Mascota

Era muy joven –yo le doblaba la edad-.
Era hermosa,
rubia, judía, blanca,
y estaba totalmente loca.
La vi desde el escenario –yo tocaba la guitarra-,
ella aplaudía a rabiar y vitoreaba,
no me quitaba los ojos de encima.
Terminó el show,
guardé la guitarra, bajé del plató, la encaré.
Y nos fuimos juntos…
Ella, entonces, se encargó de mí:
me peinó,
me dio de comer,
me sacó a pasear
y me acostó en su cama.
Me mostró la música que le gustaba,
me leyó sus libros de Hesse,
me abrigó y me llevó a correr por la playa,
y me cantó canciones que guardaba en su pequeño corazón.
Un tiempo después,
acostumbrada a la novedad,
me dejó encerrado en casa
y se fue, de noche, de juerga con sus amigos.
Una noche,
dos noches,
tres.
La cuarta noche olvidó cerrar la puerta.
Entonces me escapé.

Mascota

Fast food

Aún no se sabe el porqué, pero lo hizo.
Ese mediodía subió al micro, manejó hasta la Agip y llenó de gas las tres chanchas de cien. Después fue hasta la YPF, llenó a tope el tanque con nafta super más los ocho bidones de veinte, y desde ahí se fue derechito para el Obelisco.
Llegó a las tres de la tarde.
En la caja llevaba las seis dinamitas que había comprado en Potosí.
Había mucho tránsito por Avenida Corrientes, pero tuvo suerte: aceleró a fondo desde Talcahuano, agarró el semáforo de Libertad en verde y el de la 9 de Julio en amarillo… por el obelisco pasó escupiendo humo negro por el escape, y como un alud naranja clavó las ocho toneladas de inercia criminal contra el McDonalds de la esquina de Carlos Pellegrini.
Entonces fue la explosión.
El edificio derrumbó sus cuatro pisos sin demoras, mucho más rápido de lo que entonces tardaban en armar un Big Mac.
Murieron trescientas cuarenta y tres personas. Otro tanto quedó tullida.
En la casa del tipo no encontraron nada raro, aunque entre la generosa biblioteca había una desmesurada cantidad de Biblias.
Era soltero. Cuarenta años.
Para la mayoría fue un demente.
Con el tiempo algunos lo transformaron en ícono.
Hoy la izquierda lo adora… casi como al Che,
pero no tanto.

fast food

Un Dios hecho a medida

Decidió dejar que le crezcan los pelos libremente, algún día debería empezar a comportarse como un hombre.
Pero entonces apareció Asa Akira en la PC, con su estrecha vulvita perfectamente depilada, enfundada en cueros y tacones rojos, tan licenciosa… esa película en donde tres tipos con enormes vergas la penetran furiosamente por todos los agujeros hasta lograr dejarla afónica y rellena de leche.
Un cimbronazo. Y casi al mismo tiempo llegaron las pizzas, las empanadas de carne picante, los bifes de chorizo… y galones y galones de vino tinto y galones y galones de cerveza negra y galones y galones de moscato helado.
Y porro… un verdadero peligro.
Preocupado, se preguntó si Dios realmente detestará a las maricas. Claro que Dios no le respondió exactamente eso… ni siquiera supo lo que pensó el creador cuando se sentó a rezar travestido, la minifalda blanca muy cortita, la remerita color sol y los altísimos tacones azules de cuero, como una piadosa putita argentina.
-¿Seré juzgado?- se preguntó, -¿o seré juzgada?… ¿será mi destino perderme, extraviarme, condenarme, terminar como una mariquita del diablo deambulando por el país del caos por toda la eternidad?
No hubo respuesta.
Sin embargo le gustaba Akira. Le gustaba, justamente, por cómo lo hacía, así, tan pero tan sucio.
Y no lograba congeniarlo con la fe, un ser humano es tantas cosas…
Ansiaba integrar todo lo que era y lo que había sido con todo lo que sentía, sin doblez, en un estado de total libertad y de fe idealista. Claro que, eso, era un Dios hecho a su medida, como le dijo su amiga protestante no sin cierta condena. Y él sabía que el juicio y la condena era la regla en este mundo.
Y el Dios oficial, un militar, picana en mano.
Su mujer, en cambio, lo aprobaba. Le gustaba llegar a casa y encontrarlo cocinando o fregando los pisos subido arriba de sus tacones amarillos. Y él estaba convencido que, de ser mujer, sería lesbiana, y su mujer, su mujer.
No era puto, era otup.
Elucubró y elucubró hora tras hora, día tras día, mes tras mes, año tras año, desde la temprana adolescencia hasta la informe adultez.
Finalmente tuvo un vislumbre, un samadhi, y al fin cambió de opinión.
-Al carajo- se dijo, -voy a depilarme otra vez.

