Cacofonía psitácida en “El Cóndor” y el sol como un mazazo rumbo a Lobería

Digamos que usted llega a una playa. Desde la avenida costanera hasta el agua esa playa mide no menos de trescientos metros. Arena fina como harina, suave brisa, mar frío pero no tanto. Uno podría decir “una playa ideal”. Luego se entera que un par de kilómetros más adelante se encuentra la colonia de loros barranqueros más numerosa del planeta. Camina hasta ahí. Millones de loros sobre su cabeza, chillando su imparable cacofonía de tortura. Luego usted camina hasta el faro: más loros. Regresa por la playa y los loros le revolotean alrededor de la cabeza, destrozando sus nervios y sus tímpanos con sus chillidos demoníacos. Finalmente usted huye.
Luego se sube a un pequeño micro y se acerca a las playas de “La Lobería”. Se asoma por el acantilado y observa que armaron la playa, doscientos metros más abajo, justo donde encontraron la mayor, la más extensa, irregular y resbalosa de las restingas. No entiende, claro. Se imagina corriendo hacia el agua… luego, se imagina tirado, a los gritos, con no menos de treinta fracturas expuestas asomando bajo el solcito demoledor del verano…
De todos modos el calor lo obliga a ir al agua. Se manda, con mucha precaución. Tarda no menos de veinte minutos en caminar sobre treinta metros de piedras. Entra al agua y entiende que las piedras se pierden en el lecho oceánico. Por lo tanto permanece ahí, detenido y de pié, con el agua por arriba de las pantorrillas, esperando que llegue un poco más de agua. Finalmente, frente a la posibilidad de caerse y partirse la columna vertebral, se acuesta en esos quince centímetros de agua. Luego, ya refrescado sale… otra vez le toma veinte minutos atravesar esa masa pétrea. Cuando llega a destino, que es el punto de partida, tiene tanto calor que hasta se siente con fiebre. Suda a mares. Entonces cae en la cuenta que la playa no debería llamarse de “La Lobería”. Debería llamarse “Playa Torquemada”…
Raja hacia la lobería, que dista a cuatro kilómetros. Cuatro kilómetros a pié por un camino polvoriento y sin una brizna de hierba alrededor. Los automóviles, las motos, los cuatriciclos y las casas rodantes pasando muy finito a su lado a una velocidad cercana a la de la luz, y eso que el camino es piedra y polvo. Usted tose, estornuda, insulta y blasfema. Finalmente llega y lo reciben en la reserva. La entrada cuesta cincuenta mangos per cápita, pero uno de los científicos, viendo su lamentable estado de desesperación, le pregunta:
-¿vinieron caminando?, -sí, contesta usted. -Ah, dice el docto, -los que caminan no pagan, ¡bienvenidos!
Lobos y gaviotas bajo un sol aplastante sobre la cabeza. No se entiende como pueden sobrevivir esos bichos echados horas y horas bajo el extremo fulgor de la estrella. Pero sí, sobreviven.
Finalmente usted regresa sobre sus pasos, se sube al micro y vuelve hasta Viedma.
Por la noche, cenando con su chica, siente algo parecido a la dicha por tener frente a sus ojos una pata de pollo, una ensalada de lechuga y una TV encendida que muestra un culo plástico, tres periodistas chillando y la 9 de Julio atestada de motores humeantes bajo el sol abrasador de Enero.

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