Un viernes en Parque Patricios

Bajamos del 53 a eso de las tres de la tarde, y desde esa hora hasta que nos sentamos, pasadas las ocho de la noche, en las mesas de la cantina “La Marquesa” -cornalitos, rabas a la romana, filet de merluza con papas fritas, vino tinto malbec- ejercitamos el caminar, al azar, por un barrio proletario, luminoso, fascinante y peligroso por momentos -la última vez que pateamos por ahí fue un domingo, y eso sí fue peligroso-, camiones repletos de carga, grafittis, perros callejeros, perros perdidos, casas del siglo pasado y hasta algunas del siglo anterior… el río está presente en el aire, está presente el espíritu malevo, el paco, las putas, la carne que se dora en la parrilla, el bar y la birra, el mate amargo, los conventillos atestados y la misoginia solapada en una tabla de lavar. Y huracán-el-globo escrachado en cada pared, por supuesto.
Luego, lo de siempre cuando se camina durante horas: el reloj que se olvida, la hipérbole solar y el cambio de la luz y del color; las sombras que se alargan, las tribus urbanas que se renuevan con la llegada de la noche; la vida, en definitiva… esa colmena humana que, como un hierro al rojo vivo, nunca -asegura Stapledon- deja de marcar cada rincón del alma.

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Dios es el aire

Tengo un recuerdo visual, táctil, sonoro y nostálgico de ese verano. La sensación de llegar un día muy oscuro y nublado, corretear con mi sobrina por el jardín entre pastos muy verdes y dolores de risa… y luego el delantal, las mesas, descorchar los tintos, servir las pizzas y las pastas; la sucesión de las noches y de los días atendiendo a los clientes del restaurante. Música italiana, roquefort, limoncelo y peperoncino… y unos cuantos mareos etílicos que me elevaban diez centímetros por arriba del piso. Todo el alcohol que sobraba, tinto, blanco, rosado, destilado, fermentado, todo iba a parar a mi torrente sanguíneo. Y nadie parecía darse cuenta. Yo intentaba romper una membrana que me cubría hace años, y que me ahogaba con verdaderos ánimos de asesinarme el alma, porque con el cuerpo no le bastaba. Recuerdo haber sentido eso un tiempo antes de viajar, lleno de terror: la certeza de que no sólo a uno se le puede morir el cuerpo, sino también el alma. Entonces bracear, desde el abismo y hacia arriba, en busca de la luz. Porque el aire siempre está, Dios es el aire, pero uno tiene que bracear. En eso estaba cuando llega la invitación a trabajar de mozo en el restaurante… respuesta: -Sí, ya mismo… ¡como no!-
La foto es cerca de ahí, en una estancia. Día de recreo. Me acompañan mi hermana y mi sobrina, sosteniendo su “pichino”. Yo parezco estar enojado, pero no: estaba maravillado por volver a la luz, y esa cara me ayudaba a concentrarme, cara de Bukowski, cara de San Agustín escapando de los callejones de Babilonia.
Ya pasaron doce años y la membrana está rota.
Amén

