Tres retratos en domingo

Justo antes de tirarnos en la cama a llorar –imaginensé, domingo por la tarde, mucho calor, en el siempre constante ruido blanco de la ciudad se suma el de algún relator de fútbol desesperado, tipos lavando el auto en la vereda, un hormiguero de niños en la plaza correteando a los gritos entre padres desvencijados como autos viejos, en la radio AM no hay nada salvo el eterno balón y encima al otro día ¡es lunes!-… entonces decidimos salir a caminar un poco, sólo un poco. Y en eso estábamos, tratando de pelearle a la contra cuando divisamos un espejo desheredado, solito entre los yuyos de una vereda triste. Y muy nuevo… ¿raro, no?
Y como los espejos me parecen siniestros -tal vez sea un poco responsable de este sentimiento la lectura de Borges y Bioy y Uqbar y Orbis Tertuis y la máxima heresiarca “Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican a los hombres”, decidimos dejarlo en su soledad pero aprovecharlo para unas fotos, y la verdad es que estuvo bien.
Luego pateamos unas cuadras más pero el domingo se impuso irremediablemente -horriblediablemente- y decidimos regresar a la cucha a jugar un ratito, y eso estuvo ampliamente mejor. Y después cociné una pizza, fugazetta siciliana con fainá. Y vimos una peli de Spilberg: “Encuentros cercanos del tercer tipo”. Y después nos fuimos a dormir. Y hoy ya es lunes, mediodía, y todo sigue y no se detiene y parece que no para nunca más, porque en todo caso el que se va siempre es uno, y menos mal.

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