Viedma

Escapar de Buenos Aires siempre es un sano escape. Atravesar los novecientos kilómetros que separan a la gran ciudad de la proto-alfonsinista-federalista-fallida capital de Río Negro, una larga experiencia que arrima a lo que se avecina… calor, silencios, lo nuevo y lo viejo cortado por el ancho río, el rumor del mar a lo lejos, vecinos mateando en la rambla, perros caminantes siempre sonrientes, pequeñas embarcaciones taxi que van y vienen una y otra vez. Y aviones en lo alto. Y una memoria irredenta de exterminio patagónico y de imparable inundación.
Conseguir un hotel barato y lindo nunca es fácil, menos con pesadas mochilas cargadas de los hombros, una estrella como un fuego de dragones y el cansancio del viaje en los huesos. Pero al fin siempre, si se insiste, llega lo que se busca.

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El futuro es ahora

Parece una consigna Morrisoniana, pero no, es un antiguo grafitti escrachado en una pared de Villa Ortúzar. Luego, todo lo demás: metebombas femeniles fanáticas del Profeta; consignas políticas risibles a la luz de hoy día; la muerte cabalgando la ballena franca; la pobre de Mabel arruinada -¿económicamente?, ¿corporalmente?, ¿espiritualmente?-; personajes célebres en technicolor: Bruce Lee, Walter White -no podría ser en otro color que el azul-, Bob Marley con cara de porro endovenoso… y “Resistir es vencer”… ¿resistir que?: la incomparable e insuperable estupidez humana.
Eones de tiempo, de espacio, de espera. Y golondrinas color café; y amenazas de juicio por mear una pared; un pedido ultra K por la memoria histórica o por la gratuidad del puto balón… uno entiende lo que significa la pluralidad leyendo en la pared. Uno entiende lo que significa la desesperación leyendo en la pared. Y el caos humano, y la desgracia. Y la gratuidad, también, de la libre expresión.
Comenzar el año pateando por Villa Ortúzar rumbo a las pizzas de Santa María es un don de Dios. Y se agradece, desde luego.
Ahora bien, si la Virgen de San Nicolás llora sangre en Avellaneda… ¿será que la original de San Nicolás está ocupada?… ¿o tendrá que ver con todo este asunto modernoso de la “aldea global”?
No sabemos. Nada sabemos.
Pero bueno, al fin llegó la zapi, fugazetta rellena, y también llegó el 2016.
Y, por ahora, todo sigue.

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Un hombre, una ausencia, un mundo.

El hombre, un vecino, aparece en escena. El ser pasa ampliamente las seis décadas; fuma, pinta, utiliza brochas, rodillos y escaleras; tiene un hermano y varios sobrinos, alquila un departamento frente a mi casa. Ha estado, alguna vez, en mi techo. No sé su nombre.
Media hora más tarde, el hombre ya no está… el hilo de plata se cortó: dejaron de hilarlo.
Una autopista -ruta 8-, una línea amarilla, asfalto, la calle de mi puerta.
Sin el ser el escenario se transforma en un mundo vacío, muerto.
Como la Luna.

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Luna y ramas -entropía-

Negro sobre plata, el telón desde la vida y hacia un mundo muerto.
Nudos, pequeños brazos, la impaciencia de lo que crece por sobre los fuegos plateados, extinguidos eones ha.
Y el ruido, la pulsión… inercia que crece y crece mientras decrece todo lo demás.
Entropía.
La vida es la excepción a la ley de entropía universal.
No hay muerte, hay reasignación.
Nada perece y todo se transforma.

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Luna y ramas -entropía- 1