La Boca del Riachuelo

Seis años pasaron desde la última vez que caminamos por esas latitudes, un asalto a medianoche con violencia y bajo una lluvia atroz nos quitó casi definitivamente el deseo de volver. Pero como el tiempo todo lo borra, regresamos -un poco en ascuas- para asistir a la inauguración de la muestra de Alberto Giacometti en Proa. Y antes y después de sus enigmáticas esculturas, nos sumergimos en los alrededores del barrio de la bombonera, oscilando entre el rechazo de tanta turisquería de pose y armado digital -uno llega a detestar a Gardel en una tarde- y el espanto de la vida pobrísima reptando al borde de lo liminar, con toda la amenaza que en ello respira. Las imágenes son pocas, ver cientos de personas haciendo fotos como hormigas con sus máquinas en mano logra cohibirme el deseo hasta la disolución total, casi como una orgía compartida en varios idiomas y en formato jpg.
Para no tentar la suerte, convinimos en rajarnos al caer el sol; entonces caminamos desde el puente Avellaneda, todo derecho por Almirante Brown, hasta el Centro porteño, dejando atrás el parque Lezama, el Caminito y tanto Maradona grafiteado hasta el hartazgo por ahí.

  

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