De hipérboles, delusiones y rarezas a tiempo real

La hipérbole comienza en la mañana con una imagen de tu cara, y termina en la noche con una imagen de tu cara otra vez. Claro que la diferencia está entre el hospicio y las hamburguesas.
Siete días no es mucho tiempo para tomar distancia, y también lo es. Veo las imágenes y siento. Y no siento… ¿delusión tempo-emocional?…
¡Y el humo!
Es muy raro lo nuestro. Bueno, en realidad todo es raro.

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Los niños y la escuela. Los niños y los padres. Los niños, cerebro, materia, un camino -uno solo-, una elección posible -una sola-, insatisfacción, zozobra, odio, violencia.
El horror se gesta casa; luego, en la escuela.
Y el otro, siempre, es el otro: enemigo, competencia, peligro, miedo, rechazo, asco, repulsión, espejo.
“El otro es el infierno”, claro.

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Es muy extraño caminar por las calles de la ciudad y encontrarse con sus caras. Caras desde la pared: dientes, ojos, rimmels, botox, propuestas, cansancio, sanatas, cansancio, lenguas, cansancio, discursos, cansancio, ojeras, miradas que imploran por algo que, en realidad, no vale una mierda. Y cansancio, hartura.
La publicidad, desde un abultado par de tetas hasta “salvemos el planeta”, agota la existencia, la fatiga, la degrada, la vuelve ilusoria, triste, vacía y mecánica. Y lo más importante pasa a ser lo que se lleva en los bolsillos, mejor si es en efectivo -o si explota y hace daño-.
Esas caras que rezan pancartas harto agotadas y que reflejan la luz del sol, están destinadas al olvido.
Como todo.

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Entonces llegaste vos -nos encontramos-, y caminamos, y me contaste tus problemas, y tomamos un licuado, y yo te conté los míos, y caminamos cientos de cuadras, y ejercimos dichosamente nuestro derecho a hacer fotos, y a pelearle a la contra, a vomitar en las esquinas muy limpias y bien barridas toda la materia ideológica y fecal acumulada en los rincones del alma y del bocho -y del cuerpo- por siglos y siglos de reprimida falacia… ¿Y que más?… la luz. Esa luz que cura por su indiferencia.
Ahí estará esa luz cuando me vaya.
Nada me pide ni exige. No me necesita.

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Final del recorrido. Recuerde no subir al vuelo con elementos punzantes en los bolsillos. Recuerde no olvidar su fe, si la tiene, o su no fe, si la tiene. Recuerde que el amorodio es no-miedo… ¿se puede andar sin miedo?, se puede, como andar sin ropa y sin documentos.
Yo, por lo pronto, me estoy preparando para partir. Y no en avión.
Me voy, en un rato, mañana, en el 3068…
Dejo un montoncito de materia y me voy.