Calidoscopio invierno

Una mirada viva frente al objetivo, y la imagen de la imagen también. Luego cuadras y cuadras bajo los pies y el sol pasando en su elipse… loros en la ventana, perros en el anuncio, un felino con ojos como vidrios de una catedral. Y la sombra, siempre la sombra.

“En el otro mundo no hay sombras”, dice el viejo Juan mientras Carlos se pierde en tomar notas; pero el calidoscopio está más allá de ello, de ellos, del tiempo del reloj y también de conseguirlo, llegar, acabarlo; y, por supuesto, de esto que escribo. Estamos enfermos de sed de gloria, y si la vida brilla como el sol siempre brilla en TV, entonces la Luna es más Luna en la imagen que la Luna ahí arriba… y sin embargo, la contradicción: se hace la foto y luego se publica. El lenguaje que intenta expresar lo real es un código que, como el chicle, se pega en el pelo y en la planta de los pies, y se mastica y se mastica hasta que pierde todo el gusto y se vuelve duro; entonces se escupe.

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Laguna y tormenta -reclusión en Lobos-

Llegamos el viernes en el tren bajo el sol del mediodía; almorzamos Locro en lo de Pinto, y entonces aparecieron las nubes. Altas, gordas, negras, llenas de agua. Más tarde el bondi nos dejó en la laguna y salimos a comprar esos ravioles lobeños rellenos de verdura, crema, queso azul y unos tubos de tinto. Pintó el ajedrez y la TV, las sillas en el balcón, el mate y un par de fasos, y arriba se fue armando la tormenta con precisión científica. La mañana del sábado, el café con leche y las medialunas, la luz plana del cielo gris, los imparables pajaritos, la caminata, los perros, la laguna, las fotografías… y la lluvia que comienza, una gota aquí, una gota allá, el clima extático, el tiempo detenido… tres gotas, cien gotas, un millón gotas y finalmente toneladas de agua cayendo desde el cielo encapotado entre rayos y centellas. Y ya no se detuvo.

El domingo dejamos chapoteando el agua y el barro y regresamos al pueblo para ver la final de fútbol, otra vez en lo de Pinto. Luego de la derrota la tristeza de no encontrar un bondi nos llevó a dormir en la terminal. Seis de la mañana hasta Navarro, y desde ahí 136 hasta Ramos Mejía, con el ganado del lunes rumbo a sus puestos de trabajo… un final para el suicidio.

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Tinku Tinku en la pared

En la pared… oposición astronómica y espejo de una combustión termonuclear que sucede a ocho minutos luz con veinte segundos. Algo así como ciento cuarenta y nueve mil millones de kilómetros. Sin embargo, viendo el color -que es su tiempo- y las sombras como estímulo, la percepción juzga esa distancia como apropiada, hasta podría decir perfecta. Luego está el contorno de lo que crece, la vida detrás de los ojos, y las huellas de la civilización. El mundo moderno intenta conciliar esas temporalidades sin lograrlo, por supuesto: el tiempo, esa abstracción espectral, es mi mente.

El pájaro que observa mi objetivo es anterior y es paralelo, dislocado, ajeno, absolutamente inalcanzable; sin embargo converge en alguna tangente, esa que me hace creer que su mundo es el mismo que el de todos.

El caminar y el ver, mientras se navega ese tiempo lo más cerca de su fin en si mismo, contagia todo con una especie de pureza que sólo permanece si no se encierra. El mundo, ese color en la pared, es suficiente, es más que suficiente, es perfecto… Nadie puede soñar con otro sol y con otros colores del espectro.

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Necesidad de Sol

La necesidad de sol nos llevó a caminar desde casa hasta Ramos Mejía; luego del café con leche y el tostado de jamón y queso frente a la plaza el curso giró a la izquierda por la entrópica avenida Rivadavia hasta la bombardeada Ciudadela, y desde ahí siguió la caminata, con la estrella brillando en la espalda, hasta que el barrio boliviano hizo su aparición en el hormiguero de Liniers. No pudimos evitar que se nos pegaran unos ajíes picantísimos y unas harinas del altiplano del país hermano, pero no mucho más que eso… la vuelta fue de bondi y de papas en la verdulería, y ya sube el exquisito aroma del pastel que mi chica cocina mientras escribo.

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