vaso y lo miró. Su pelo era del color de las rosas, lo mismo que sus labios y el esmalte en sus largas uñas. En sus ojos, extrañamente melancólicos, habitaba una tristeza desesperada sitiada por largas y curvas pestañas de un color negro desesperado. Encendía un cigarro tras otro con esa liviandad que otorga la falta de respeto por la juventud y por la convicción de querer vivir al mango una vida no muy larga.
-No puedo creer lo que me decís… ¿nueve?… ¡no lo creo!
-Creélo, estuve ahí.
-Fuiste uno de ellos.
-No, yo estaba con Mariana… pero ya sabés como es esto, estábamos todos en la misma habitación.
-Yo ya la he visto a tu Mariana con otros.
-Para el caso yo también… no sé qué tiene que ver con lo que te estoy contando ¿vos creés que siento celos?
-No, yo no creo que puedas sentir mucho por ella. Ni por nadie.
-Un calco las dos, me dice lo mismo; a veces pienso que hasta podrían ser amigas, si no estuvieran tan locas y cabreadas.
-Yo no estoy loca.
-No claro, ella tampoco.
-No seas irónico, y no me compares con esa yegua.
-Ok, me callo, entonces.
-No seas malo.
-“No seas”, “no seas, “no seas”, represión.
-No.
-Sí.
-Sos cruel.
-Eso ya es ser algo. Y vos sos tan sincera… en este mundo eso equivale casi a no existir, pero zafás por tu magistral manejo de esa culpa que casi te humaniza.
-Que turro, ya sé que para vos no existo.
-Más culpa.
-Sos misántropo y mal educado.
-Más culpa aún. Podrías organizar una turba ahora mismo, apedrearme en la vereda y crucificarme en el shopping del Abasto.
-¿Te parece?, ¿y quién seguiría a esta criatura?… antes que a vos seguro me cuelgan a mí, fijáte lo que soy.
-¿Qué sos?… una mujer hermosa.
-Sí, jaja.
-Realmente lo creo.
-Si creyeras eso estarías conmigo y no con esa puta.
-Bueno, bueno, vos andá con cuidado que hace rato vienen buscando por el barrio una santa para canonizar.
-Seguro es mejor que estar viendo tu cara de cornudo.
-Te olvidaste decir: “de cornudo conciente”.
-Eso.
Terminaron la ronda y ordenaron otra. La avenida dejaba de ser un débil arroyo nocturno para convertirse en un ancho torrente de motores y cauchos y metales y nervios y prisas por llegar a cualquier lado. Y dentro de cada vehículo mudaba hacia su destino un ser humano atravesado por millones de torrentes químicos que activaban emociones y furias y desgracias y deseos y salvajismos ancestrales hacia una nueva y mecánica alborada.
A las ocho de la mañana todavía vaciaban sus bebidas blancas, arrastradas desde la noche anterior como un par de náufragos extraviados en una isla marginal rodeada por un mar de cafés con leche y medialunas de grasa.
-¿Qué vas a hacer entonces?
-Me voy con ella… ¿qué más puedo hacer?
-Pero no la amás.
-No, pero ella no lo sabe, o no le importa. Le sirvo, como ella a mí. La guita y el sexo, todo cuaja.
-Cambiaste mucho desde que éramos chicos.
-No tanto como vos, que ahora sos “chica”.
-¿Y te gusta la chica que soy?
-Ya sabés que sí.
-No te creo. Te gustaba antes de calzarme la primera minifalda, pero ahora no estoy tan segura ¡pasaron tantas cosas en los últimos años! Yo ya olvidé quién era, y menos mal: hice la jugada correcta, pero ¿vos?… lo tuyo es una negación total de la realidad; no sólo tus deseos, también tu corazón.
-Lo decís tan segura que apesta.
-No me olvido de aquello. Del principio. No puedo olvidar aquello. Ni cómo lo hacías. Sé que no es así con ella, y no me preguntes cómo lo sé; simplemente una mujer que ama no se equivoca.
-Bueeeno, jajajaaa.
-¡De que te reís, idiota!
Las lágrimas brotaron de esos pozos de melancolía como una tragedia llena de espinas. Había dolor en esos pozos. Y ese dolor era antiguo, muy antiguo. Era un dolor envejecido, detenido, mohoso, rancio; un dolor que, como un callo, no aflojaba en su aspereza con nada, ni con nadie, ni en ningún lugar.
-Te burlás de mí por lo que soy, pero esto que soy está entremezclado con tu historia y con tu voluntad. Yo soy la responsable de esto que ves y que te da asco…
-No es verdad que me da asco.
-… pero vos también sos responsable de esto que ves y que te da tanto asco…
-Te digo que no me das asco.
-… y venís a despedirte porque te vas con ella, te vas por la platita de su papi contento y también por tu platita de tu papi feliz; te vas con ella porque te tranquiliza no ser el responsable entero de su placer, porque tu corazón, con respecto a su alma, no aguanta, y el cuerpo… ¡que es el cuerpo sino una futura ruina!; entonces me llamás para compartir unas copas conmigo, las últimas copas con tu freaky fetiche solitario, porque te gusta que te vean conmigo, es cool, venís a mostrarte y a venderte frente a mí como en una vidriera, o como en una pasarela, te vendés como en un cartel de la calle o en una propaganda de la televisión, pero todo es una postura… ¡mucho peor!, ¡un negocio!, ¡un escape!, es la triste lógica del avestruz que en la inminencia del ataque mete la cabeza en un agujero para escapar… y te creés tan loco, tan vivo y tan sofisticado que terminás autoengañado hasta en lo fundamental: que estás hoy frente a mí, tomando por culo, sólo para calmar la culpa y el remordimiento por tratarme como un objeto que pegás a tu cuerpo para embellecerlo, para que todos pasen y vean y digan: “qué lindo, que hermoso: ¡ahí viene el gran poeta con su fetiche color rosa!, ¡con su maravilloso y freaky fetiche de pelo color rosa con sus uñas color rosa y con su vestidito amarillo diminuto y con sus kilométricos tacones transparentes!”, y estos zapatos resulta que son kilométricos como mi dolor y mi desesperación; y también como tu desasosiego, porque ¡me usás!, ¡siempre me usaste!. Por eso: no juegues vilmente conmigo a tu tonto juego esta última vez, ¡fuera esa careta!, ya los dos sabemos que cuando acabemos estas copas te vas a ir con todo aquello que ella representa, y te vas a olvidar de mi como te olvidás de cualquier desecho que tirás al tacho de basura, que es adonde todo impuro desperdicio debe terminar.
Se hizo un silencio enorme, crudo, pesado como un puente infranqueable. Él apuró el vaso, levantó la mirada y, temblando, repitió:
-No me das asco.
-Calláte, por favor.
-Creéme. Te pido que me creas.
-No te conviene que te crea, porque si te creo, entonces sos un cobarde.
-Sí, lo soy. Soy un cobarde.
-Elegís la muerte, entonces. Elegís quedar bien, satisfacer a todos… menos a vos. Y a mí, por supuesto, la única en este planeta que te conoce entero y que de verdad te ama como sos.
La marea humana ya reptaba por las veredas, cruzaba las calles, subía a los bondis, bajaba de los taxis, brotaba de las bocas del subte con sus destinos pegados en la frente y en la palma de las manos, manos que abrían puertas y cerraban puertas que mañana volverían a abrirse y a cerrarse, una y otra y otra vez, y eso hasta que se cansara el cuerpo de abrir y cerrar y reventara, o hasta que rompieran las puertas a patadas, o hasta que arrojaran la maldita bomba de una buena vez.
Él pidió la cuenta. Pagó. La miró y sintió derrumbarse su interior como una demolición irremediable, una triste agonía sin aire ni sonido. Era verdad que se moría sin ella, todo era verdad… pero ¿qué dirían todos?
-Vamos, le dijo.
Salieron a la calle. El primer rayo de sol que había logrado subir por encima de los edificios les pegó de lleno en la cara. El sintió esa tibieza y otra vez el vuelco interior, el miedo, la incertidumbre y el espanto. Una fría soledad de hierro.
La miró de nuevo. Era hermosa, una criatura hermosa, su criatura favorita desde siempre. Sintió en sus venas y en su corazón la certeza de que podría arrojarse dentro de ella y desaparecer del mundo con tanta simpleza como es fácil para el mar hacer sus olas.
-Vamos a un telo.
-¿Qué?
-Que vayamos a a un telo. Ahora.
-Pero ¡vos te casás en cuatro días!
-Eso aún no lo sé.
Subieron al auto, buscaron un telo, entraron e hicieron lo que hace tanto tiempo deseaban continuar.
Y se tomaron el tiempo necesario para dejar pedazos de alma entre las sábanas.

