De Caseros a Morón en sábado por la tarde

El último sábado salimos rumbo a la nueva reserva ecológica de Morón, cámaras en mano, con mucho calor primaveral, mucha música en las calles, muchas flores de colores e insectos, muchos perros felices con cara de resurrección.
Atravesamos todo el barrio que rodea a la villa Carlos Gardel, de la cual pasamos a menos de dos cuadras; luego cruzamos el acceso oeste a la altura de la calle Dolores Prats, y desde allí improvisamos la caminata hasta llegar a la plaza principal de Morón, pateamos por San Martín hasta el fondo y, doblando a la derecha, nos tomamos una cerveza helada frente al cementerio.
Cada barrio tiene su energía, su gente, su característica de velocidad. Morón, especialmente en las latitudes del camposanto, es un barrio macho, de motores que aúllan su petróleo V8, de veredas y cervezas compartidas, de peligro nocturno, de exceso de velocidad.
Finalmente retornamos en el 634 a Palomar y desde allí el 123, al bajar compramos todo lo necesario para hacer un asado. Luego de cenar y tomarnos un par de tintos vimos Syd y Nancy. Un garrón.

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