Un Dios hecho a medida 1

Una sucesión de soles rumbo al olvido total

Vivir es perder el tiempo. Perder el tiempo cocinando, perder el tiempo comiendo, perder el tiempo yendo a cagar. Perder el tiempo haciendo colas para garpar un impuesto, para inscribirse en dos materias de la universidad, cenando pizzas libres regadas con una sucesión de Stellas Artois. Perder el tiempo. Con el sexo, con el bondi, con la respiración, entre el humo espeso de un cigarro. Y con las fotos… perder el tiempo haciendo fotos.
Salimos muertos de aquí, y en pelotas. Quedará lo que escribimos, lo que grabamos, lo que fotografiamos. Y, con la debida cantidad de sucesiones solares, ni esto quedará.
Estamos condenados -y bendecidos- al olvido. .. he aquí la maravilla.
¿Para que vivimos?… para nada. ¿Para que vivimos?… ¿para perder el tiempo?
Sí.
Vivir es perder el tiempo. Por eso, vivir, es significado, valor, entrañable valor.
Y nada, absolutamente nada, importa realmente un carajo.

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Un martes feriado

Salí de la cama, corrí la cortina y miré hacia el cielo… nublado, maravillosamente nublado. Recién empezaba el otoño, pero ya hacía frío. Me metí en el baño, Biblia en mano. Evacué largamente, continuando la lectura del Deuteronomio, el final del discurso de Moisés. Me lavé las manos, los dientes, me duché. Salí del baño y preparé mates, amargos. Mientras cebaba mis mates, piqué un poco de faso, lo metí en la pipa, lo prensé y le metí fuego. Chupé el humo, una, dos, tres veces. Flores. A los quince minutos ya estaba en otro mundo. En ese otro mundo todo es igual que en éste, pero es más intenso… las nubes, las sombras, el frío, el dolor, el cuerpo, todo. Me senté media hora a mirar por la ventana… el cenit plomizo, los zorzales correteando entre los pastos, el pino mecido por el viento. Luego me calcé un jean, una remera de manga larga, un par de zapatillas, y salí. Afuera llovía. Entré nuevamente, subí las escaleras hasta alcanzar el paraguas, bajé, salí, cerré con llave, atravesé el garage, abrí el portón, cerré el portón y encaré la calle. Y me fui caminando bajo la garúa.
Enfilé para el centro de Caseros y caminé varias cuadras. En avenida Mitre y Sarmiento me detuve frente al antiguo “edificio Mitre”. Una construcción que sobrevivía desde los tiempos de mi infancia. En la mampostería le habían pintado las letras de azul, pero eso no ocultaba su ruina. La casa de sanitarios, debajo, y el supermercado chino, en la esquina, no existían cuando era pibe. A media cuadra, cerrada, la tintorería japonesa exudaba una muda tristeza de óxidos y de verdes oscurecidos por aquella trágica historia de homosexualidad reprimida y de suicidio bajo las ruedas del San Martín. Calculé que habían pasado más de treinta años. Treinta años no es mucho tiempo para la edad del universo, no es nada, en realidad. Un pedo. O un micro pedo… un pedo de mosca. Pero para mí sí lo era. Pensé que, para el universo, yo tampoco sería gran cosa, aunque me permití dudarlo… ¿qué sabía yo, realmente, de los misterios del universo?… me quedé viendo los detalles del edificio y recordé, entonces, su cara. Nunca había olvidado su cara. Era flaca, morocha, de piel muy blanca. No era muy linda, pero era enigmática, y unos años mayor que yo. Pertenecía a una clase social más baja. Recordé que ese detalle, entonces, me incomodaba. La creí del interior. Ella vivía ahí, en el “edificio Mitre”, y al pasar, me había regalado un par de sonrisas. Sonrisas desde el balcón. Esa cara, que me había enamorado, había ocupado mis noches durante varios meses… ¿recordaba su nombre?, no, no recordaba su nombre. Pensé que, posiblemente, nunca lo había conocido. Pero entonces tuve la certeza de que sí, que había sabido su nombre… ¿Marcela?… ¿Clara?… si me esforzaba lo recordaría al fin, pero no era importante y no se justificaba el esfuerzo, bastaba el recuerdo de su nariz, de sus ojos, de su sonrisa. Y la certeza de haber sufrido dichosamente por ese amor.
