Deformidades nocturnas en Navarro

La tarjeta al rojo vivo, los bolsillos vacíos, unos panes secos con fiambre feteado y un pedazo de queso chiquito sobre la mesita de luz de vidrio, queso que es cortado con un cuchillo afanado por ahí mientras el vino tinto fluye desde el pico y el corazón espera más con muchas ganas de seguir, por favor un poco más, nos dice el cuore, y espera ansioso como un perrito espera las migas de pan, espera mucho y no deja de esperar, y nos dice denme más, denme mucho más, denme muchísimo, no, mejor denme todo… y que todo sea juntos y que sea para siempre.
Entonces salimos, juntos los dos, rumbo a la mítica esquina pulpera “La Protegida” con las venas rebosante del jugo de la vid y los últimos cartuchos para reventar en la última noche navarrera que fué también la última noche de las vacaciones de invierno.
En la calle reina el frío y el silencio fecundo, las estrellas brillan eternas sobre nuestras cabezas, las cuadras se suceden en un calidoscopio de amor que por nunca completarse nunca se deja, como todo, y el dolor y la dicha de estar rodeado de lo hermoso y lo efímero hacen el resto, y todo alrededor se detiene en la cotidianidad de tanta gente que se prepara para dormir mientras nosotros pasamos caminando muy juntos frente a la puerta de sus casas, y ese perro que nos mira con su mirada nocturna y esa sombra de farol fantasma sobre la pared…
Y luego más vino y unas empanadas exquisitas, y más calle y más cuadras a pié hasta el helado de rigor, helado que se lleva las últimas monedas, y luego los besos y el hotel y el lecho y otra vez el silencio y la nostalgia de saber que mañana, justo mañana a esta misma hora, de noche y bajo este mismo cielo, seremos sólo un recuerdo por aquí.

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