La vida es fluir

Uno quisiera, pero… ¡difícil!
Uno se encuentra muchas veces detenido por sus miedos, por sus chinches, por sus cobardías, por sus ignorancias, que son en plural porque son muchas.
A uno lo detienen también: las religiones, que le dicen lo que debe y no debe hacer; la escuela, que lo forma con un férreo e idiota código arbitrario del tipo carcelario; uno se encuentra detenido por la policía, por el frío, por los vecinos, por el gobierno, por la lluvia, por el trabajo, por la mala salud, por la falta de trabajo, por la gordura, el asma y los problemas de próstata… y por las dudas. Dudas de todo lo anterior, de lo que es y de, también -y como si fuera poco- lo que la mañana traerá.
El puto futuro.
“La Vida es fluir”.
Y están los que Sartre llamó “los otros”: amigos bienhechores que terminan embarrando la cancha en nombre de las buenas intenciones; padres, hermanos, ejemplos, cónyuges, novios, enemigos, críticos, alumnos… la mirada de los otros es, tal vez, el ancla más pesada de arrastrar.
A veces uno ni sueña con subirla a cubierta para desplegar el velamen y libremente fluir.
Y está, también lo que uno hace. Y lo que no.
Hacer fotos, recorrer pateando la ciudad y disparar sobre una sombra, un pájaro, un grafitti (la vida es fluir) o una tumba olvidada en el cementerio, me coloca en ese punto.
No es un trabajo, ni una orden moral, ni un objetivo ni un premio ni nada. Es una, ya lo dije: inutilidad.
Como jugar.
Fluir en la vida es colgarse de esas inutilidades que llevan fácilmente a olvidar la zanahoria de la -vana-gloria y colocan la mente, el cuerpo y el sentir total otra vez en el mundo del niño.
Y a lo demás… hay que escaparle.
Como a la peste.

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