Camino, que no es poco

Camino… ¿camino?, si, camino. Voy caminando, un pié, otro pié, el otro y el otro. Voy caminando todo derecho hasta que doblo. Me sorprende el haber doblado… ¿camino al azar?, no, porque siempre doblo en el mismo sitio.
Caminar por las mismas calles me deprime, me angustia, me llena de impotencia, y, por supuesto, de temor. Observo el inobservable futuro –imposible futuro- con impotencia y temor. Igual camino, que no es poco. Algunos ya renunciaron a caminar, yo no. Debería sentirme orgulloso –de mi mismo- porque aún camino, aunque a veces la impotencia me reduzca a un ser muy limitado.
¿Camino solo?… no hay nadie. Mis pasos suenan en las calles vacías –estas calles harto conocidas- con el eco del miedo y del ahogo… ¿hay peligro?… ¿porqué estoy solo?… solo no soy. Entonces recuerdo que alguien dijo: “para ser un buen alumno uno necesita malos alumnos todo alrededor”. No recuerdo quién lo dijo, alguien. Pero camino solo por las mismas calles de siempre. Solo no soy… ¿quién soy?… ¿yo mismo?… ¿yo?… ¿quién es “yo”?
Pasan las cuadras bajo mis pies, doblo en las mismas esquinas, veo las mismas casas, cordones, vías, autos, trenes, carros, aviones, motos, gentes (¡no estoy solo!), pero no me gusta esta gente, no es como yo.
Insisto con mi fe… me digo que “Dios me va a ayudar”. Me lo digo una, me lo digo dos, tres, diez, cien veces:  “Dios me va a ayudar”. Recuerdo al peregrino ruso, “Señor Jesucristo, ten piedad de mi”; entonces repito con él –el peregrino vive en el pasado-… “Señor Jesucristo, ten piedad de mi”, “Señor Jesucristo, ten piedad de mi”, mil veces repito, como “no debo mentirle a mi mamá”, un millón de veces escrito en un millón de papeles “no debo mentirle a mi mamá”, y camino, derechito, al compás de la misma música, camino y doblo y sigo y repito sin parar “Señor Jesucristo, no debo mentirle a mi mamá”… mi mamá, como el peregrino ruso, vive en mi pasado, es mi pasado. Pero está acá, claro, “No debo ten piedad de mi”. Pienso en mamá y me vuelvo chiquitito, no de edad, sino ínfimo, diminuto, impotente como un padre cruel, mezquino y perdedor
-¡perdedor!- sí, ésa es la palabra clave de hoy -¿hoy?-: perdedor.
Hay un partido, una carrera, una velocidad, un estilo, una guerra, un promedio, un destino, una meta… “solo se perderán los predestinados a la perdición”, dice San Agustín mientras vomita pecado tras pecado, y yo estoy predestinado al miedo, a caminar solo por las mismas calles, a doblar lloroso por las mismas esquinas al compás de la misma estúpida e insípida música -¿ruido?- de siempre. Siempre. “Para siempre”, decimos. La eternidad encerrada en una palabra… ¿hay trampas en la sintaxis?, y digo: “puto”, “camaleón”, “mariposa”, “verga”, “agujero”, “sucio”, “puerca”, “nylon”, “grasa” –pienso: estoy gordo-, “amor”… amor, sí, pienso en amor. Trampas en la sintaxis y en el amor…
Cae el sol y camino. No llevo reloj, pero todo es un mecanismo. Imposible no creer -¿imposible?-, -¿creer?- que no hay tiempo. Soy un ser que camina
–siempre- por las mismas calles, dobla en las mismas esquinas, mantiene el mismo compás con la misma música mientras cree en lo mismo, siempre, eternamente siempre, condenadamente siempre, la jaula del tiempo, los barrotes de la presión -¡ya!- todo alrededor.
Se hace tarde.

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