El humo de la mirra y del incienso

Basta un carbón, una vela blanca e incienso y mirra para llegar a Dios.
Y decir, en alta voz, el Salmo 91:

Tú que habitas al amparo del Altísimo y resides a la sombra del Omnipotente,
dile al Señor: “Mi amparo, mi refugio, mi Dios, en quien yo pongo mi confianza”.
El te librará del lazo del cazador y del azote de la desgracia;
te cubrirá con sus plumas y hallarás bajo sus alas un refugio.
No temerás los miedos de la noche ni la flecha disparada de día,
ni la peste que avanza en las tinieblas, ni la plaga que azota a pleno sol.
Aunque caigan mil hombres a tu lado y diez mil a tu derecha, tú estarás fuera de peligro: su lealtad será tu escudo y armadura.
Basta que mires con tus ojos y verás cómo se le paga al impío.
Pero tú dices: “Mi amparo es el Señor”, tú has hecho del Altísimo tu asilo.
La desgracia no te alcanzará ni la plaga se acercará a tu tienda:
pues a los ángeles les ha ordenado que te escolten en todos tus caminos.
En sus manos te habrán de sostener para que no tropiece tu pie en alguna piedra;
andarás sobre víboras y leones y pisarás cachorros y dragones.
“Pues a mí se acogió, lo libraré, lo protegeré, pues mi Nombre conoció.
Si me invoca, yo le responderé, y en la angustia estaré junto a él, lo salvaré, le rendiré honores.
Alargaré sus días como lo desea y haré que pueda ver mi salvación”.

Los Reyes llegaron del oriente siguiendo la estrella y encontraron al Rey en el pesebre de Belén… le regalaron Oro, Mirra e incienso.
Oro, por ser Rey, y más que Rey: Rey de Reyes.
Incienso, porque éste Rey es Dios.
Y Mirra, porque desde su nacimiento será predestinado a la muerte, y no una muerte cualquiera, sino una muerte de ofrenda: Su vida por la de todos…

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