Las flores y los muros

Vivimos apartados. Nos rodeamos de cemento, de granito, de portones de hierro, de cables electrificados. Guardamos armas bajo las almohadas, debajo del asiento, en la cartera, en la guantera, en la entrepierna. Todo el tiempo y alrededor la protección contra el otro, que es lo mismo, es parte de nosotros… es uno con nosotros, de algún modo: los mismos brazos, las mismas piernas, ojos, boca, ano, caderas, el mismo ADN. Todos, sin excepción, provenimos de África, de la antiquísima África, la del tambor, el fuego y la magia.
Sin embargo, nos rodeamos de muros para protegernos unos de otros. Y debe ser así, porque nos tememos, porque somos violentos, asesinos, despiadados invasores de lo ajeno, seres dilapidantes, contaminantes y acaparadores de cuanto llega a nuestras manos… si ya todos sabemos que cincuenta de las más abultadas cuentas bancarias contienen el noventa por ciento de la riqueza planetaria… ¿para que tanto?
Entonces los de abajo construimos fortalezas para defendernos porque, por debajo de la línea (de hambre, de frío, de instrucción, de pobreza, de besos y de abrazos) el enemigo acecha. El enemigo-vecino. El enemigo-hermano.
Pero nadie llega a los cincuenta tipos que guardan y atesoran, cual hormigas salomónicas, el 90% de todo.
Ellos, los mejores y más aptos, inalcanzables son.
Ellos comienzan, dirigen y concluyen las guerras. Ellos instituyen y derogan gobiernos, escriben los titulares de los diarios, redactan las leyes, ordenan las prisiones, redactan los programas en las escuelas, convierten el mundo en un panóptico, un panóptico-hospicio de donde nada ni nadie puede escapar.
Ellos son los coroneles de una avanzada científica que construye las más sofisticadas drogas de diseño que atrapan y confunden a nuestros hijos. Ellos cimentan religiones sobre el cadáver del Buda, de Cristo, de Krishna, de Lao Tsé.
Y nosotros construimos muros. Todo alrededor.
Y están las flores, también, en éste mundo, que es el mismo mundo. Ellas crecen donde les place, dentro y fuera de los muros, dentro y fuera de los cables electrificados. No entienden de guerras ni de aplausos, crecen y regalan el pulso de su aroma para todos y para cualquiera que vaya por ahí, sin importar su género, su sexo, su piel, su peso, las monedas en el bolso o los billetes bajo el colchón.
Las flores-sexo que, como todo, llaman a la cópula, no entienden de humores de cagada.

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