Cuando salieron a la calle el sol ya llegaba al cenit y el invierno sonreía.
-Te llevo a tu casa, le dijo él distraídamente mientras detenía el auto. Ella lo miró, en silencio, largos, larguísimos segundos.
-No, gracias- finalmente respondió -dejáme acá que son pocas cuadras y me voy caminando.
Silencio.
-Bueno, chau, dijo el.
Silencio.
-Chau, dijo ella.
Entonces abrió la puerta, bajó del auto, cerró la puerta, se secó la última lágrima, la desparramó suavemente en el parabrisas delineando un pequeño corazón, dio media vuelta y se fue caminando por Anchorena rumbo a Avenida Santa Fe. Él, vacío, se la quedó viendo hasta que ya no la distinguió entre la marea.
Ahogado por el llanto, dobló a la izquierda y enfiló, ya apurado, para la casa de cotillón.

la marea

Villaventana el 1º de Mayo

A veces el humor del alma coincide con el clima… oscuro, frío, tenebroso, solitario, lleno de dolor y, también, lleno de hermosura.
Porque la belleza de la vida es tan fecunda que logra levantar su tienda hasta en los días de luto. Tal vez por eso llegamos y sintonizamos sin esfuerzos con el viento y con la lluvia.
La gente se va, todos se van, nos vamos… ¿cuando?, nos vamos hoy.
Mejor dicho, ahora.
Y hay que explicar lo obvio, porque la contaminación ideológica alcanza incluso a la inversión que, tristemente, hacemos en inasibles e inexistentes pasados y futuros.
Porque no moriré en el futuro: cuando muera ni siquiera será hoy: será ya, ahora.
Y así todo, todo, todo lo demás.
Ahora tendré el examen, ahora haremos el amor, ahora vendrán los amigos, iremos al cine, tocaremos las guitarras, lloraremos juntos… ni mañana ni ayer.
Del mismo modo en que se mudan y transmutan las ideologías en nuevas y más libres, la hipérbole fotográfica va desde la negrura aplastante del cielo encapotado hasta el fuego de la estufa rusa, rojo y caliente, así de simple, así de no planeado.
Luego, pastas en Da Roberto, el mejor restaurante italiano de todos los restaurantes italianos que conozco.
Y al final de la noche terminamos en la cucha, abrazados, escuchando ese silencio construido solo con los materiales sonoros aportados por la lluvia en el techo y el crepitar de las llamas.

1 2 3 4 6 7 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30