Los perros

Hay que ser una roca para no sentir la indignidad de la vida al contemplar lo que le hace la vejez a la carne y a la sangre. Y si se trata de una criatura tan desprotegida como un perro, más aún.
El perro tomaba sol a una cuadra del acceso oeste, Haedo, en la puerta de una humilde casa de clase media venida a menos. Le tomó bastante tiempo darse cuenta de que era fotografiado…
Los perros y los gatos son nuestros compañeros habituales cuando salimos a hacer fotos. Y los menos peligrosos, lejos. Casi siempre los gatos son indiferentes, aunque cada tanto aparece alguno que se desespera por una mano que le permita franelearse. Los perros, en cambio, casi nunca son indiferentes: muchas veces nos ladran furiosos muy bien protegidos -de nosotros mismos- detrás de unas rejas que intentan proteger mientras justifican su existencia a los oídos del amo; otras veces, ya sueltos, nos corren para simular mordernos, aunque hasta ahora nunca ninguno lo haya hecho. Pero la mayoría de las veces están simplemente ahí, contemplándonos con curiosidad amable mientras los contemplamos o los fotografiamos al pasar… nos miran con una bondad fuera de toda proporción humana, moviendo la cola y esperando pacientemente una caricia y unas palabras amigables.

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