Otro espanto

“Comíamos un asado. Mediodía, nublado. Eramos varios, amigos míos y amigos de mi mujer. Yo relataba al grupo un encuentro místico-sexual del que habíamos gozado unas semanas atrás, un encuentro que ella decía, riendo, no recordar. Me interrumpían para hacerme preguntas, algunas bien intencionadas, otras, mal disfrazando la burla. Yo sólo intentaba llegar al final de mi relato, a pesar de la incredulidad y de las risas.
-Nos frotamos la pelvis uno contra el otro, vestidos, tomados de la mano; encontramos un ritmo apropiado y unos minutos más tarde alcanzamos el clímax. Fue más que un clímax sexual, mucho más… fue psicológico y místico. Nos detuvimos los dos al unísono, nos miramos y ella me dijo exactamente lo que yo estaba sintiendo:
Alguien, entonces, preguntó algo al grupo, algo acerca del comienzo de las clases y del paro y del sindicato. Esperé a que callaran para poder terminar mi relato, el clímax de mi relato, que era esa frase final, pero no se detuvieron. Cuando fue evidente que me ignoraban, les pregunté, bastante angustiado:
-¿No quieren que termine mi relato?, ¿no les interesa lo que ella me dijo?
Unos pocos manifestaron un si, asintiendo con la cabeza, pero la mayoría siguió con su debate un rato más. Hablaron de la educación, de los riesgos, del maltrato y de la locura. Mi angustia me obligó a exclamar, con lastimosa voz de perro:
-Es muy triste que no me dejen terminar mi relato.
Entonces sucedió: el rayo. Cayó sobre Fabián, sentado justo enfrente de mi. Cayó el rayo y lo atrapó y lo envolvió con un zumbido de un millón de abejas enloquecidas, plateado, grueso y furioso… uno, dos, tres, cuatro segundos y se detuvo. Yo creí que Fabián había muerto, pero él, abriendo los ojos y sacudiendo el cuerpo, exclamó:
-¡Woow!, ¿como hacés para parar eso?
Entonces, el ruido. Apoteósico y gigantesco, lejano como una constelación, enorme, planetario. Todos, espantados, giramos las cabezas y miramos hacia el cielo: desde el oriente hasta el occidente, pasando por el cenit, ramificado como un árbol terrible y ocupando toda la bóveda celeste: el relámpago nodriza, detenido y poderoso. Ancho como cientos de lejanas autopistas cegadas de muerte, amenazante como mil demonios trastornados.
Y comenzó a escupir rayos, buscándonos. Corrimos desesperados, sin saber donde ocultarnos; algunos corrimos hacia el fondo del jardín, otros, hacia la casa. El estruendo de las centellas era espantoso. Yo escuchaba estallar las casas vecinas, escuchaba gritos desgarradores todo alrededor. Alguien, corriendo a mi lado, fue alcanzado: su cuerpo quedó convertido en una masa carbonizada y convulsiva. Las descargas castigaron todo a nuestro alrededor, fulminando el pasto y las veredas, fulminando la tierra y los edificios, fulminándonos a todos. Escuché un grito pavoroso en la voz de mi mujer. Corrí hacia ella como un loco, pero era tarde: el hedor en el aire era a carbón y a grasa, a carne y a cabellera abrasada, a un cuerpo y a un futuro reducido a cenizas.
Los rayos se detuvieron, sorpresivamente, en un instante de atroz silencio. Todo había durado pocos minutos. Nos fuimos reagrupando entre los cuerpos fulminados y las caras de cera. Un sonido creciente nos atrapó y nos empujó corriendo a la terraza. Entonces la vimos: la ola.
Primero creí que tenía varios kilómetros de altura, luego me di cuenta que caía desde cielo. Millones de trillones de toneladas de masas de agua avanzando irremediablemente hacia nosotros desde el lejano horizonte.
Era el fin. El fin de todos y de todas las cosas.
Nos quedamos ahí parados, mudos y entregados, viendo a la muerte llegar con una violencia imposible”…

Me desperté sobresaltado, con un fuerte dolor en el vientre y unos enormes deseos de evacuar. Corrí al baño y, mientras vaciaba los intestinos, recordé esa frase final:
-”Hoy somos tres”
Y aún no puedo entender el horror que existe, sin dudas, oculto en el significado de esas tres palabras.

torm

Un dios salvaje

El río del tiempo y sus futuros, sus memorias y sus efímeros presentes que ya no son respiran atrapados en la mano temblorosa de un dios salvaje.
Este dios no es Dios.
Aquel, suave y magnánimo. Este, débil e incoloro, indefinible, salvo por lo rústico; inasible, salvo por lo doloroso.
Yo lo siento distante… burlón por lo envidioso.
Sonriente en la mentira.
Es producto de la bruma psicológica que cubre a la ciudad, de los gases tóxicos que emanan las máquinas, de las señales electromagnéticas que todo lo atraviesan, de las infinitas -e inútiles- opiniones en la radio y la TV.
Y del fútbol, por supuesto.
Dios, el verdadero, no se calla -aunque no habla-, ni se muda -aunque parece no estar-… y esa es una de las maravillas de ser Dios único, su ubicuidad consistente en hablar sin palabras y de permanecer sin estar. Raro.
Y lo otro, ese dios informe, necesita estar.
Suele, para ser, revestirse en materiales tangibles, en general oro o dinero.
Y si es dinero, prefiere dólares.
Estalla con las bombas de las guerras, penetra con los plomos de las balas, llueve con las fumigaciones que mata a los niños y deforma a los fetos en los vientres maternos.
Ama las medias de nylon -aunque no las usa-.
Ama la sangre derramada, el incumplimiento en los horarios, el cine mudo y el alimento desperdiciado. Ama -aunque es incapaz de amar- todo tipo de fluidez corporal, en especial si es culposa -polución nocturna-.
Yo suelo perder los estribos cuando lo escucho hablando a través de la boca de mis amigos.
Olvido que no es y que no tiene permanencia… morirá con la ciudad, con la tecnología, con el mero universo-mecanismo.
Muchas veces parece ser bueno… suele confundirse con el vino tinto, con el sonido de la guitarra, con el sexo.
Es propenso al llanto y al manejo de la culpa.
Algunos aseguran que es mujer… yo, que ni siquiera es hombre, aunque practique la misoginia.
El amor lo derrota.

