Dios y la risa

Bueno, si… tal vez yo, hombre light, nunca llegue a estar seguro de lo que realmente es la verdad… creo en Dios, no dudo de su existencia ni me corro, pero al mismo tiempo no la puedo probar, asegurar, menos imponer… y como suelo ponerme del lado opuesto para entender cómo catzo se ve desde ese otro lado, me termino encontrando en perfectas tablas justamente con aquellos que lo niegan… mis hermanos ateos.
Pero claro, yo también soy un habitante moderno del siglo XXI, y también contaminado estoy de esa diafanidad relativista; por lo tanto me resulta incómodo y de muy poco respeto andar por ahí molestando e imponiendo mis creencias religiosas particulares a quién sea.
Pero igualmente las tengo, claro, no me puedo escapar de ellas, ni quiero escaparme, gracias a Dios.
Y entrando en la cuestión, asuntos del ser creyente mío propio y particular: 
¿Que quiere Dios de mi?
En principio que sea santo, sin dudas; un santo del siglo XXI, un santo un poco light y también antimonsanto. Un santo que sea como la semilla de mostaza en el ordenado huerto artificial: una imparable peste desestabilizante.
Ahora bien ¿que es serlo? ¿como se llega a ser santo?
Menudo problema, si enseguida uno piensa en el cilicio y el cadalso, la culpa, el rechazo, la vergüenza… pero no, yo no creo que deba torturarme a mi mismo para ser santo. Ya bastante he sido torturado por los que me hicieron miembro de esta civilización de amor y paz.
Y es re loco, porque tal vez la clave esté un poquito más cerca del amor que de la perfección moral, jaja, si es que algo así como la perfección moral es humanamente posible; observando frente al espejo mis humanas miserias a diario descreo, realmente, que lo sea.
Y reconozco que en algún punto hasta me tranquiliza, de este modo puedo dejar que Dios se encargue de suavizar aquellas aristas que en lo personal me resultan harto punzantes.
También dejo que Dios se encargue de llevar para su redil a los que Él elija, como a mi me elige sin mérito propio alguno.
Dios… no tiene condiciones para su amor.
En fin, amor. Y agregaría, amor y respeto… por mi y por los demás -sí, por los demás todos: los agnósticos, los ateos, los putos, los musulmanes, los comunistas, los niños, los negros, los que tienen los dientes podridos, los travestis, los sucios, las mujeres, los linyeras, las tortas… todos los que siempre están fallados desde siempre (o por lo menos desde Marx)-.
Pienso: alegría… palabra mágica… y me pregunto: ¿se puede ser santo si no se es alegre? ¿vale la tristeza en el ejercicio de la santidad?
Bueno, uno puede estar triste, desde ya, a mi me pone triste la intolerancia -otra palabra light-  pero la tristeza le gana en profundidad a la burbujeante superficialidad de la risa. Pero claro, si la risa cura.
Reír, reír, sonreír, llorar de risa.
¿Y que cura la risa?
Creo que la risa es el antídoto perfecto contra la seriedad… y uno no puede ser muy serio si entiende que está en un mundo maravilloso como un mero turista, de paso, viendo de todo un poquito antes de partir.
Viendo la panacea de la diversidad estallando de vida todo alrededor.
Y bueno, adonde va uno después de espichar es también un asunto personal. Yo no creo en la muerte, y aunque tengo miedo de morir, por lo menos mantengo mis esperanzas al respecto.
En fin, reír y gozar de esa libertad que Dios me regala con la mujer que amo… la de la foto, la que ríe tan lindo, eso me gusta, suena bien, sencillo y posible como la lluvia y la brisa.
Y luego, bueno, dar lo que se pueda con todo el amor que se pueda, sin tanta culpa y con aún menos seriedad.
Yo creo, resumiendo, que Dios quiere que yo sea feliz, dichoso, íntegro.
Y Dios, mi Dios, quiere que ame a mis hermanos como son.
Que no los juzgue.
Dios no es un torturador, aunque muchos así lo presenten…
Dios no me trajo a esta vida maravillosa para que ande por ahí contagiando todo y a todos con mis negros, resentidos y totalitarios humores de cagada, no.

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