Cachi adentro (2)

Por un momento la lluvia se intensificó y nos perdimos, bastante resignados a la mojadura, entre unas callecitas de lo más lindo… rodeados de huertas, cabras, flores multicolor, grandes árboles frondosos, acequias con unas corrientes veloces y de gran caudal. Vimos que los hombres fueron dejando el campo -el rayo busca la azada, nos explicó uno de ellos- y se cobijaron bajo techos de chapa rodeados de hacienda, mateando. El silencio se impuso, ese silencio que es el del rumor de la lluvia y del trueno lejano y el de los propios pasos avanzando muy juntos sobre la tierra mojada. Luego la lluvia aflojó, la luz aumentó su brillo y ya cerca del pequeño pueblito de Cachi adentro la tormenta siguió su camino entre los cerros. Cuando llegamos visitamos la pequeña parroquia, desierta, que funciona sólo una vez por semana y luego rodeamos el pueblo resbalando entre los charcos espejados, caminando unas pocas cuadras hasta encontrar un almacén -en la puerta bailaban unas adolescentes con un radiograbador al palo- en donde compramos queso de cabra -$30 el kilo- y galletas sin sal… entonces nos sentamos en una pequeña plazoleta de pastos altos y juegos oxidados a lastrar el botín, arrojando las migajas a un harén de gallinas cluecas que pasaba absolutamente idiferente a nuestra voraz humanidad. Luego regresamos a Cachi por el mismo camino -porque hay otro, pero eso viene después, en una futura entrada-.

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