Los boludos del stencil y sus cuarenta grafittis

Incomprensible realidad la de los boludos del stencil, en especial para aquellos que no pueden apartar su volátil ideología de los extenuantes avatares de la hormiga salomónica y de aquél que, convertido desde lo Alto por la Voz de La Luz, nos dice desde el púlpito -y repetido hasta el hartazgo por generaciones de bocas psitácidas-: “el que no quiera trabajar entonces que no coma”. Luego las estrellas y los astros y el polvo entre las distancias interestelares, la luz del sol y los vegetales y la brisa, el zorzal en la ventana y el chiquito caza moscas y las nubes que siempre pasan y pasan y pasan y dejan caer sus espermas acuáticos para fecundar cualquier cosa, menos una cuenta bancaria. Convengamos que en los reinos no humanos tal vez sea la hormiga una de las pocas excepciones al “matar para comer”… acumular, después de todo, es cosa de hombres, y de hombres ricos por sobre todo, aunque siempre hay pobres que acumulan cosas como decepciones y hambre, pero esos tristísimos artículos nunca, hasta ahora, han cotizado en la bolsa…

Entonces uno camina por las calles y aparecen frente a la mirada estos escritos, dibujos, metamensajes, delirios que plantean, ante todo, un lujo gratuito de creatividad… y de tiempo. Otros, obligados por sus vástagos hambrientos, condenados están a apretar tuercas infinitas en una fábrica podrida hasta que llegue la muerte o la magra jubilación. Éstos, los boludos del grafitti, no trabajan de ese modo. De hecho, y para la mayoría de los mortales, no trabajan. Sin embargo a mi me seducen y me enamoran, hasta me resultan imprescindibles… ¿será que también yo soy un boludo?

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Espacios vacíos en el mapa neuronal

Buenos Aires, sábado, provincia: Desde Caseros, pasando por Ramos Mejía y Lomas del Mirador, y entrando en Capital Federal por las puertas del Cedrón. El mapa se llena con esos barrios semi proletarios otrora desconocidos y que ahora ya son una realidad mental, un dibujo y un recuerdo. Completar el mapa es arriesgado, chilla la radio y la TV, caminar es arriesgado, insiste; la vida se puede escapar inevitablemente a fuego de plomo mientras se vive la ciudad con esos ojos turisqueros que aparecen luego de cinco o seis horas de caminata. Lo sabemos. De todos modos la muerte llegará, entonces salimos igual con nuestros pequeños artefactos lumínicos y nos arrojamos al río del tiempo y al sostenido ejercicio de las piernas. Y entonces aparece la luz, y el sol, y el color y la forma. En el principio, la estrella en el cenit. Al final, antes de subir al 53 para regresar al hogar, la luna en su apogeo… doce horas completando un espacio vacío que dejó de ser la nada para ser.

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