Ligeti en Chacarita

Pasó hace un rato en Chacarita, esperando el 123. Yo llevaba mi guitarra, el cajón peruano, el atril y la mochila. Era el cuarto en la fila cuando apareció una señora mayor y, así porque sí, se puso adelante. Quedé quinto. No dije nada, porque no me peleo con señoras, y menos por un puto lugar en una cola. Pero entonces la dama -de figura bastante imponente- hizo un giro inesperado y le clavó un tremendo rodillazo a la funda de mi guitarra. Le dije: “señora, más cuidado por favor… mi lugar en la cola ya es suyo, pero no me rompa la guitarra”. Me miró con odio infinito y, acto seguido, me ignoró. Pasaron unos minutos y al rato empezaron a llegar un montón de polis muy jóvenes, cruzaron desde el cementerio, alcanzaron la parada y se quedaron ahí esperando el 44, unos 30 canas de uniforme azul de no más de 22 años, todos con el pelo muy corto, una nueve cargada en la cintura y una gran cara de culo. A mi me entró el miedo, o, tal vez, el asco. Pero entonces la vieja empezó a chillar: “¿Que hacen acá, mierdas?, ¿porqué no van a perseguir negros a la villa, mierdas?, ¿no ven que acá no hay negros chorros villeros de mierdaa?”… otra señora que estaba cerca empezó a hacerle el coro: “!Sí, eso!, ¡ESOOO!, ¡MATEN NEGROOS!” gritaba. Los gritos de las octogenarias se intensificaron y en un momento me vino al bocho el film 2001, la parte en la Luna con el monolito y el monstruoso coro de Ligeti.
Finalmente llegó el 123 y subí, sintiendo que el mundo no tiene solución ni remedio, y que cada día que pasa me siento más cerca del extranjero de Camus.

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