Una inercia de dinosaurios -y una sala al aire libre-

Una inercia de dinosaurios te pueden llevar al museo. Esa inercia, latente, tal vez provenga de la tundra patagónica, a orillas del Mar Argentino. Se buscará en internet la sala más apropiada, se subirá al bondi, se bajará en Chacarita frente al cementerio y entonces se caminará, bajo amenaza de lluvias, hasta el parque Centenario, Museo de Ciencias Naturales de la Capital Federal.
Pero ¡todo es un museo!… o, más bien, una galería independiente.
Ahí está Evo, con sus Nike made in USA e incendiado por el fuego, a punto de ser devorado por un maldito y rojo colibrí. Y Morrissey, en sus mejores épocas smithianas, antes de volverse un viejito ácido y condenatorio (sigue siendo un genio, pero basta comerse un bife de ternera para que el tipo lo defeneste a uno). Y los paragüitas multicolores anunciando el chubasco. Y Mr. White, chorreando su cosa amarilla -y azul, desde luego-…
No mucho más, salvo alguna estrellita de mar extraña, ya dentro del museo… una parodia de tapa de vinilo de los Cure, pero de verdad y bien, pero bien muerta.
Luego llegó: la lluvia torrencial.
Entonces salimos corriendo, nos subimos a un bondi cualquiera y, hora y media más tarde, entrábamos en nuestro nido personal.
Y todo lo demás, que se llama supervivencia: encender la hornalla y cocinar algo rico, tomarse un buen tinto, ver un film de horror e irse a la cama a leer. Y luego, a dormir.

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