Necesidad de Sol

La necesidad de sol nos llevó a caminar desde casa hasta Ramos Mejía; luego del café con leche y el tostado de jamón y queso frente a la plaza el curso giró a la izquierda por la entrópica avenida Rivadavia hasta la bombardeada Ciudadela, y desde ahí siguió la caminata, con la estrella brillando en la espalda, hasta que el barrio boliviano hizo su aparición en el hormiguero de Liniers. No pudimos evitar que se nos pegaran unos ajíes picantísimos y unas harinas del altiplano del país hermano, pero no mucho más que eso… la vuelta fue de bondi y de papas en la verdulería, y ya sube el exquisito aroma del pastel que mi chica cocina mientras escribo.

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Crónica invernal

Una estrella de la secuencia principal refleja su luz amarilla sobre la pared blanca, a millones de kilómetros de distancia. Una pareja saluda, viaja en el 123, despierta y camina más de cien cuadras, llevan plata que brilla muy lejos de su Potosí natal; cables y tanques y aviones a chorro giran y giran dentro de la materia gris de un cerebro que mide y dispara su cajita maravillosa de luz, todo enfundado en lana. Villa Pueyrredón rumbo a Chacarita, frío, cae el sol y llegan las mesas y el fútbol mundialista, y pasan amigos inesperados y finalmente la memoria RAM se volatiliza por el marronoso efecto del jugo de la uva moscatel…

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Santos Lugares ocaso

Y domingo… ¿un mes atrás?… parece mentira. Santos Lugares solo, Santos Lugares silencioso, un barrio de hojarascas y casas que ya aguantan un siglo, o más. Cada sombra elige un barrio, o tal vez sea al revés… pero la sombra de Santos Lugares no se parece a ninguna de las otras.  A mi a veces me da sueño, me recrea un viejo colchón de plumas, un tazón de café con leche con abuela, un antiguo amor que de tan olvidado se volvió fantasmal. Caminar por ahí un domingo cuando se va el sol suele generar un impulso antagónico: el de irse caminando un barrio más hasta llegar al moscato y a la pizza de José, o el de irse a dormir rumiando el amanecer. O peor, ir a misa. Como el camaleón, mi piel se vuelve de un color indefinible e insostenible, y me parece mejor así, si ni siquiera sé entre qué y qué podría llegar a elegir. Esa noche terminamos en Pikito, carne y vino tinto; y luego todo siguió igual: nada se detuvo.

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Un día en Monte Hermoso

Con cortocircuitos, llegamos a Monte Hermoso antes del mediodía, y la necesidad de mar fue suficiente para contrarrestar el frío y el viento de la sudestada. Luego de tres o cuatro horas bajo su rigor uno se pregunta si será casualidad o causalidad, el único día del verano que uno logra meter un tobillo en el mar, que éste se presente con una temperatura de crudo invierno y secundado por un viento de vehemencia patagónica. Nada personal, ahora en el recuerdo justamente se jerarquiza gracias a ese viento y a ese frío, y a esas velas y a esas nubes, y a esas gaviotas y a esos cortocircuitos -éstos, de un modo más extraño- . El sol asomaba entre nubes negras y gigantes como un pequeño país, y no faltaron ni el vino ni las rabas, aunque nadie puede con su genio si se comporta como yo, por esta razón la noche terminó con pizza y con un bosquecito de cervezas de la región.

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