La necesidad de lo sagrado

Cuando falla todo lo demás, el alcohol, la comida, el sexo, el humo, las estrellas, las películas, la guitarra, la guita, las fotos, el viento, la lluvia, las sonrisas, la calle, tu piel, los libros, los amigos, la mañana, el bosque, el tren, las vacaciones, la pizza, la música y las palabras, entonces necesito una dosis de lo sagrado.
Acto seguido, puedo optar por distintas soledades. Por ejemplo, puedo cerrar todos los libros y meter el bocho en “El sermón de la montaña”. O puedo descolgar el teléfono, desconectar el timbre, apagar la PC y entregarme con cuerpo y alma a la salmodia de David y sus salmos a la luz de una vela, quemando incienso y mirra a discreción. O, como hoy, puedo ir a presenciar Misa y comulgar.
Dicen que el sol sobre la piel sintetiza una vitamina cuyo nombre es “K”. Sólo la luz solar tiene esa propiedad que es también una capacidad. Puedo asegurar que el ejercicio de lo sagrado sintetiza en mi ser una vitamina que nada ni nadie más puede aportar. No hay poder sobre la tierra capaz de darme eso que me aporta, sui generis, la fe en Dios. No intento volverme santo, lejos de mí semejante impiedad. Lo que intento es no olvidar la magia, aunque la ciencia y la modernidad la nieguen.
Yo no puedo permanecer mucho tiempo respirando sólo en el mundo de la razón… simplemente me ahogo. Necesito de esa fe imposible. Soy un recinto de lo imposible, un templo, un conducto de la magia, un cable, un caudal, una posibilidad. Soy esa semilla zen que muere por el árbol que no verá pero que, en su muerte, es.

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