Ese perro

De repente apareció moviendo la cola, caminando alrededor, viéndonos hacer fotos; luego nos acompañó un par de cuadras y entonces entramos en la panadería… y bueno, nos vio masticar y le dimos un par de bizcochos y algo de cremona… y se quedó. Más tarde nos empezó a hablar, o a intentar hacerlo, a contarnos una historia entre gemidos y ladridos angustiosos y festivos a la vez. Tal vez la historia de la moto o del auto que lo atropelló y lo dejó así, todo el chasis torcido y las patitas, por momentos, pisando en ángulos extraños. Vaya uno a saber. Lo cierto es que sólo fueron dos o tres horas, a más tardar, que estuvimos los tres juntos, en sintonía, deambulando por las calles de tierra bajo el sol de la tarde, rodeados de silencio y de pájaros y ramas y tapiales antiguos desdibujados de soledad. Muchas veces lo acaricié, hasta que se revolcó en una osamenta fresquita. Más tarde vimos a esa gente esperando en una esquina y adivinamos el bondi de regreso a Bragado. Y preguntamos, y sí, en diez minutos el bondi a Bragado. Y el perro, ese perro, ahí descansando de la caminata a nuestros pies, aún sin sospechar nuestra partida, aunque yo ya padecía su definitiva ausencia.
El bondi llegó, una combi. Lo miré y le dije chau, el corazón roto. Creo que intentó subir, hubo un movimiento en ese sentido. El chofer cerró la puerta y arrancó, entonces escuchamos su protesta, su gemido implorante a sus amigos humanos que, otra vez, lo dejaban solo.
Ahora debe estar ahí, bajo las estrellas, recostado enroscadito en algún zaguán de Mechita.
Cuanto me duele ese perro, cuanto.

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