Otra tarde de sol

En el contexto mental de otro afano -voy por la decena, desde la primera vez el 29 de octubre de 1983- vale un poco de color. Porque la vida es más que el vestido y el cuerpo más que la ropa, lo cual significa, por lo menos para mi, que hay que seguir, que lo verdaderamente importante no cotiza en bolsa ni puede ser robado… y yo, que aún respiro, agradezco… porque aún respiro. Y, justamente, estas fotos las hice en el escenario del robo, pero en la semana anterior, y había un sol tan lindo como el de hoy y una brisa igual de dichosa. En fin, fotos. Y sino, será otra cosa… hoy de casualidad no andaba con la cámara encima. Y en todo caso si ya no hay cámara habrá que volverse más chiquitito aún y contentarse con hacer arte en lápiz y papel… y la verdad, frente al moderno planteo del consumo desesperado, la idea no me resulta desagradable del todo, posta.

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Un día en los pueblos de los Coroneles Pringles y Suárez

El 17 de enero -se complica laburar tantas fotos, el año viene complicado como todos- salimos muy temprano para los pueblos de los dos coroneles. Pienso que eran amigos del general, el que está en los billetes y le da nombre a innumerables calles y avenidas del país. Destino extraño el de este territorio de inmigrantes -deseados y no-, si parece, viendo un mapa, que está preso de un destino que es de armas y borcegos, de genocidio y de despojo. En fin, recuerdo que hacía un calor insoportable ya en la mañana mientras caminábamos las colonias desiertas de los alemanes del Volga; luego en Suárez recrudeció el termómetro y nos rajamos para Pringles buscando algo helado para refrigerar el interior: unas Stellas -¿dos o tres?- más unos quesitos muy bien atendidos calmaron la sed y la ansiedad. También hubo museo, el del avioncito y esa desagradable Mantis Religiosa grande como un puño. Y el atardecer bajo un manto de nubes tornasol. Más tarde fuimos a cenar y regresamos con esa tormenta que ya se ve en las fotos, sobre la bella y geométrica municipalidad de Salamone…

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El domingo irremediable

Domingo… como siempre desesperante; la zozobra a flor de piel, el mañana que lleva el rostro descarado del lunes, esa vil metáfora de todas las cadenas que nos atan -los domingos siempre son irremediables en los fríos eslabones de acero que lastiman y detienen las muñecas- a la modernidad esclava y productiva que ya no respira porque es un cadáver, está muerta la modernidad, está embalsamada y tardía en su mortaja de capas sobre capas y más capas de tristes hombres semi muertos caminando lentamente rumbo al trabajo; hombres letárgicos y muy serios que ya perdieron toda  la capacidad de sonreír; hombres disfrazados con azules overoles raídos que intentan dar algo de significado a tamaña esclavitud productiva; trabajadores viejos y decrépitos en un caminar autómata rumbo a la inexorable fábrica-prisión… y mientras tanto suenan y resuenan esos tristes teléfonos en habitaciones tan vacías, tan lejanamente vacías, tan desoladas como una estrella muerta en la trasnoche de la TV… en fin, nada se arregla con quejarse. Ese domingo salimos a caminar para resistir la presencia futura le puto lunes: Palomar sudoeste, Haedo norte, un barrio que nos ve pasar, cámaras en mano, hace más de siete años. Y luego nos subimos al 53 y nos fuimos a comer pizza al Fortín, calabria, anchoas, fugazetta, palo Jacob de crema y postre Balcarce de la casa; luego regresamos al nido y antes de dormir nos vimos un film. Y ahora que lo pienso, no está taaan mal la vida del pobre ¿no?… demasiada queja, papá.

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