Palimpsesto

Rebeca se despertó bruscamente en medio de la noche con la angustia atenazándole la garganta. En la pesadilla había aparecido su hija Clara, muerta unos meses atrás. El accidente de la niña, sucedido el día anterior a su cuarto cumpleaños, la había dejado destrozada, y creyendo que la soledad de la costa la curaría algo del terrible dolor, alquiló su departamento en la ciudad y se mudó a la casa del mar. Pero sufría terribles pesadillas, penosos sueños que le minaban la voluntad de seguir viviendo. Siempre era igual: se despertaba al alba, ahogada por el llanto, su cuerpo bañado en sudor y un vacío creciente y oscurísimo naciéndole desde el útero con garras de hierro. Se incorporó, se secó las lágrimas con la manga del camisón y se quedó viendo a través del ventanal el devenir del océano bajo la luna. Cien metros más allá, en la línea de rompiente, revoloteaban algunas gaviotas. Le pareció muy extraño… las aves solían aparecer cuando asomaba el sol y permanecían allí hasta el ocaso, pero nunca salían de noche. Las escuchaba chillar por encima del rumor sordo de las olas y se preguntó si también se alimentaban en la oscuridad. Observó entonces que uno de los bichos rompió filas y, caminando lentamente, se fue acercando hacia la casa. Un bicho grande, albino, blanquísimo como un espectro.Los últimos treinta metros revoloteó a ras del suelo hasta detenerse justo frente a su cara. Las dos se quedaron viendo: Rebeca, recostada en la cama, y la gaviota, fuera, justo detrás del ventanal. Un minuto, dos. Rebeca sonrió… “Clarita amaba las gaviotas”, pensó.
Entonces el bicho avanzó unos pocos centímetros y, utilizando su cabeza como un martillo, empezó a golpear el vidrio:
“pum, pum, pum”
 Y otra vez, más fuerte:
“¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!”
Una sorda alarma recorrió la espalda de la mujer mientras el pájaro martillaba sin parar y cada vez con más violencia:
“ ¡PUM!, ¡PUM!, ¡PUM!, ¡PUM!, ¡¡PUUM!!”
El pequeño cráneo del animal se partió con un fuertísimo  “¡CRAC!”, la sangre estalló contra el vidrio y el pájaro se derrumbó, muerto.
Entonces Rebeca despertó de veras.
Afuera amanecía.

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