Desde el aire

Volar no se siente un privilegio cuando se practica en un rígido corsé de metal y plástico. Y menos aún si las pequeñas ventanillas imploran por un trapo humedecido en detergente… -”Amo volar”-, decía mi amigo, aquel que, más tarde, encontró la muerte justamente volando. No lo censuro, pero no lo comparto. Imposible imaginar, desde mi corpórea y densa humanidad, el sentir del pájaro o de la mosca. Pero estoy convencido que ese sentir, el del verdadero vuelo, no tiene ningún parangón con nuestras turbinas ruidosas y nuestros carburantes pestilentes y nuestras sucias ventanillas rodeadas de plásticos y latón.

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Últimas imágenes del 2014

Faltan tres días para que se vaya el 2014, por eso es muy probable -aunque nunca nada es seguro en este valle de lágrimas- que sean éstas las últimas de las últimas. Salen así, mezcladas como papas fritas, corresponden algunas a los últimos días de noviembre y otras a algunos de diciembre… la sombra de un cepillo de dientes en una noche beoda, una libélula bebé esperando la muerte sobre la pared, el cielo del atardecer desde el patio de casa, una flor del jardín en una copa sobre la mesa, un templo de adoración cristiana en Villa Devoto, un stencil -feo stencil- expulsivo hacia la figura de Bush hijo, y mi chica junto a mi suegra antenoche, soplando la velita de su cumpleaños número 44. Tal vez parezcan arbitrarias, lo son: así de antojadiza es la marea que nos envuelve mientras viene y se va, mientras esperamos por cosas que no se cumplen y nos perdemos, sin querer, otras que valen más que nuestros deseos y están, gratis, al alcance de la mano. Feliz año nuevo.

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Por un paquete de salchichas

Increíblemente, la razón de tanto caminar fue un paquete de salchichas: alemanas, con piel, ahumadas, largas, gruesas, sabrosas… soñaba, también, con un gran pote de mostaza de Dijon muy marrón, condimentada con todas las semillitas de Francia, amasar unos pancitos de harina integral muy esponjosos por dentro y muy crocantes por fuera y, ante todo, con descorchar unas rubias muy heladas, y todo lo anterior bajo el amparo del helado chorro del aire acondicionado… en fin: zarpamos caminando, entonces, desde Caseros hasta el Carrefour de Avenida San Martín y General Paz para encontrar el deseado embutido, pero dentro del no-lugar sólo hallamos el hormiguero consumista, la locura pre-navideña, la colmena humana en su más perversa demostración de morfar-para-escapar (yo también pertenezco al club, no soy ningún superado) y ¡sin salchichas!, exceptuando, claro, a las ultra conocidísimas y baboseadas salchichas sin piel, sin sabor, sin humo y finitas como clavos del perrito. En fin, rajamos. Un momento de indefinición hasta que nos acordamos de José y de sus maravillosas empanadas. Movilizamos el esqueleto hacia esas dependencias, nos sentamos en la calle, nos clavamos unas cuantas de carne, las regamos con un par de birras nacionalísimas y nos fuimos para casa.

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Laberinto nocturno

La noche, asfalto, luces de neón… muere otro fin de semana y la necesidad de permanecer nos empuja a la calle. Caseros, vías del San Martín, calle Nicaragua, Santos Lugares, Laje en Saenz Peña, Capital federal entrando por Ricardo Gutiérrez, Villa Devoto… luego Villa del Parque y heladería Cadore, donde sólo se mantiene la calidad del helado de limón. Y el verano que se acerca, y la primavera a pleno. Y pasan los trenes, y chillan los grillos entre las durmientes. Y vos y yo, como siempre, lo más parecido a una simbiosis. Y todo alrededor como un laberinto nocturno bajo las estrellas infinitas. Lo más lindo: el misterio. Y también, lo más loco y desesperante: el misterio. Luego el regreso en el 123… y llega el lunes, el eternamente maldito lunes que empieza pasadas las doce, como todos los días y como todo, todo, todo lo demás.

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Paladines de injusticia

Un preso me llama detrás de rejas, me pide un pan, un cigarro, me pasa un teléfono. Sigo caminando y me cruzo con una bella travesti con olor a miel: el cabello amarillo, los labios color rosado, dos pendientes gigantescos y el reloj que gira y gira y no para de girar… se ve en su piel, se ve en la extrema hartura de sus ojos. Espiral descendente. Flores como astros entre estrellas y entonces ellos llegan: los paladines de la injusticia. Están en un túnel, los tres, y comparten ese espacio con un alien de labios rojos y lengua viperina. Ellos defienden el capital, la competencia, defienden a JP Morgan y a la guerra y a las bombas que llueven sobre los pobrísimos países “rebeldes” que se resisten a ser saqueados. Me acerco y les hago algunas fotos… nada me dicen estos superhéroes, tan acostumbrados están al estrellato, a la fama, a las luces de escena. Dejo atrás a esas lacras imperiales y, llegando a Once, me enamoro de la chica parada en el cartel: sus sandalias, sus piernas infinitas, su prenda diminuta que apenas oculta lo esencial. Poco importa, para mi amor, que sea ella un mero dibujo propagandístico. Luego, la máxima: “¿quien sos para no brillar?”, y la orden: ¡brillá, pelotudo!. No brillo un carajo, me niego y me voy, y me cruzo entonces con Apolo que, pava en mano, toma mates amargos en una ruidosa calle del microcentro. A sus pies una cierva color rosa y pinta de atorranta aprovecha, Uzi en mano y tacones en los pies, la celebridad del semidios aporteñado. Sigo caminando, una, dos, diez, treinta cuadras… y entonces aparece el bebé: homúnculo tornasol de laboratorio clandestino desprovisto de alma, hijo del diablo, reverso del Señor. Aunque por ahí exagero y este bebé es sólo un viejo grafitti descascarado. En fin, llegué a destino, a mi clase de dirección coral: ahí todo es cierto y verdadero, Mozart y Adiós Nonino, cuatro por cuatro y compás de compasillo, sin lugar para la loca, loca, loca imaginación. Carpe Diem.

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