Un domingo sin hierba

-¿Cómo te sentís?
-Liberada.
Eran las tres y cuarenta de la tarde del domingo. Era verano, pero fuera soplaba un viento  furioso y frío, como si el otoño hubiese tomado al estío por asalto. Dentro de la casa sonaba una música tranquila, espacial. También se escuchaba girar al lavarropas y el arranque de la heladera, y los chillidos de los pájaros entrando por la ventana . Por el cielo pasaban unas nubes gordas y oscuras y luego todo se cubría en un manto gris. Entonces se abría un jirón y aparecía el cielo azul y el sol pintaba por un momento todo de color.
-No tenemos más nada. Ahora sólo podemos esperar.
-Esperemos entonces.
Clara hirvió unos tomates secos en agua y vinagre de vino. También puso a asar dos morrones muy grandes y muy rojos en el horno. Picó una cabeza de ajo, secó los tomates ya hidratados y peló los morrones. Luego preparó todo con aceite de oliva y ajo.
-Hay bondiola, mortadela y salame calabrés. Y los morrones y los tomates con ajo. Y un pedazo de roquefort. Puedo hacer la primera pizza sólo con muzzarella, y la segunda con muzzarella y roquefort.
-Me parece muy bien, contestó Ana.
-Y hay que comprar más moscato… y unas cervezas. Me muero de ganas de un trago de moscato, pero si empiezo ahora para cuando llegue Claudio voy a estar como una cuba.
-Más y más y más.
-Siempre más. Pero ahora no queda nada, y hay que volver a esperar. Duele, pero es el camino. La desesperación puede llegar como oleadas, pero está condenada: la paciencia es un músculo.
-Y ese músculo está preparado.
-Igual duele.
-Que duela… al final, sólo hay que esperar.
-Nos dedicamos a esperar.
-Mirá que fácil.
-Y hasta ayer… es muy loco cómo un poco de hierba puede volverle loca la cabeza a una.
-Potencia todo, y es para bien y para mal.
-Se pierde el equilibrio.
-El centro.
-Una se pone caprichosa, débil, exigente. Una se pone a manipular todo, así y asá, y la paz se escapa como el aire, y una se ahoga de a poco mientras se vuelve egotista.
-Qué fácil es perder la paz.
-Sólo basta entregarse al deseo.
-Darse a sí misma.
-Darse todo hasta el displacer… ahí está el calvario.
-Ahí llegamos anoche, al extremo del placer, donde el displacer empieza… ¿o es un desierto?,  y ya no tenemos nada: nos resta esperar.
-Esperar  “la voluntad que nos haga libres”
-Eso.
Clara pensó en cortar unos tomates en rodajas y en hervir dos huevos, mientras Ana preparaba un Tiramisú para el postre de la noche.
-¿Claudio ya no fuma? Preguntó Ana al rato
-Sí fuma.
-¿Traerá?
-¡Me muero!
-¿Mirá si se cae con una piedrota?
-No… nunca trae. Sería raro que justo esta vez se aparezca con porro.
-¿Le preguntamos?
-¿Y si nos dice que tiene?
-¡Le decimos que no traiga!
-No va a tener…
-Llamálo, Clari, llamálo!…
Clara marcó el número de Claudio en el teléfono. El muchacho atendió luego de cinco llamados:
-Holaa
-Hola Claudio, soy Clara.
-¡Hola Clara!, ¿todo bien?, ¿se hacen las pizzas hoy?
-Sí, si nene… pero con Ana nos preguntábamos si tenías algo de faso.
-Sí, justamente ayer me trajeron una piedrota… llevo un pedazo ¿dale?.
-¿Vas a traer un pedazo?
-Y… les llevo un veinticinco, así tienen para tirar unos días ¡es muy rico este faso!
Clara se quedó muda un instante. Sintió al deseo volverse material y ponerse a recorrer sus venas haciendo leves cosquilleos a cada paso. Las cosquillas del placer extremo, el placer manejado, dirigido, el placer objetivo, el placer límite, asesino de la paz.
-Bueno, dale, contestó la chica, –traé que anoche nos quedamos sin.
-Ok, llego a eso de las siete ¿qué más llevo?
-Nada más, con eso es suficiente…
Clara cortó y enseguida miró a su amiga, que asimismo la miraba. Se miraron unos segundos en completo silencio y Ana dijo:
-Se acabó la espera.
-Sí, se acabó.
Siguieron en lo suyo. Ana con el tiramisú y Clara con los tomates. Al rato Clara abrió el freezer y sacó tres cubitos. Los metió en un vaso color ámbar y luego lo llenó con moscato helado. Miró el reloj: las cuatro y cuarenta de la tarde.
-A las siete, cuando llegue Claudio, voy a estar re borracha.
-Bueno, no importa, dijo Ana mientras se servía ella misma un vaso de moscatel con hielo, -si estamos muy borrachas picamos un poco de faso y nos ponemos del orto.
-Bueno, contestó la amiga.
Siguieron cocinando, mientras sus pensamientos dejaron de pensar en la paz para pasar a pensar en todo lo que harían fumadas los próximos días, y en el placer inmenso –y en el dolor-que todo ello les acarrearía.

Los comentarios están cerrados.