Recordaba el parlante, eso sí. Y el radio grabador monoaural, y el micrófono ridículo y también recordaba a mi amigo el yugoeslavo, que a veces me acompañaba caminando por ahí. Un boludo mi amigo, no valía la pena traerlo al presente. Lo aparté de mi mente y me pregunté que habría sido de ella, si estaría, en ese instante, en algún sitio. Y donde. Intenté imaginarla con más de cincuenta años, pero no pude. Entonces pensé que podría estar muerta, ¿porque no?, había ya tantos muertos en mi historial. Imaginé una tumba: barro, un poco de pasto, una cruz, todo bajo la garúa del martes feriado. Feriado para mi, no para ella. Para ella, un eterno feriado… ¿eterno feriado?, ¿cómo podría yo saber eso?… un eterno feriado lleno de silencio de camposanto, vacío e idiota. E inútil. Luego pensé que, tal vez, no habría muerto, tal vez ella vivía lejos, en Salta, por ejemplo, o en Santiago del Estero. La imaginé mal casada, cocinando para cinco o seis pibes, limpiando todo el día entre cuchetas, cucarachas y pisos de barro, rodeada de perros pulguientos y dominada por un marido duro y borracho, un marido frío como una mañana invernal de manos de albañil.
Seguí caminando. En Mitre y Tres de Febrero doblé a la derecha, seducido por un primitivo deseo de barrio boliviano. Deseé llegar hasta Liniers. Caminé varias cuadras y las calles y las casas se fueron mimetizando con el tono grisáceo del cielo. Pasé por la “Sociedad de Fomento Villa Pineral” y entonces recordé al Alfred, y olvidé las fuentes de locoto y los papines rojos y las bolsas llenas de harina de jankakipa. En Guaminí doblé a la izquierda, avanzé treinta metros y llamé a la puerta, golpeando las manos. Esperé un par de minutos hasta que, detrás de la enramada, alguien preguntó:
-¿Quién es?
-Hola Alfred, soy yo, men, pasaba y llamé.
-¡Hola men!, uuu, ¡llegaste justo para fumatear unas flores!
Salió el Alfred, sonriendo como un niño entre la espesura. Abrió la puerta y nos abrazamos. Entramos al jardín, subimos la escalera y entramos en la cocina.
-¿Cómo andás men?- me preguntó.
-Bien, men; pateando tranquilo, aprovechando el feriado y la garúa, pensando, pateando con la fresca…
-Está lindo para pensar hoy.
-Sí.
-No se trabaja.
-Menos mal.
-Bueno… ¡igual yo nunca trabajo!
-Y yo te felicito, pero no trabajar cuando trabajan todos es duro.
-Sí.
-Da culpa.
-Ma que culpa, meen… ¡vamo a fumar!
Nos sentamos, y mientras continuamos la charla el Alfred armó un finito. Flores. Fumamos. Al rato estábamos en ese otro mundo, que es igual que éste, pero que carece de tiempo… la brisa, el sonido, la lluvia, el color, todo sucede ahí en un ahora sin tiempo.
Hablamos de nuestras mujeres. Hablamos de política. Filosofamos acerca del amor y de la violencia; de la familia, de nuestras hermanas, del sexo, de la modernidad y de cómo el mundo se descompone y se transforma en una cosa hueca y brillante, como una marquesina en un kiosco. Hablamos de la libertad y de cuanto nos costaba quitarnos de encima y de adentro todo lo aprendido. Lo mal aprendido. La mayoría de las cosas que nos enseñaron en la escuela eran mentiras, un veneno, directivas que ponen en marcha mecanismos represivos. El dictador adentro. Y hablamos, también, de la soledad. Convinimos que no había una sola, sino muchas soledades… soledades tristes, soledades reprimidas, soledades desesperadas y soledades de pié, y otras soledades que, de tan místicas, eran casi ridículas, masturbatorias… -hay una soledad para cada hombre-, dijo crípticamente el Alfred mientras echaba humo espeso por la nariz.
Más tarde el Alfred abrió una birra, trajo una guitarra y un violín. No afinamos. Improvisamos, sin pautar nada de nada. Pautar era miedo, un candado, y estabamos podridos del miedo y de los candados. Arrancamos y empezó a brotar una música única, irrepetible, una vibración que era un ruido y era más que ruido, era una construcción demente, patética, enloquecida. E increíblemente pura, como una bala de plata directo al cerebro. Esa música no tenía modo, ni centro, ni cronología, ni tono… y sin embargo sonaba como una medicina para el alma. Hacerla era un embrujo y un éxtasis, una catarsis, una inyección farmacológica directa al torrente sanguíneo con un demoledor efecto narcótico.
Nos colgamos más de una hora con los sonidos, y hasta aparecieron algunos tambores e instrumentos rarísimos construidos por el Alfred con cualquier cosa que encontraba por ahí. Era un maestro el Alfred, un rebelde, un punk del subdesarrollo, un enamorado de la anticultura; y era así naturalmente, sin esfuerzo. Luego fumamos un poco más y entonces, en medio de un silencio que se hizo de repente, me paré y dije:
