Los fantasmas porteños

Vivimos compartiendo lo que nos rodea con una miríada de espectros: el agua, el aire, el espacio, el tiempo, las lluvias, la luz, la noche, el rocío, el ruido, el viento, el silencio. Apariciones en las vidrieras que nos guiñan desde el más allá, apariciones en los techos, en el bondi, en las alturas, en los subsuelos. Fácilmente los perciben los niños, los perros y los gatos, los pájaros, también algunos abuelos. Basta ganar la calle para verlos… se pueden mimetizar en un enano de jardín, en el femenil maniquí de una antigua corsetería, en el gran tanque de agua de un distinguido edificio, en la aséptica sala de espera de un triste hospital. Fantasmas que fueron…. y que, de algún modo, son.
Estas porteñas apariciones dejaron, como nosotros lo hacemos hoy, marcado su territorio, ese que ahora es el nuestro: lágrimas de tristeza
-por amor, por alegría, por una derrota futbolera- derramadas en el cordón de una vereda cualquiera; un grafitti borroso escrachado en una remota pared; un moco pegado -y olvidado- debajo del vapuleado pupitre de una sala de cinco. Esos, sus efectos. Luego permanecen deambulando en estas pampas por amor, o por envidia, por odio, por miedo… algunos no quieren morir -aunque están muertos-… otros no quieren volver a nacer -aunque ya nacieron y transmigraron su esencia a otra, u otras, formas definidas-… todos, absolutamente, perdieron el pleno contacto con la realidad.
Esa leve impronta que los mantiene en nuestro mundo es como un pegamento-inercia que los obliga a creer en la realidad de su fantasmagórica permanencia. La realidad, ese inasible e inexplicable conglomerado de tiempo y preguntas, los atrapa y los define como nos sujeta y define a nosotros los vivos, los ciertos, los que pisamos en concreto sobre un suelo seguro mientras, sin aliento, nos dirigimos rumbo al olvido.

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