Las Grutas (agua) y San Antonio Este (aceite)

Como agua y aceite. En las grutas el hormiguero humano en todo su consumista esplendor: helicópteros revoloteando por los cielos, gentes cabalgando las “bananas” rumbo a su seguro -y costoso- vuelco, pibes chillando, vendedores chillando, madres chillando, abuelas chillando, padres mirando culos ajenos con caras de muy boludos, viejas con un pié en la tumba tratando de llegar a la línea de rompiente por lo menos una vez más en esta vida (“¡que puede ser la última!“, chillaba mientras rengueaba arrastrándose hacia la costa una anciana vecina de improvisado campamento)… y más… motores todos: cuatris, motos de agua, motos de motos, jeeps, cuatro por cuatro esquivando sinuosamente seres humanos dorándose al sol. Y los pajaritos -y todo bicho no humanoide- tratando de sobrevivir hasta fin de febrero, hasta el fin del verano, cuando el hormiguero se abandona y queda el despojado universo natural, la nada y el silencio.
San Antonio Este, en cambio… un muy lindo lugar para encontrar los controles del suicidio, apretar el click, conectar el switch y darse muerte. Balearse en un rincón (pero no hay rincones)… balearse bajo un árbol (pero no hay árboles)… balearse tirado en la playa (pero no te podés tirar en la playa, porque no hay arenas sino un grueso colchón de crustáceos filosos como navajas que comienza justo debajo de tus pies y se extiende hasta el infinito. Hasta el Big Bang. Los crustáceos arquetípicos, si, nada de balearse… uno podría matarse fácilmente tan sólo corriendo en patas desde los médanos hasta las olas.
No mucho más.
Dejando a un lado el humor y la exageración, que es una clara característica de mis genes sicilianos, españoles, indígenas y posiblemente judaicos, una hermosa experiencia que, gracias a Dios, sólo duró un día. Un día en el agua y otro en el aceite, quiero decir.

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