2003

La ironía de los justos

Yo estaba sentado en las escaleras del profesorado en donde estudio. Para llegar allí había viajado una hora en colectivo, cuarenta minutos en subte y caminado más de diez cuadras bajo una lluvia torrencial. Llegué, entonces, y me senté en las escaleras, un poco recostado sobre el codo izquierdo. Estaba empapado de las rodillas para abajo… los pies, las zapatillas, las medias. También llevaba mojada gran parte de la cola y más de la mitad de la espalda. Aparte de llover a cántaros hacía un frío ventoso de mil demonios. Yo cargaba con un bolso lleno de partituras, dos libros de Melville que acababa de comprar en una librería de la calle Corrientes, y un paraguas negro que acababa de romper contra unos alambres que sobresalían de una obra en construcción.
Me sentía abatido y extenuado.
En eso estaba cuando veo llegar al rector del instituto, que aparte de ser el rector es también el cura que ahí oficia misa; y veo que mientras comienza a subir lentamente las escaleras dirigiéndose hacia mí, me sonríe con una sonrisa tan beatífica como la del Buda.
Le sonreí también, y lo saludé -hola, buenas tardes-…
Sin embargo el ignoró mi saludo, y continuó acercándose más y más, ampliando su gesto a cada paso, caminando limpiamente justo hasta detenerse a medio metro de mi cara. Entonces se agachó un poco, estiró el brazo en un ademán de darme algo con los deditos todos juntos, y con una ya fantástica sonrisa me dijo:
-Tengo una monedita para dar-
Y se rió. Una gran risotada. Luego se dio la vuelta e, ignorándome, siguió subiendo escaleras arriba hasta desaparecer.
Me quedé mudo. Sin saber bien porqué me sentí sucio. Luego pensé que ese era su delicado -e irónico- modo de decirme que yo, levemente recostado en las escaleras, cansado y empapado por el chubasco, parecía un mendigo, un indigente mugriento y zaparrastroso.
Justo cuando empezaba a sentirme indignado, recordé a Jesús… ese “borracho y comilón que se junta con prostitutas y pecadores”…
Entonces recobré la paz, que me inundó como una oleada.
-Estoy del lado correcto-, me dije, -no son los justos los que necesitan médico, sino los zaparrastrosos como yo-, pensé.
Agradecí esa moneda imaginaria y su gesto fortuito. Aún sentado en las escaleras -como un borracho- esperé a que se hagan las cinco y media de la tarde.
Entonces sonó el timbre y me fui a mi clase de dirección coral.

cura

Agosto -como una Uzi-

Agosto es un mes de cumpleaños que se suceden como las descargas de una ametralladora israelí. Primero, mi viejo; luego mi vieja, y al final yo, justo pasado el meridiano que separa al insoportable león neurótico de la virginal, sexy, alocada, irresponsable e hipersensible muchachita que se fuma la vida como se fuma un buen troncho grueso como un pulgar de Pappo o de B.B. King (que Dios los tenga en su blusera Gloria).
Y no es que ella no tenga problemas, hasta las medias de nylon, las minifaldas y los tacones kilomértricos lo son… simplemente entiende que ayer tenía quince abriles, hoy por la mañana treinta y tres, ahora mismo cuarenta y seis y mañana… ¿quién carajo sabe que va a pasar mañana, salvo el sobretodo de madera y el inexorable olvido?
Por eso es un buen rejunte fotográfico mostrar aquello que más me gusta: lo que la gente escracha en las paredes, los templos en donde suelo comulgar con Dios, la familia festejando el cumpleaños de la mamma, el brillito de la lámpara en el vidrio transpirado -”¡la luz, la luz!”-, y el elixir de toda cocina virginal, siciliana, beoda y libertina: moscato, pizza y fainá (y si el moscatel no aparece es porque, o se está helando en la heladera o corre libremente por el torrente sanguíneo rumbo al lóbulo occipital)…
No tiene mucho sentido entender lo inentendible, o sea, la vida. No tiene sentido siquiera hacerse problemas (“no se preocupen por el día de mañana, porque no pueden volver blanco o negro uno solo de sus cabellos”)… hasta aseguraría que la vida no tiene ningún sentido… ¿como puede tenerlo si no sabemos de donde venimos, ni porqué venimos, ni adonde vamos, ni porqué vamos ahí, donde seguramente iremos, como todos, cuando se vacíe el carretel y llegue el fin de -nuestro- tiempo?
No tiene sentido la vida, es verdad, pero sí que tiene un inmenso valor… “Anda, pues, come tu pan alegremente junto a la mujer que amas y bebe gustoso tu vino, porque Dios ha bendecido tus trabajos”…
Intentar la felicidad, por sobre todo y todas las cosas, es el único propósito valedero que he encontrado en este plano, no otro.
Porque todo lo demás, el auto, las guitarras, el techo, la cuenta bancaria, el piano, el orgullo, la heladera, la democracia, el pito, la casa, el frío, la parrilla, el tiempo, ¡todo!, se lo lleva el viento. Y se acabó.

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