Ensalada de Arte Nº 2 en Villa Pineral

Llegamos a las 22hs y ya estaba lleno. Enseguida apareció un vinito, gentileza de la casa, y acto seguido comenzaron las preguntas por las fotos. Luego Rodolfo, el poeta del lugar, me pidió que pasara a hablar un poco del tema imagenes; después de eso y de la madera que cayó del cielo, aparecieron más vinos, las poesías tomaron protagonismo muy bien acompañadas por una guitarra gaucha -y para nada trabajosa, Borges- y llegó más gente, más amigos, y los niños correteando felices con esos cuerpitos alados todo alrededor. El Alfred apareció en escena y nos maravilló con su bella música mínimal y su teatro de sombras esencial, y mientras la mente iba dejando el control para otra ocasión más solemne, llegaron y armaron los chicos de Ah Malaya! y un ratito después comenzó el bailongo. En eso aparecieron los chorizos a la pomarola (¿o volvieron?), y las zapis muy bien amasadas entraron derechito y más vino y birra y faso, y ese saxo iba tan bien pegado con la trompeta que uno no paraba de pedir más y más para poder apagar tanto fuego generado entre corcheas y lúpulos y sangres de Cristo derramadas al interior y ¡salud!. Los Imparciales aparecieron más tarde, en trance, como unos hermanos musicales en la fe, bailando al palo bien volados y flotantes sobre alfombras persas tejidas en hebras eternas de canabiol índico perfectamente florecido… para entonces las bocas eran todas sonrisas y el estado era de pura dicha, de olvido total del devenir del reloj; como para despreciar con un gigantesco pito catalán los putos ríos de vino de los curas del paraíso y las torres de hembras acumuladas hasta el fin de los tiempos.
Finalmente -todo termina- la noche acabó. Y yo todavía me pregunto como hice para pedalear junto a mi chica más de diez cuadras hasta casa.
Y hoy ya es jueves: todavía me dura la sonrisa.

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