Gato zen

El gato de mi vecina se llama Panda, suele salir a diario y recostarse sobre el tapial a esperar que salga el sol y le caliente el lomo. También le gusta olfatear la brisa… cuando lo hace entrecierra los ojitos y estira el cuello hacia arriba, como tratando de atrapar con la nariz una corriente de aire superior. Panda acostumbra a pasarse horas contemplando a las sombras del ficus danzar en la pared o espiando a los zorzales saltar de rama en rama. Usualmente se queda dormido en medio de esas actividades, una pausa en la gran pausa de su vida. Una vez, de tanto relajo, se cayó desde el tapial a mi jardín, y sólo se despertó en el momento del impacto… -aún dormía mientras caía hacia el suelo-.
Así es la vida de Panda, sencilla y con muy poco sobresalto. Sólo se dedica a estar ahí, observando la vida doméstica fluyendo a su alrededor con la inexorabilidad del río. Otra vez lo descubrí dormido sobre el mismo tapial de siempre pero bajo una lluvia torrencial… parecía no estar enterado del chubasco que se abatía sobre su lomo.
A veces, cuando voy por la caótica ciudad persiguiendo mis minúsculas metas de extrema importancia, me acuerdo de Panda. Pienso en el gato que en ese mismo instante estará echado entre el zumbido de los insectos y la brisa, tan ajeno a mi mundo caótico y civilizado como lo estoy yo de sus envidiables niveles de relajación y de entrega a lo que es.
La imagen es de hoy a la mañana.
El aún sigue ahí. Ahora duerme.

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