Adiós a Tilcara

Luego de varios días de viaje compramos una bombilla matera, más movidos por la abstinencia que por la verdadera necesidad, pero el beber mate nuevamente y en ese contexto resultó ser un verdadero alivio, casi como una celebración yonki. A la luz de las farolas de la calle y mechando con la mateada interminable, cenamos sandwichs de queso de cabra y salchichón, salame milán y tomates, pan negro más cebollas, lechuga y jamon crudo, y harto satisfechos, salimos a caminar. En principio pensamos en patear unas pocas cuadras para lograr una buena digestión, pero la noche Tilcareña nos atrapó y terminamos deambulando al azar hasta la más oscura periferia, dando un gran rodeo y regresando varias horas más tarde, ya bien pasadas las doce de la noche… y con un bienestar profundísimo por estar en ese pueblito de ensueño poblado de humildes fantasmas, con sus farolas amarillas olvidadas y sus estrellas lisérgicas habitando dichosamente en nuestro corazón. Y con un ventarrón de nostalgia grande como un cerro, pues en la mañana partiríamos rumbo a Purmamarca.

   

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