La máquina del tiempo

Me asaltó un impulso, el de volver atrás en el tiempo… aparté a un lado mi guitarra, cerré internet, desconecté el timbre y el teléfono… apagué la radio y, bajo llave, clausuré el tecleo del piano.
Cerré los ojos, respiré profundo, concentré mi tercer ojo en la magia del Señor -¡Yo Soy!- y dejé que la inspiración fluyera para el lado de Wells y sus flores del futuro…
Volví, regresé, retorné a lugares tan inciertos y heterogéneos como Villa Rosa -¿dos años, tres, cuatro?-; me asaltó el amanecer en casa, las paredes amarillas, la estrella furiosa trepando en la medianera vecina, la judaica manito contra la envidia y el mal de ojo. Luego, un instante de Woody –y su pensamiento en boca de una actriz que actúa un personaje femenino que pensó el mismo Woody: palimpsesto fílmico posmoderno-… el pobre de Cobain escrachado en una pared de Ciudadela, fumando su fasito, ajeno aún al escopetazo que le voló el cráneo y que tal vez fue suicidio o tal vez asesinato… la sexy muchacha cruel en el cartel, sobre las proletarias vías del San Martín, estación Saenz Peña –nunca aparecen las damas así de perfectas en la vida real, por el mismo principio que diferencia a las hamburguesas verdaderamente masticables de las inalcanzables de la publicidad-; mi chica sonriente en dos oportunidades nocturnas, y mi chica fotografiante en un hangar de trenes, destino incierto –incierto, incierto, ¡todo incierto!-; los cuernitos del deshojado lilium, cayendo a fin del verano para renacer como Prometeo en primavera; los besos -¡que borrachera!-, y mi chica otra vez, subte línea B, y nos alejamos más del cielo, y del suelo también.
El fumo macho en pleno crecimiento, antes de saber su sexo y mucho antes de convertirlo en un muy volado lácteo… y el Alfred quemando
–volado, volado, que lindo estar volado-, mientras llega la noche y nos envuelve con sus estrellas y la música y el fernet. Y yo mismo, borrachín frente al espejo. Y unos libros en Retiro, desde Marx hasta Mein Kampf, de Perón a Néstor K…
Y el viaje terminó… ¿sobre una colina?, no, acá, hoy y en casa… ¿es que todo termina?, aunque la segunda ley de la termodinámica –y mi fe- dicen…

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