Potosí

Llegar a Potosí es descubrir un mundo viejo, una ciudad ancestral, una cultura férrea que hunde sus raíces en el mundo anterior a la colonia, un mapa de la imposición cultural despiadada, la prepotencia del poder económico en nombre de la religión, la injusta historia del saqueo y de la explotación justificada por un dudoso misticismo infiel… y es también descubrir la belleza de sus calles, de sus amaneceres pacientes junto a los cerros, el aroma de sus cocinas siempre picantes y sus sopas volcánicas, de sus lluvias diarias, su sufrida falta de aire y sus minas agujereadas como fantásticos quesos de oro y plata; y por sobre todo es descubrir a sus habitantes, dignos y asombrosos sobrevivientes que supieron esperar a través de los siglos a que pasara la extensa oleada del horror eurocentrista para que llegara la oportunidad… una oportunidad. Y luego está lo que uno ha visto y vivido en su breve paso de historia personal, claro está. Cierro los ojos y veo el mercado bajo la lluvia, las callecitas sinuosas como serpientes rumbo al hotel mientras nos detenemos en una Kalapurka espesa o un Silpancho abrasador; las misas eternas y las iglesias más antiguas que las piedras que revisten sus lugares santos; los balcones coloniales sobrevolando las calles y los monasterios y los conventos y las imágenes sagradas… la religión tan presente en una dicotomía que asusta por lo que fue y por lo que aún es. Porque parece increíble que la fe haya logrado sobrevivir al saqueo. Pero no debería asombrarme, he visto y comprendido la historia de ese saqueo y sin embargo mi fe se niega a retroceder, porque está claro que Jesús ha sido la justificación de la tiranía económica y la matanza violenta, pero nunca fue la meta. Los responsables del exterminio deberán pagar, más allá de sus togas suntuosas y sus falsas formas de apariencia piadosa.

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