-Bueno, men, me voy, necesito caminar un poco más… ¿querés venir a caminar, Alfred?
-No, men, gracias, me quedo acá, fumando otra florcita…
Bajamos, el Alfred me abrió la puerta de calle y nos abrazamos. Y yo salí pateando hacia el barrio Derqui. Llegué a San Martín, doblé a la izquierda y retrocedí por la avenida hasta Cafferata. Doblé a la derecha y caminé hasta Mitre. Otra vez avenida Mitre. Pasó un 53, rumbo a La Boca. Entonces recordé la calabresa del Fortín, y esa maravillosa sensación de volver al pasado. Decidí que necesitaba volver al pasado. Caminé, entonces, por Mitre hasta Alvear, doblé a la izquierda siete cuadras hasta el golf, luego a la derecha en Lincoln cinco cuadras, crucé la General Paz en Beiró, caminé derecho ocho cuadras hasta Lope de Vega y, por ésta, quince cuadras hasta El Fortín, en Álvarez Jonte y Lope de Vega. El pasado, vivo, en una esquina. El pasado, detenido, en un sabor, entre las mesas, en el sonido, en las voces. Entré y me senté junto a la ventana que miraba a Jonte. Desde ahí podía ver a la gente que subía y bajaba del 135 y del 53. Me gustaba ver a la gente mientras me emborrachaba y escribía cosas en viejas servilletas de papel tissue. Se acercó el mozo y me preguntó qué quería:
-Traéme dos porciones de calabria, una de fainá, un litro de moscato Crotta bien frío y hielo-, le pedí.
La pizzería aún estaba a media marcha: eran las seis de la tarde, feriado, pero daba lo mismo. Era el Fortín, eternamente vivo. Me acordé del Chino. Me acordé de Palanca, de Daniel comiendo su palo Jacob de crema pastelera, del ECEA y de los últimos tres años de secundaria, y de miles de episodios vividos entre esas calles con gente que ya no vería nunca más. Estaba solo, en la pizzería que era uno de mis lugares en el mundo, una especie de templo pagano en donde mi energía y mi nostalgia creativa se renovaban hasta el mínimo átomo de vida. Imaginé la esquina del local, en el contexto del barrio. Imaginé la pizzería y el barrio en el contexto de la ciudad. Imaginé la pizzería, el barrio y la ciudad en el contexto del país, del continente, del planeta… vislumbré el globo terráqueo desde el espacio y reconocí, un milímetro al norte de la apenas visible Bahía de San Borombón, el brillo de los vidrios de los ventanales del Fortín. Ahí estaba yo, Diego, sentado en un planeta, esperando mi moscatel helado y mis dos porciones de Calabria y de fainá, mientras el reloj se enloquecía al pedo y mientras la humanidad se enloquecía al pedo entre sus humores de cagada, y mientras tanto el planeta giraba y giraba sobre su eje, calentándose al sol una vez cada veinticuatro horas, y el sol giraba y deambulaba sin ton ni son entre millones de soles, soles rojos y blancos, azules y ultra concentrados, soles errantes como pedos de mosca cósmicos en una galaxia también errante y perdida entre miríadas incontables de galaxias errantes y perdidas en la nada, o en el todo, que era lo mismo. Todo se volvía nuevo y todo se volvía viejo; y las generaciones desaparecían para dar paso a las nuevas generaciones que también desaparecían para dar paso a las demás, y a otras, y a cientos de miles de otras y cientos de millones de millones de otras reemplazables mareas humanas. Pedos cósmicos, todos, eso éramos, micro pedos cósmicos esperando por una porción de pizza, escribiendo poemas en el agua, rodeados de infinito.
Llegó el mozo y me sirvió las dos porciones de Calabria, la fainá y el vino generoso.
Comí. El pasado estaba ahí, en esa pizza y en ese sabor. Y en la pizzería, que ya estaba llena de seres-pedos-cósmicos engullendo sus porciones chorreantes de aceite al corte, bebiendo sus cervezas rubias y sus fríos vasos de uva moscatel, parados frente al estaño, gritando y riendo por la alegría y por las penas, todos de paso en ese eterno e inasible presente…
-Mentiras- pensé un rato después, mientras recordaba las palabras de mis lamentables maestras de primaria -el tiempo no se divide en pasado, presente y futuro… el tiempo es eterno presente.
Y una hora más tarde, ya suficientemente borracho, concluí:
-Mentiras… todo es mentira, el tiempo no existe: no hay tiempo.

