En un tren desde el espacio

Subo y subo. Es de día, y las señales del hombre se pierden. Me rodean las nubes, el aire enrarecido, el viento helado… y, sin embargo, estoy en la ducha. Cae el agua caliente -10000 metros-, me enjabono el pecho, las piernas, el pito. Me depilo -11000-.
Me lavo la cabeza -12000 metros-, me lavo los dientes -15000-, cambio de género otra vez -más y más arriba-.
Subo.
Veo un tren. Viaja de noche. En un camarote, dos personas, seres humanos, macho y hembra, mamíferos.
Nacieron a principios del ’70, siglo XX.
Comienzan su “Luna de Miel”.
No gozan de la modernidad -26000-, pero con ella se dan a sí mismos. Aman el rock & roll, la radio AM, la pizza, la soledad -32800- la pérdida de la identidad en el clamor de la masa combativa.
La modernidad, esa revolución sin caso, les arranca el bendito-maldito pasado de entre las manos.
Odian las luces dicroicas, las marquesinas de colores, las propagandas de gaseosa.
Aman los bosques de neón, la noche solitaria y sin fin.
Este tren, desde este tiempo y desde esta química altura, viaja por claros y oscuros vericuetos de esa, y esta falacia llamada pasado, presente, futuro, tiempo… y que vuelve -57000-, y gira y gira -177800-, y vuela el oxígeno -378000-, me ahogo, -579800- ¡aaajjsf…!
Estoy revoloteando por la órbita geosincrónica.
Y todavía puedo ver a esos dos (verlos) en El Tren.

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