¡Cuando el arte ataque!… en San Antonio Oeste

El arte podría atacar en cualquier lado… en Cachi, en Coroico, en Marcos Paz o en Reikiavik. También en Piazza Armerina, en Moreno o en Nairobi… ¿porqué no en San Antonio Oeste?
El arte, si empezara atacando por ahí, debería gastar sus primeros cartuchos -no de condición plomiza sino mágica- en la perfecta conversión de esos anacrónicos germanófilos nocturnos anclados en la violencia de los ’40. Hay espacio en el lugar para cavar trincheras y sembrarlas de flores multicolor. Hay terreno para organizar luchas cuerpo a cuerpo entre multitudes de hombres y de damas y de traviesas mariposas con largos estilettos y negros bigotes anchos a lo Federico Mercurio. Todo combinado a discreción. La guerra del clímax. Gana aquel/lla/xx que logre arrasar la moral endurecida por siglos y siglos de oscuros terrores a fuerza de mutiorgasmos a metralleta. La guerra del arte y del amor entre marea y marea. Y todo en San Antonio Oeste, patagonia marítima. Y tiene también sus cielos, para simplemente volar… del modo que sea, con las alas que sean, de noche o de día, solos o en bandadas. Nacimos para volar, para elevarnos hasta el inasible infinito… que nos arrastremos detrás de cualquier porquería no implica que ese levísimo -y sublime- destino no sea cierto.
En San Antonio Oeste a usted, si el amor lo ataca, le pueden reparar todo, o casi todo… exactamente el 99, 9% de cualquier cosa: el corazón, las muletas, el dildo, un diente, las hemorroides, los juguetes del pibe, el puente de la mandolina, el motor del auto, el lomo de un libro y hasta el calefón. Ni hablar de la desgraciada soledad. O del miedo, la impotencia, la depresión, el enojo. Lo hacen fácil: lo enganchan -a usted- en un ramillete de globos rellenos con helio y lo sueltan… ¡y ya está! ¡ya puede volar!
En San Antonio Oeste, el día que el arte ataque, aprenderá que lo importante no es ser perfecto, sino real. Entonces usted -relajado por fin– se echará como ese perro, patas al aire, ignorante de todos y de todas las cosas, una gran sonrisa despreocupada dibujada en lo más tierno del alma. Y vendrán las vaquitas de San Antonio invitadas para la cena; y las calandrias harán las paces con los chimangos. A los peces les crecerán patas, los pulpos se columpiarán en las plazas y los perros golpearán las piedras y de ellas brotará agua clara y potable. Perros-Moisés en el día que el arte ataque en San Antonio Oeste. Épico.
Y todo lo demás, claro: libertad. Libertad total… así como soñar.
Si a veces uno se pone a soñar así porque sí y un ratito más tarde ya está por allá arriba, bien alto, por la estratósfera.

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