En la línea de fuego

Ahí vivimos, en la línea de fuego. No hace falta ir a la guerra para encontrarse entre las balas, ni hace falta mucho preámbulo ni telegrama de aviso para morirse de improviso… a fin de cuentas la parca termina siendo de lo más certero y aburrido que a uno le puede ocurrir, de tan previsible y esperada. Por eso me sorprendió que hoy en Santos Lugares, cuando me afanaron a las cuatro de la tarde dos pibitos de quince años a punta de pistola, me galopara tanto el corazón. De más está decir que les di todo -aclaro: se los hubiera dado todo igual aunque no hubiese visto el arma-, pero bueno, la vi, y uno se asusta un poco, si estaba tan linda la tarde, tan soleada y llena de brisa, no daba para morirse justo hoy. Y tuve suerte porque me devolvieron las llaves -me las tiraron mientras se iban con mis cosas- y más suerte aún porque regresando a casa me encontré con la carpeta de Psicología tirada en la calle, que era en realidad lo único no recuperable: mis apuntes. Todo lo demás, la SUBE, la guita, una bufanda, la mochila, un buzo, el mp3, todo es reemplazable. Tal vez lo que más me dolió, o lo único, en realidad, fue que se llevaran el que hasta ese momento era mi tomo tercero de La Filocalia. Luego me dije que tal vez es mejor así… por ahí un día lo leen y les viene bien un poco de Dios, por lo menos para que no lleguen a matar a nadie ni resulten ser matados.
Ojalá lo lean.

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