Lobos (1)

Del tren bajamos pasadas las diez de la noche, y una hora después ya estabamos sentados en la parrilla “La Caballeriza” bebiendo un par de tintos y comiendo asado, papas fritas, ensalada y chorizos. Luego nos tomamos un remís rumbo a la laguna de Lobos, que dista de la ciudad a 17 kilómetros. Llegamos muy tarde y la gente de los bungalows ya no nos esperaba… el portón cerrado con candado, y un frío y un silencio de muerte. Entonces, y luego de gritar un poquito, apareció un señor muy enojado que nos amenazó con no abrirnos. No sé si fueron los gritos o el coro de decenas de perros que, alarmados, me acompañaron con sus ladridos todo alrededor, pero finalmente, y a regañadientes, el señor nos abrió la puerta. Y entonces nos fuimos a dormir.

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