Otra vez el Imperio -de la pizza-

El lugar mantiene, a lo largo de los años, esa atmósfera de libertad y decadencia que lo hace tan interesante. Frente al Imperio, la estación de trenes del ferrocarril Urquiza, y enfrente de ésta, el cementerio de la Chacarita, como para no olvidar que uno tiene un hogar para regresar y también un destino que lo hace igual a todos.
El Tata llegó pasadas las ocho y media de la noche. Pedimos una grande mitad muzza y mitad jamón y morrones, dos litros de Stella se clavó mi amigo, y yo, un litro y mezzo de moscatel helado. Y fluyeron las palabras, claro.
Nos escapamos del lugar pasada la medianoche… el Tata se volvió a su vida y yo a la mía, aunque en mi caso y en esa noche en particular, creo que mi vigilia duró bastante más, ya que caminando y caminando rumbo a Caseros, como a Bilbo, el camino me atrapó…
Llegué a casa tres horas más tarde, llena de nieblas veraniegas el alma, de silencios y del grato recuerdo de una charla profunda muy bien regada con los sopores de la uva moscatel.
Y también -13 kilómetros- con ampollas en los pies.

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