Viedma-Patagones-Viedma-Patagones… y Viedma otra vez.

Un micro desde Bahía Blanca te lleva en un par de horas. Lo primero que asombra es que no es una ciudad, sino dos, separadas por el Río Negro. “Parece Estambul”, me dice mi chica, “aunque allá todo es más antiguo y, el Bósforo, mucho más ancho”.
Damos unas vueltas, subimos a una lancha que sale desde Viedma y en quince minutos nos deja en Patagones. Dos orillas, dos ramblas, dos puentes gigantescos en cada extremo del río, cruces y tejados como en un espejo.
En Patagones descubrimos que el tiempo permaneció en las paredes, en los museos, en las plazas y en los perros que pasan por ahí… “Patagones es viejo, Viedma, en cambio, está hecho a nuevo, por la gran inundación de 1899″.
Pateamos. El terrible calor nos obliga a entrar en el río. Hacemos fotos, subimos, bajamos… “parece Colonia del Sacramento”, le digo a mi chica, “sólo que es Argentina”.
Pasan las horas mientras acumulamos kilómetros bajo los pies. Entramos y salimos de los museos, nos vamos hasta el extremo y regresamos, se nubla y cae una fría llovizna. Regresamos a Viedma por un par de abrigos… lancha-hotel-lancha. En hora y media estamos de nuevo en Patagones. Cae el sol y nos entra un hambre enorme, entonces nos metemos a comer empanadas en “La Tasca de Danilo”. Al salir ya no hay lanchas, quedamos “del otro lado del río”, como la música del Che. Alguien nos dice: “pueden ir caminando, pero es mucho”… “¿Cuánto?”… “unas treinta cuadras”. Nos reímos: sólo en ese día ya vamos por las trescientas, o más.
Arrancamos hasta el puente más cercano. En un punto nos sigue un perro, labrador, un perro re de la calle que sabe sonreír. Cruza el puente con nosotros y ya estamos en Viedma. El perro se pierde por ahí, detrás de una perra. Unas diez o doce cuadras más tarde llegamos al hotel.
Me voy a dormir con la certeza de que podría vivir en Patagones unos meses, o más, y ser plenamente feliz.

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