martes feriado

Como Dave Bowman

A medida que el tiempo pasa, si es que pasa o fluye o no hay nada más que recuerdos, me siento un poco menos sólido, un poco más tranquilo, un poco más solo. Siento que no hay donde esconderse, ni escaparse, ni agarrarse. Entiendo, cada vez más, que “las aves tienen nidos y los zorros tienen cuevas, pero los hijos del hombre no encuentran un sitio donde recostar la cabeza”…
Las nuevas generaciones llegan con una euforia que el tiempo se encargará de limitar, y nosotros, los que permanecemos en la orilla, entendemos que de nada sirve acumular materia, que queda toda acá, en este incomprensible, extenso y solitario lado.
Creo en el Gran Viaje, y creo porque no lo sé ni lo puedo probar, y sé que viajaré, sí, a través de los eones inmedibles hacia algo que cerrará una pregunta que hoy es sin respuesta, que es el puto escozor de cada inhalación, de cada lágrima y de cada irremediable partida.
Lo he soñado: un túnel color rosa tan grande como el universo, rodeado de vientres maravillosamente fecundados, girando y girando y girando todo alrededor y a la velocidad de la luz… protodioses que esperamos para comenzar nuestro juego, o para continuarlo… protodioses como vos, como yo, como Hal 9000, o como Dave Bowman, regresando a casa con su nueva piel y su poder casi infinito.

dave

Dar fruto

No es fácil. O sí.
Se trata de confiar, de entregarse, de arrojarse a la pileta sin siquiera comprobar si hay agua.
Y limpiar de malezas el alma…
Malezas hay muchas, tantas, y el remedio es la entrega,
creer que todo esta hecho por Él y para Él.
¿La preocupación?… sobra.
Lo mismo el miedo.
No es verdad que el odio mata al amor, lo mata el miedo.
Y si Dios está con nosotros, contra nosotros… ¿quien?
El domingo amaneció y despacito se acerca el mediodía.
Sólo hay un modo de dar fruto:
permanecer unido a la rama.
Luego la uva se machaca,
y el vino que resulta llena aquellas bodegas eternas…
para nuestro regocijo, y el de todos.

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La araña

Limpiando los rincones de la casa me encontré con la araña. Cuatro patas, lentes, piecitos tacones de danzarina clásica, carita de mosca muerta, piel blanca.
Al verme se quedó muda, detenida, la mirada fija en mi entrepierna. Luego abrió la boca y lentamente sacó la lengua, babeante y roja. Luego habló:
-leche-, me dijo.

