Por un paquete de salchichas

Increíblemente, la razón de tanto caminar fue un paquete de salchichas: alemanas, con piel, ahumadas, largas, gruesas, sabrosas… soñaba, también, con un gran pote de mostaza de Dijon muy marrón, condimentada con todas las semillitas de Francia, amasar unos pancitos de harina integral muy esponjosos por dentro y muy crocantes por fuera y, ante todo, con descorchar unas rubias muy heladas, y todo lo anterior bajo el amparo del helado chorro del aire acondicionado… en fin: zarpamos caminando, entonces, desde Caseros hasta el Carrefour de Avenida San Martín y General Paz para encontrar el deseado embutido, pero dentro del no-lugar sólo hallamos el hormiguero consumista, la locura pre-navideña, la colmena humana en su más perversa demostración de morfar-para-escapar (yo también pertenezco al club, no soy ningún superado) y ¡sin salchichas!, exceptuando, claro, a las ultra conocidísimas y baboseadas salchichas sin piel, sin sabor, sin humo y finitas como clavos del perrito. En fin, rajamos. Un momento de indefinición hasta que nos acordamos de José y de sus maravillosas empanadas. Movilizamos el esqueleto hacia esas dependencias, nos sentamos en la calle, nos clavamos unas cuantas de carne, las regamos con un par de birras nacionalísimas y nos fuimos para casa.

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Laberinto nocturno

La noche, asfalto, luces de neón… muere otro fin de semana y la necesidad de permanecer nos empuja a la calle. Caseros, vías del San Martín, calle Nicaragua, Santos Lugares, Laje en Saenz Peña, Capital federal entrando por Ricardo Gutiérrez, Villa Devoto… luego Villa del Parque y heladería Cadore, donde sólo se mantiene la calidad del helado de limón. Y el verano que se acerca, y la primavera a pleno. Y pasan los trenes, y chillan los grillos entre las durmientes. Y vos y yo, como siempre, lo más parecido a una simbiosis. Y todo alrededor como un laberinto nocturno bajo las estrellas infinitas. Lo más lindo: el misterio. Y también, lo más loco y desesperante: el misterio. Luego el regreso en el 123… y llega el lunes, el eternamente maldito lunes que empieza pasadas las doce, como todos los días y como todo, todo, todo lo demás.

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Paladines de injusticia

Un preso me llama detrás de rejas, me pide un pan, un cigarro, me pasa un teléfono. Sigo caminando y me cruzo con una bella travesti con olor a miel: el cabello amarillo, los labios color rosado, dos pendientes gigantescos y el reloj que gira y gira y no para de girar… se ve en su piel, se ve en la extrema hartura de sus ojos. Espiral descendente. Flores como astros entre estrellas y entonces ellos llegan: los paladines de la injusticia. Están en un túnel, los tres, y comparten ese espacio con un alien de labios rojos y lengua viperina. Ellos defienden el capital, la competencia, defienden a JP Morgan y a la guerra y a las bombas que llueven sobre los pobrísimos países “rebeldes” que se resisten a ser saqueados. Me acerco y les hago algunas fotos… nada me dicen estos superhéroes, tan acostumbrados están al estrellato, a la fama, a las luces de escena. Dejo atrás a esas lacras imperiales y, llegando a Once, me enamoro de la chica parada en el cartel: sus sandalias, sus piernas infinitas, su prenda diminuta que apenas oculta lo esencial. Poco importa, para mi amor, que sea ella un mero dibujo propagandístico. Luego, la máxima: “¿quien sos para no brillar?”, y la orden: ¡brillá, pelotudo!. No brillo un carajo, me niego y me voy, y me cruzo entonces con Apolo que, pava en mano, toma mates amargos en una ruidosa calle del microcentro. A sus pies una cierva color rosa y pinta de atorranta aprovecha, Uzi en mano y tacones en los pies, la celebridad del semidios aporteñado. Sigo caminando, una, dos, diez, treinta cuadras… y entonces aparece el bebé: homúnculo tornasol de laboratorio clandestino desprovisto de alma, hijo del diablo, reverso del Señor. Aunque por ahí exagero y este bebé es sólo un viejo grafitti descascarado. En fin, llegué a destino, a mi clase de dirección coral: ahí todo es cierto y verdadero, Mozart y Adiós Nonino, cuatro por cuatro y compás de compasillo, sin lugar para la loca, loca, loca imaginación. Carpe Diem.

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Tiempo, vibraciones, tiempo, vibraciones, tiempo…

Y termina el año y perduran, un poco, las imágenes. Como las ondas concéntricas que en la superficie del lago se alejan desde el impacto de la piedra hasta volverse otra vez agua plana, así la vibración del recuerdo en la memoria y en el sentir. Una piedra cayó esa tarde sobre nuestro espejo fresco, porque así lo quisimos, y nos calzamos las ganas y salimos a caminar unos pocos kilómetros por la extensa periferia del Gran Buenos Aires… recuerdo ese impacto en el brillo del sol, en los barrios proletarios, en los templos liminares de adoración alternativa, en la luz abandonando el cenit poco a poco, en cientos de pares de miradas viendo mi única mirada, en las calles y en las aves y en lo cíclico girando todo alrededor, en las avenidas atestadas y en las repentinas aglomeraciones de agotados hombres-hormigas consumiendo el paraíso, en la estrella que se cae y en las sombras que se alargan hasta desaparecer en el infinito, en la noche que se instala de una vez y en los pies que duelen como duelen los pies luego de caminar cientos y cientos de cuadras y, finalmente, en el placer de sentarse en el restaurante de “La Hungaria” para pasar a clavarnos esa anhelada cerveza helada y un plato de gulash, y otro de cordero, y otro de arenques y también un vino tinto y todo, todo, todo, todo lo demás… eso que aún funciona porque aún respiramos -porque sí- y porque así lo quiere la providencia -el respirar es la prueba- y porque somos dos, que es más que uno más uno, y estamos juntos… Y mientras tanto, el año que ya se escapa, 2014 del borracho. Y perdura aún, atrapada en estas imágenes que destinadas están -como todo- al olvido, la nostalgia. Aunque sea, tan solo, un instante de tiempo más, unas horas más, unos años más, una vida.

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