Último reporte desde lo alto

Ruido… mierda. Siempre hay ruido.
Me despierto en la mañana creyendo estar allá. Me levanto, corro las cortinas y miro por la ventana: las montañas rojas, el cielo amarillo, las arenas infinitas.
Entonces escucho los tubos. El ruido del incesante aire atravesando los filtros, entrando, saliendo, recorriendo las cañerías, reciclando su mínima y vital humedad.
Como un ritual diario, camino hasta el “Hangar de las Arvejas” para observar los nuevos brotes. Pequeños y débiles los menos; los más, calcinados por el sol salvaje.
Luego me obligo a no pensar; me lavo los dientes, la cara, me visto, me preparo un café, como una galleta. Enciendo la máquina y pretendo una rutina que, ya lo sé, después no cumpliré. Dispongo de la mayor información con que hombre alguno haya soñado nunca: música, películas, diarios, libros, revistas… incontables gugolpes de abúlicos bits de información.
La apatía primero llegó con la música. El fastidio por el cine, después. Ni Bach ni Tarkovski, ni Mozart ni Kubrick pudieron remediarlo. Ya no leo: las palabras tienen el sabor del tedio. Ya no me informo: las noticias me llenan de envidia.
Cuando llegué fue distinto… romántico, podría decir. Presumido en mi propia película, el espejismo se mantuvo por algunos meses. De día, los desiertos exteriores me inflamaron de heroísmo. De noche, lagrimeé con las innumerables estrellas. Luego la épica mudó en confusión, la confusión en miedo, el miedo en terror. Al final todo se derrumbó y dejó una total indiferencia.
Recuerdo que en camino soñaba con las cumbres despojadas, con el yermo herrumbrado, con la violenta tormenta aproximándose a la velocidad del rayo. Ahora sólo deseo masturbarme. En mi afán logré marcar patéticos –y fatigados- records. El onanismo me ayuda a conciliar el sueño. A veces, también el llanto.
Sé que ellos me vigilan, pero acá no hay espacio sin custodia. No me importa. Empecé con monogamia heterosexual. Luego, orgías. Combinando los géneros pornográficos me fui habituando a toda promiscuidad fílmica. Unos meses más tarde ya me daba lo mismo un travesti que un enano, un niño pequeño que un viejo lisiado. Ése es mi logro. Últimamente sólo me excita la sangre derramada, y más aún si es verdadera –y aunque nunca sabré si lo es, me dejo convencer-. También me entusiasman bastante las películas con animales: caballos, chanchos, anguilas.
El sistema vital se cuida a sí mismo aunque de tanto en tanto chilla alguna alarma. Por lo general basta con oprimir un botón. No sé qué haría en caso de una verdadera emergencia, ni me interesa: morir, a fin de cuentas, es el único modo de escapar de este lugar.
Una desesperación recurrente me atormenta: la necesidad de sentir una brisa entre las piernas, un olor que no sea el del plástico y el del metal, la caricia directa del sol en la cara… pero eso es imposible: significa morir.
Al principio recibía video-llamadas y extensos mensajes diarios escritos por familiares y amigos. Paulatinamente eso se fue deteniendo. Hoy todos, exceptuando a mi madre, se olvidaron de mí.
Están ellos, claro (¿cuántos son… diez, treinta, cien?), observándome tras las lentes de video, día tras día, mes tras mes, año tras año. Datos. Ellos acumulan datos.
En el futuro próximo me verán partir, ya lo he decidido. Los ojos de pez exteriores registrarán mi cuerpo desnudo caminando bajo el implacable sol ecuatorial. Respiraré la arena roja, respiraré el óxido de hierro y la fantasmagórica brisa.
Tal vez escape en medio de la noche.
Ahora mismo observo en la efemérides marciana que en diez días brillarán, cerca del cenit, Fobos y Deimos.
Está decidido: abriré la escotilla y saldré, desnudo, al mundo exterior.
Está decidido: moriré y seré, por fin, libre.

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