Saqué el pene y se lo metí en la boca, que comenzó a succionar como sólo puede succionar una araña. Acabé en un minuto, dentro de su garganta. Ella se tragó todo, hasta la última gota. Entonces se retiró a la esquina, y mientras se enroscaba en su telita me miró y me dijo: -mañana, leche-.
El tiempo pasó. La araña me vaciaba a diario. Esporádicamente la perdía de vista en el rincón para luego encontrarla colgante del techo, tubos de goma y látex enfundando su cuerpo, su carita de mosca muerta recubierta con una máscara de tortura.
Una mañana desperté al amanecer, inmovilizado. Mi cuerpo maniatado por cuerdas y más cuerdas de quitina arácnida. La araña trepó a la cama, esta vez desnuda… unas tetas enormes, una bellísima piel de seda… y una gran verga empalmada en su entrepierna.
Me separó las piernas, me descubrió el agujero y me dijo:
-¡leche!-
Entonces me penetró, como sólo puede hacerlo una araña… furiosamente, bestialmente, un mete-saca veloz y salvaje in crescendo hasta eyacular
todo su semen arácnido en los límites profundos de mi flora intestinal.
Desde ese día mi culo la ordeña a diario.
La casa es su nido, y yo, su hembra.
Ya me acostumbré a su miembro, pero extraño una ducha caliente y, a veces,
unos mates amargos.
Ya ni el teléfono suena…

La araña

Un Jesús en la pared

Ayer caminaba por Santos Lugares y me encontré con un Jesús en la pared… me lo quedé viendo, algo me ofrecía este Jesús, en sus manos parecía tener una manzana o un pedazo de sandía.
Sonreía desde el cemento coloreado con dientes muy blancos y cara de rock & roll.
Le hice una foto y me fui.
Regresé muy tarde, medianoche, y al ver el Jesús en la foto, no pude evitar preguntarme a mi mismo:
Este Jesús… ¿es Jesús?
¿Es el Jesús que yo conozco?
¿El Jesús que convirtió el agua en vino en las bodas de Caná?
¿El que fue clavado en la Cruz?
¿El que multiplicó los panes?
¿El que NO condenó a la prostituta?
¿El que nos instó a practicar una comensalía abierta?
¿El mismo que resucitó a Lázaro y que se rodeó de la “lacra” de Israel?
¿Este Jesús es el que dijo que “el origen de todos los males es el amor al dinero”?
¿Es el mismo que dijo que “es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que un rico vaya al Cielo”?
Y este Jesús, el de la pared… ¿de donde salió?
¿Este quién es?
¿Quien dibujó a ese Jesús con cara de cómic argentino de los ’70?
Yo lo veo más cerca de García Ferré que del Evangelio de Juan.
Más cerca de la banalización total que de la religiosidad pura.
Lo veo más cerca de Woodstock y de una planta de porro que de la tierra de Canaán.
Jesús, el mío y el de todos, no sonríe al pedo desde una triste y húmeda pared del subdesarrollo,
Él me ama, Él nos ama,
y nos perdona todo…
hasta que lo representemos tan pero tan feo en el borde de una calle.
Estos Jesuses que andan dibujados por ahí no son Jesús.
Jesús, el original, no es, ni fue, ni será nunca un simulacro.
Jesús es amor.
Y ése, el amor, es el primer peldaño de una escalera que sube y sube y sube y sube hasta el infinito.
“No juzguen para no ser juzgados”, dijo hace dos mil años el Jesús original, el único…
nada dijo ni de sandías ni manzanas.

Un Jesús en la pared

La sombra en el asfalto

Nacemos como todos, lloramos por el perdido edén
y seguimos camino.
Pasamos de las dolientes rodillas a las piernas, e incrementamos la velocidad.
Llegan inexorablemente las obligatoriedades culturales,
porque hay que ser miembro,
porque hay que ser parte,
ser igual.
En algún momento te regalan una camiseta con colores que no elegís.
Más tarde te enseñan una marcha para que cantes con un respeto que no sentís.
Y lo que está bien, y lo que está mal,
lo que se dice y se calla.
Ser miembro es actuar un no ser que porta un documento de identidad,
un anacronismo con tiempos perdidos,
derrotas que sólo sobreviven en el silencio.
Y respetos que encierran como barrotes de hierro todo alrededor.
Soy parte, soy humano,
de algún modo lo lograron…
Soy la Sombra sobre el asfalto,
una sombra que sale a caminar mientras ve todo alrededor,
ve y cree entender…
En los sueños, sólo en los sueños no hay doblez.
Todo lo demás, todo, ha caído.

