El puerto de Mar del Plata en el último invierno

Nada mejor para invocar a la nostalgia que ver fotos de esos lugares que uno lleva anidados en el corazón, lugares que se meten tan adentro que uno se sorprende, mucho tiempo después de haber estado allí, suspirando por ese aire, por ese gusto en la boca, por ese tonal de tiempo y espacio tan particular.
Mar del Plata es parte de mis recuerdos de siempre, y cada vez que vuelvo a patear sus veredas más se hace carne en mí: las callecitas del barrio los troncos, el centro de noche y los restaurantes, el casino central iluminado todo el año como una fiesta navideña, el barrio Camet, los barrios más humildes que rodean al puerto, los mariscos y el olor de la sal y el pescado… y el puerto.
Los barcos me emocionan hasta las lágrimas: ver un barco partir hacia alta mar al atardecer o arribando al puerto temprano en la noche para descargar su humanidad obrera en tabernas con sabor a cerveza, me muta la seriedad en sereidad (no inventé yo esa palabra, se la debo a Bhagwan Shree Rajneesh) y me preña de infinito. Y como estar preñado de infinito es mi estado ideal, nada mejor que ver fotos del último viaje a la feliz: estas fotos son de dos días distintos, uno, soleado, por la tarde y el otro, lluvioso, desde la tarde hasta bien entrada la noche… deseo que las disfruten con un pequeño porcentaje de lo que ellas generan en mí. Y es un muy buen deseo.  

Los comentarios están cerrados.