Caminando hasta “Las Talas del Entrerriano”

Caseros, sábado por la tarde, pasando por Bosch, Billinghurst, San Martín, San Andrés, Ballester, Loma Hermosa, José León Suárez, parrilla. Seis horas de marcha ininterrumpida hasta las Talas del Entrerriano, con una previa de pilchas y de fotos. Y en la mente, al mismo tiempo que afuera el sol, los pajaritos y la brisa, esa triste preocupación que a esta altura ya parece eterna. Y aburrida. Todo lo que esa tarde fatigaba mis pensamientos ya está resuelto, para bien o para mal… los exámenes, las decisiones tomadas, los cambios que dejan, irremediablemente, cosas y personas fuera de la vida. Sin embargo mi mente se ha mudado otra vez… de preocupación. Mi mente salta de miedo en miedo como algunos hombres de puta en puta, y vale la analogía porque la mente lo es: una descarada prostituta que se acuesta con todos los miedos que flotan por ahí, disparados desde la radio y desde la TV y desde las preocupadas bocas de mis pares como dardos envenenados. Sin embargo esa noche nos esperaban unas ricas carnes y un par de botellitas de tinto. Y una ensalada de colectivos para volver a casa doce horas después de haber partido. En fin, nada sucedió, nada de lo que me preocupaba en ese pasado vio la luz. Sin embargo hoy, mientras escribo…

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Una noche en la distancia

Menos de un mes se ha deslizado por las vanas corrientes productivas del reloj, y sin embargo ya parecen imágenes de otro tiempo, de otra vida y de otra realidad. Laura Palmer muerta en la pared; rayos y centellas luego de las abundantes porciones de fugazetta en la Mezzetta -eso no es pizza, es una torta de muzarella pintada con cebolla- me dice mi amigo en el bondi, y tiene razón… y también ese recuerdo de esa charla parece ya tan lejano como el Big Bang. Y vos y yo como dos sonrientes espectros reflejados en las marquesinas de New York City, tan viejo el boliche como el torrente rojizo que recorre los vasos sanguíneos de mi atormentado cerebro. Y la lluvia que cae inexorable frente a los focos platinados de las máquinas y del asfalto frío. Luego, el hoy: la preocupación. Porque eso ha logrado este puto mundo mentiroso, abducir la inteligencia en pos de la vana preocupación que todo lo aniquila. En fin, que todo sigue y sigue y sigue mientras cada vez entiendo menos a aquellos que nunca quieren morir. Eso sí que sería terrible: vivir esta vida para siempre. En lo personal, quiero seguir, pasar la pantalla, trascender, volverme protón y neutrón… o esencia. Finalmente basta la fe: Dios, como siempre, sabrá porqué pasan -o no- todas las cosas.

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Los boludos del stencil y sus cuarenta grafittis

Incomprensible realidad la de los boludos del stencil, en especial para aquellos que no pueden apartar su volátil ideología de los extenuantes avatares de la hormiga salomónica y de aquél que, convertido desde lo Alto por la Voz de La Luz, nos dice desde el púlpito -y repetido hasta el hartazgo por generaciones de bocas psitácidas-: “el que no quiera trabajar entonces que no coma”. Luego las estrellas y los astros y el polvo entre las distancias interestelares, la luz del sol y los vegetales y la brisa, el zorzal en la ventana y el chiquito caza moscas y las nubes que siempre pasan y pasan y pasan y dejan caer sus espermas acuáticos para fecundar cualquier cosa, menos una cuenta bancaria. Convengamos que en los reinos no humanos tal vez sea la hormiga una de las pocas excepciones al “matar para comer”… acumular, después de todo, es cosa de hombres, y de hombres ricos por sobre todo, aunque siempre hay pobres que acumulan cosas como decepciones y hambre, pero esos tristísimos artículos nunca, hasta ahora, han cotizado en la bolsa…

Entonces uno camina por las calles y aparecen frente a la mirada estos escritos, dibujos, metamensajes, delirios que plantean, ante todo, un lujo gratuito de creatividad… y de tiempo. Otros, obligados por sus vástagos hambrientos, condenados están a apretar tuercas infinitas en una fábrica podrida hasta que llegue la muerte o la magra jubilación. Éstos, los boludos del grafitti, no trabajan de ese modo. De hecho, y para la mayoría de los mortales, no trabajan. Sin embargo a mi me seducen y me enamoran, hasta me resultan imprescindibles… ¿será que también yo soy un boludo?

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