raro

Gente hormiga

Gente hormiga, deambulando por calles de neón, contadas como granos de sal entre extensos campos a oscuras; gente hormiga, con sus cabezas-antena, tumbadas en la almohada, esperando el grito del despertador que chilla y chilla y patea el trasero justo debajo del
coxis-felicidad, para poder arrancar, una vez más, hacia el prólogo del ocaso…

city

“Melancholia” en la pared

Caminando por ahí, cerca de las olas del mar, me encontré con la escena final de “Melancolía” estampada en la pared… ya se acerca, inexorable, el gigantesco planeta azul, si hasta se puede imaginar el rumor profundo que precede a la catástrofe.
No están los tres protagonistas finales: en su lugar, una fila de amarillísimos girasoles que, paradojicamente, muestran en su centro el terrible color del prepotente planeta misterioso.
En instantes todo será polvo, fuego, elementos que regresan al cosmos como microesperma sideral.

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Un cambio de vida

Salió de casa y caminó por Uruguay hasta avenida Santa Fe. Ahí se detuvo unos minutos, recordó, sintió la emoción como oleadas que le quitaban el aliento y cruzó la calle. Dobló a la derecha por la avenida hasta llegar a 9 de Julio. La cruzó. Siguió caminando derecho hasta llegar a la plaza San Martín. La recorrió, muy despacio y respirando profundo, pesando el sentir del olor de Buenos Aires en el aire. Buenos Aires huele a puerto y a pizza -pensó-, a trenes y a inmigrantes. Buenos Aires huele a comedia… a un asueto de la responsabilidad lleno de libertad infantil. Luego caminó hasta las escaleras y bajó rumbo a Retiro.
En el hangar del San Martín estuvo un ratito, y cuando empezaba a sentirse triste se fue rumbeando hacia el puerto.
No le llevó  mucho tiempo encontrar la oficina adecuada y emplearse como cocinera en un carguero coreano. El navío partía en dos días, tenía el tiempo suficiente para preparar la valija y despedirse de los pocos amigos que la extrañarían de verdad.
Al otro día, en la mañana, se fue a la cárcel de Marcos Paz para despedirse de su marido. Todavía lo amaba. Y aún la torturaban sus marcas en la piel. Ya no lo vería más. Nunca más.
Vió algunos amigos, escuchó la radio, se durmió muy tarde.
En el mediodía del día siguiente se tomó un taxi hasta la dársena seis, y en el viaje casi no miró por la ventana. Más tarde embarcó y, bajo una garúa melancólica, zarpó rumbo al olvido.
Nunca regresó.

cambio

La vida es otra cosa

Caminar un viernes es bastante distinto a caminar un domingo… hay más tránsito, más humos, más gente trabajando, más vehículos, más delirio, más polución, más negocios abiertos, más ruidos, más fábricas y obreros, más niños, luces, vértigos, vuelos, tiempos, cielos y pensamientos… y la emoción que de todo se apodera porque al otro día es sábado, o bien lo será esa misma noche con la salida de la primera estrella. Luego, lo de siempre: las sombras y la luz, el riesgo, las calles y los músculos, el no tiempo, ese que sucede cuando se olvida todo el triste asunto del reloj y de la meta. Y las imágenes que corresponden, siempre, a un momento único, con una luz única y una única oportunidad. De ese modo el caminar se convierte en algo increíblemente irrepetible e intransferible… claro que no todo el mundo necesita el caminar. Completar los espacios vacíos en el mapa de la razón -y en el geográfico, desde luego- no es para cualquiera. Aunque en realidad sí lo es: sólo se necesita quererlo, desearlo, anhelarlo, ponerle el pecho al viento y a la tormenta que emana  como un río desde el parlante de la radio y de la TV como una ponzoñosa tsunami construida con miedos y con maliciosas palabras. Y la vida, casi siempre, es otra cosa.

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Bariloche en siete imágenes

Regresar, a veces, es descubrir que no se puede regresar. Así me sucedió en Bariloche… olvidada tras el hormiguero humano ha quedado aquella Bariloche que conocí veinte años atrás; y si bien quedan rastros de aquello, ya no es. 
Hoy, que escribo invadido por la pena, quiero regresar a la última Bariloche que viví, y quiero hacerlo, de nuevo, con mi chica: llenar el termo, caminar por los barrios, sentir el viento fresco, tomar amargos en la playita, salir a cenar truchas, visitar bunkers derrumbados, beber cerveza, dormir abrazados, gozar el estar juntos… ¿que más puede uno pretender de esta, por sobre todo, volátil vida?
La gente se va y desaparece. Todos, con la debida cantidad de tiempo, abandonaremos la tierra. Esa es la regla.

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