“La predestinación al laberinto”

Nunca, como hoy, la certeza en las palabras de Friedrich Nietzsche.
Está claro que: “no es del más rápido la carrera” (Zenón) y “la dicha de un momento es la ruina del siguiente” (Kierkegaard); sin embargo la zozobra, o ésta que hoy me atrapa, tan cercana al absoluto, disipa toda pulsión… tanto de defensa como de olvido.
Tal vez tenga razón Zarathustra, tal vez ser bueno implique debilidad –en este momento no me siento ni bueno ni débil: me siento una pequeña e insignificante basura de ojo orbitando azarosos eones siderales-, y el fin último sea, no la bondad, sino la fortaleza. Y ser fuerte no implicaría un movimiento a favor o en contra –del amor, de la familia, de la mirada ajena, de la moralina, de Dios, del diablo, del sexo, de lo-que-sea-, sino, perfectamente, ignorar. Sin pasión (Kurtz dixit), sin miedos, sin odio ni culpas: simplemente ignorar(los).
La vida es un laberinto: nunca se sabe lo que la mañana traerá, y no hay reglas aplicables a todo y cualquier momento. Uno pasa por este mundo y un día cae en la cuenta que camina sobre arenas movedizas… y observa que los demás, los otros, saben. Los otros, esos infiernos. Bajo sus pies, tierra firme, seguridad y certeza. De ahí la invasión de consejos –no pedidos- de grandes, o más bien diminutos, bienhechores parlantes.
Pasa, todo pasa. Y queda, siempre, el laberinto.
Si es verdad –y acá descreo del loco alemán- que Dios nos guía, entonces Dios es el laberinto.
No sé que traerá la mañana de mañana, ni sé que es esta broma macabra. Pero este laberinto -en el que hoy perdido me resisto- me enseña que, para sufrir a manos llenas y hasta las lágrimas, me basta la broma y la mañana de hoy, el tiempo del reloj.
No sé cuál es la regla, ni su antítesis si la hubiera.
Es sólo El Laberinto.

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