De Caseros a Hurlingham en la tarde del domingo

Desde la perspectiva de hoy lunes, el domingo casi pudo zafar de su identidad de fútbol y de machos manguereando el auto en la vereda, porque caminando desde Caseros hasta Hurlingham y rodeando todo el perímetro del colegio militar de la Nación, no encontramos autos, ni veredas, ni mangueras, ni fútbol. Claro, encontramos milicos. Y ya todos sabemos que son bien machos.
Pero como uno pasa y siguiendo ese paso se va hacia su propio rumbo, no importa tanto el fisgoneo militar, aunque hay que reconocer que es muy fuerte la experiencia del batallón y sus trincheras y sus cascos como colmenas en la tarde del día más inestable de la semana. Me dirán que el lunes es peor, y lo es, por supuesto, pero nunca el lunes es inestable… sencillamente el lunes es siempre un bajón.
Al llegar a Hurlingham, tierra de los orígenes de Sumo y de mi primer escuela secundaria -de la cual fuí expulsado-, uno percibe que una decadencia silenciosa fué tomando posesión de todas las cosas, reptando lentamente como un reptil durante los últimos veinte años… todo Hurlingham hoy adolece de una capa de basura eterna que ya es parte del deprimente paisaje, y cada pared, y cada cartel, y cada esquina, y cada calle que uno transita pide a gritos una nueva mano de pintura, por lo menos para combatir un poco esa herrumbre que todo lo somete a su triste desencanto.
Al dejar atrás la zona más cruda que es la que habita en los alrededores de la Goodyear -y es también la más rica a nivel fotográfico-, la cosa se pone peor, porque empiezan a aparecer esos barrios ingleses de clase media-alta venida a menos que no aportan nada significativo a la hora de encuadrar y apretar el botón del disparador; uno puede imaginarse, mientras camina en sus veredas, esos interiores de porcelana y de mármoles partidos entre vestidos con puntillas de la abuela, botas de montar y botellas de whisky escocés siempre vacías, y el buenos Aires Herald sobre la mesa en el gazebo del jardín, mientras se leen las noticias y se sueña despierto con los frutos de la caza.
Cuando llegamos a la estación del San martín, la luz ya había partido; entonces caminamos hasta Roca y nos subimos al 53, que nos dejó a una cuadra de casa.

 

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