La guerra entre nosotros (1)

Pasado el mediodía salí a la calle, rumbo a Liniers. Martes. Caminé media cuadra por Mitre, doblé por Álzaga a la derecha hasta Esteban Merlo, luego giré a la izquierda por Merlo, caminé derecho y crucé Pringles, crucé Olavarría, y cuando llevaba caminado treinta metros desde la esquina de Olavarría y Merlo escuché un potente y desgarrado grito femenil:
-¡Aaaaay hijo de puta! ¡me querés robaar! ¡me quieren robaaaar!
Desde la estación de servicio de Cerviño, a mitad de cuadra, salieron corriendo dos muchachotes  de unos veinte años, cruzaron la calle y corriendo por la vereda, se dirigieron hacia mí. Los dos estaban muy bien vestidos y, en apariencia, no estaban armados. Detrás de ellos, en alocada persecución, salió una moto a toda velocidad. Su conductor gritaba:
-¡Yo te los agarro! ¡yo te los agarro!
El presunto ladrón que corría detrás gritaba:
-¡No hicimos nada! No hicimos nada!
Cuando el que iba en la delantera llegó hasta donde yo estaba, me hice a un lado. Primero porque no sabía lo que había sucedido, y segundo porque no iba a hacerme matar por imponer una justicia que, como mínimo, me parecía dudosa.
Raudo, el primer chico pasó a mi lado. Enseguida me alcanzó la moto que venía por la calle, y su conductor, viendo que el segundo pibe se me acercaba, me miró y me ordenó:
-¡Agarrálo! ¡Agarrálooo!
Miré al pibe que se acercaba sin aliento: dos ojos de vidrio de animal acorralado, músculos como alambres, sudor perlado. Aún gritaba, como en trance:
-¡No hicimos nada!, ¡No hicimos nada!
Me hice a un lado, y el muchacho pasó corriendo rumbo a la esquina. El de la moto entonces me fulminó con una mirada llena de odio y me gritó:
-¡Puto de mierda! ¡PUTOOOOOOOOOOO!
Lo ignoré. Me dije que hubiese hecho lo mismo, o sea nada, si me hubieran robado, o intentado robar, a mí. Para seguir viviendo, ante todo, necesito la vida…
Al minuto pasó, al volante de un Fiat Regatta azulado bastante podrido, la mujer del grito… aún chillaba:
-¡Matáaalos! ¡Matáaaaaaaaloooss!
Apresurando el paso, continué caminando, pensando en desaparecer lo antes posible: temía que ella y el de la moto volvieran por mí.
Alcancé la estación de servicio. Dentro, uno de los empleados vestido con overol despertaba a un policía que dormía dentro de una patrulla estacionada en la línea de engrase. Le decía mientras lo sacudía:
-Despertáte che, parece que a la chica la quisieron robar, se fueron para la calle Olavarría.
El cana se despertó, bajó de la patrulla, caminó hasta el cordón, se desperezó como una gallina, volvió hasta la patrulla, se sentó, encendió el motor, salió marcha atrás y enfiló, a paso de hombre, para la esquina.
Yo calculé que, para entonces, la persecución le llevaría unas tres o cuatro cuadras de ventaja.
Seguí caminando, rápidamente, por Esteban Merlo. Crucé Hornos, Caseros,  Sarmiento y 3 de Febrero hasta llegar a San Martín. Luego de cruzar la avenida me sentí un poco más seguro. Entonces me percaté de la tensión: en los hombros, en el cuello, en las pantorrillas, en el cerebro. Intenté relajarme. Me dije que ése era el alocado modo en que uno termina metiéndose en problemas. Graves problemas. Uno puede morir porque sí, simplemente por salir a caminar en la calle.
Seguí pateando por Merlo hasta Mitre, doblé a la derecha hasta Alvear, por Alvear caminé hasta el Boulevard Lincoln, doblé a la derecha hasta llegar al puente de Beiró, lo crucé y, costeando la colectora de General Paz, me fui a pata hasta Liniers, para, ya en el barrio boliviano, comprar hojas de Sem, tomates secos y algunos pescados frescos.

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