Cuatro amigos

-Vamos a resolver los problemas de este mundo cuando caigan todas las políticas que atentan contra la clase trabajadora, cuando el estado de bienestar sea un hecho y no una utopía, cuando las máquinas y los medios de producción estén al servicio del proletariado y no de unos pocos privilegiados, que son los mismos privilegiados de siempre…
Cenaban en el comedor del Tren Patagónico, sándwiches de pan de centeno relleno de queso, tomate y  mortadela; tomaban mates amargos y soda en sifón. El tren, detenido en San Antonio Oeste, cambiaba de máquina, y rápidamente se ocupaban los pocos asientos libres que quedaban. La charla había comenzado, como de costumbre, como un monólogo, y así proseguía. Jorge, el más politizado del grupo, arengaba a sus amigos exponiendo sus extensamente rumiadas nociones de Marx, Hegel, Smith y Chomsky:
-Lo que sucede con ustedes, agregó, es que viven presos de “la casa y el sillón”, por no decir de las velas, el humo del incienso y el apalabrado rosario… ¿quién carajos es ese “señor” para tener que pedirle algo?, ¿acaso no es un patrón, un papá o un abuelo, un patriarca superlativo, el oligarca de los cielos?… “Dios es empleado en un mostrador”, cantó Charly con Nito, “da para recibir”… y si digo dios como ellos lo escriben, con mayúscula, es por consideración a esos dos músicos que merecen mucho más respeto que toda esa estúpida y condenada imaginería supersticiosa… ¡toda religión es un negocio!, y sobre las bases de ese tremendo y vil supermercado el capitalismo sienta sus bases y hunde sus raíces…
-¡Pará un poco, che!, reaccionó Leo, que era católico, vos hablás de lo que no conocés con la autoridad del que sabe, pero ni siquiera te alcanza para ser un neófito ¿qué experiencia tenés vos de Dios para ser tan hostil a los religiosos?
-Ninguna, porque dios no existe- respondió Jorge terminante.
-No existe para vos; en tu negación impedís que Él se brinde con la naturalidad que se brinda a los que lo aman.
-Perdón, intervino Sergio, el anarquista, yo quisiera que ese “señor dios” y ese “señor Marx” me entreguen la posta completa para poder correr mi carrera como se me cantan soberanamente las pelotas… ¡libertad!, ¿porque tengo que seguir sus concretos, insulsos y represivos caminitos religiosos?
-¡Marx no es religión, animal! chilló Jorge
-¿No?… pero vos hablás de Marx y de su libro “El Capital” como si de palabra santa se tratara… si cambiamos Marx por Cristo y embadurnamos el zurdo tomo con grandes letras doradas y comentarios al pié ya estamos mágicamente en Leo y su sagradísima biblia, su adoración, fanatismo y ceguera.
-Yo no soy ni ciego ni fanático: creer no es fantasía, es ciencia de la comprobación ¿alguna vez alguno de ustedes dos rezó?, seguro que no; todos, como calcos, se meten con Jesús sin siquiera intentar conocerlo- agregó Leo con tristeza , y no le dan la más mínima oportunidad… pero poco importa: son ustedes los que se pierden de su amor
-Amor, amor… el amor de tu dios mató más gente en la historia del mundo que todas las pestes juntas, gil
-Y no hablemos de Stalin, pibe trosko… ¡el estado es un dios de cartón con una guillotina en una mano y el fuego de la bomba H en la otra!… ¿cómo pueden ser tan crédulos, tan dependientes, tan… ingenuos?
-¿Y vos, anarcocapitalista?… sos estúpidamente contradictorio
-¡Dios es amor!
-Sí, claro, pero sólo si estás de acuerdo, sino… ¡escapá!
-No conocen a Dios
-Y odian a Marx sin leerlo
-Esclavos del sistema, ustedes dos, de todo sistema: del que fue, es y será…
Se quedaron los tres callados. Los sandwichs se habían terminado, el mate estaba lavado y los sifones vacíos. Los mozos pasaban y los relojeaban de costado con ánimo de recuperar la mesa. Fue entonces cuando cayeron en la cuenta de que Aníbal, el cuarto ocupante de la mesa, permanecía en absoluto silencio
-Che, dijo Jorge mirándolo, ¿y vos que pensás?, ¿no decís nada?
-Sí, eso… ¡jugáte por algo!, agregó Sergio
-No quiere jugarse, es un tibio, concluyó Leo, y ya sabemos lo que le hará Dios a los tibios en el fin de los tiempos…
Aníbal los miró en silencio, uno por uno, y con una expresión de fatigada resignación dijo:
-¿Que pienso al respecto?… nada, porque no pienso al pedo.
-Andá a cagar, respondieron los tres al unísono.
-Está bien, me voy a cagar, pero igual no pienso. Hay un ruido, y ese ruido son sus palabras, y nada puedo hacer contra ese ruido, simplemente escuchar y seguir mi camino, tranquilo… ¿qué más podría hacer? ¿tomar partido?, jaja, las palabras, queridos amigos, son tan putas que sirven para justificar a Marx, a Cristo, a Hitler, a la Bomba H y al exterminio…
-Pero usás palabras para responder.
-Porque ustedes no se bancan mi silencio… y entonces me preguntan lo que yo llamo, acertadamente, pelotudeces: me basta  el silencio para explicarlo todo, y eso es, básicamente, porque no hay nada que explicar…
Y el silencio, ese que Aníbal exponía  como su filosofía máxima, se adueñó nuevamente de la mesa. Entonces se dieron cuenta de que el tren hacía rato había dejado San Antonio y, tan raudamente como podía, corría bajo las estrellas atravesando la Patagonia rumbo a San carlos de Bariloche. Jorge, en silencio, se cebó un último amargo, miró a su amigo y le dijo:
-La verdad, no te entiendo.
-Y yo tampoco lo entiendo, dijo Sergio
-Ni yo, agregó Leo.
Aníbal los miró, sonrió una gran sonrisa y suavemente contestó:
-Muy bien.
Un minuto más tarde llamaron al mozo, pagaron la cuenta, dejaron el comedor y regresaron a sus asientos. Leonardo regresó a su Biblia, Jorge a su Manifiesto Comunista, y Sergio a su “Coaching of anarcho-capitalism on line”
Aníbal se recostó en la butaca como pudo, encendió el mp3, escuchando la música de los ELO, contemplando el inasible infinito detrás de la ventanilla, contemplando las inalcanzables estrellas y la profunda oscuridad de la noche.
Media hora más tarde le entró un sueño enorme, entonces se durmió.

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