La sombra en el asfalto

Cebolla

Recuerdo que iba a la escuela primaria Nº 45, en Caseros. Tenía una maestra, Amalia Chiesa. Tomaba mates, usaba poncho y era lesbiana. Muchos años después de haber egresado alguien me contó que la habían descubierto manoteando a otra profesora dentro del baño. A las chicas las trataba bien, pero gozaba maltratando, verbal y psicológicamente, a algunos de nosotros… un poco porque no estábamos entre los más destacados, y otro poco por “androfobia”… repulsión por los hombres.
Fue una época muy angustiante para mí. Yo llegaba a la escuela arrastrando toneladas de pesadumbre. Tanto la escuela como mi casa eran un campo de batalla. Combatir y resistir, mantener vivo el pellejo. Cumplir con todos los preceptos familiares me obligaba a renunciar a lo que más me gustaba… la música, la calle, la libertad. En mi mochila traía colgados a mis padres y a todos sus valores de clase media, que no dudaban en imponer por la fuerza. Me sentía como una cebolla… capas y más capas de miedos, tristeza y frustración. Y cólera.
Un día la maestra nos preguntó que íbamos a estudiar en la escuela secundaria. Cuando me tocó mi turno le dije:
-”yo quiero ir a la escuela técnica y ser técnico en electrónica”-.
Entonces largó una carcajada, una gran carcajada enérgica e irónica. Luego agregó:
-”a barrer vas a ir vos a la escuela técnica”-…
En otra ocasión se organizó un sorteo para recaudar fondos. Yo devolví una rifa que no había logrado vender, y ella la extravió. A los dos días me acusó de ladrón, de haber vendido la rifa y quedarme con el efectivo. Estuvo acusándome a los gritos unos diez minutos frente a toda la clase hasta que un compañero le dijo: -“maestra, yo recuerdo que él se la devolvió, yo lo vi, estaba justo a mi lado”-. Se puso más furiosa aún, especialmente porque él no era de los “más brillantes”. Luego me miró y me dijo:
-“no sé si la devolviste, pero no tengo dudas, por tu oscura personalidad, que podrías llegar a ser un ladrón”-
Otras veces, por indisciplina, me encerraba en el baño. Entonces yo me quedaba ahí, media hora o más, y mientras ella daba su clase yo olía los urinarios. Lo más humillante eran mis compañeros… algunos pedían ir al baño para verme encerrado dentro y burlarse. Me dejaba confinado hasta el recreo, entonces entraban todos y yo estaba ahí, esperando como Caín entre el miasma ofensivo de los orines.
Pasaron los años. Egresé de la escuela primaria en 1980, casi al mismo tiempo que terminaba la dictadura militar. Me recibí de técnico en electrónica en 1986. Me costó muchísimo: en segundo año me expulsaron y en tercer año me llevé todas las materias, exceptuando música y gimnasia. Nunca repetí.
De ella hoy no sé nada, y tampoco me importa. Algunas de mis ex-compañeras de grado la tienen de amiga en facebook.
Si la veo caminando por la calle, me cruzo a la otra vereda.
Era una maestra sin amor, una mujer atormentada.
Ésa es la verdad.

45 (2)

Extended domingo

Un domingo remix. Extendido. Girando en la calle como un vinyl de 12 pulgadas y en 45 desde media mañana hasta la llegada de la medianoche. Las caras que van apareciendo son gratuitas y de color… me hablan desde las paredes y desde los pigmentos, desde las nubes y desde las sombras. Y mientras avanzo y avanzo -hacia ningún lado-, llego a destino.
Un destino que siempre es transitorio, superfluo… nunca final.
“No te tomarás la vida en serio”, dijo el humorista, y agregó: “pues sólo muerto saldrás de aquí”. Humor y realidad, extrañeza. Extrañeza en la ciudad de Buenos Aires, el calendario fecha dos mil quince, tengo cuarenta y cinco años, voy rumbo a un hospital, para ver a mi suegra y a mi mujer, que espera.
Y la arbitrariedad de los resúmenes desconcierta, queda tanto afuera. Podría haber dicho: -voy caminando por estas calles que no conozco ni nunca conoceré, voy conmigo mismo, que es plantear a dos, el que camina y el que observa, y pretendo la libertad pura que otorga la santidad-… -y, ¿hacia donde vas?-, me pregunta el cronista, -voy hacia la tumba, primero. Luego, si no me equivoco, hacia la Luz-
Martes. Cuarenta y ocho horas más tarde es, justamente, un martes, o sea, hoy.
Y acabo de recordar que tengo que llamar al laboratorio para saber si ya terminaron de contar mis espermas.

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