Una susurrante mujer muerta

Estuve por ahí toda la mañana. Lejos, bastante lejos.
Niebla y ecos, todo alrededor. Árboles desnudos, cencerros en la lejanía… una nada helada, detenida y latente.
En un recodo del camino, una mujer. Ella me mira desde su mundo de encierro, detrás de las hojas dobles, detrás de toda luz y de toda dicha.
Está muerta, pero me observa. Está muerta, pero abre una boca desdentada y, en un susurro, dice:
-No te sientas mal, mi querida… lo que digo es garantía: yo te voy a seguir cogiendo así como te cogí hoy; te voy a coger hasta que te mees encima. Duro, muy duro… hasta que pierdas el control de los esfínteres, se te vacíen las tripas y te cagues entera en un chorro. Te voy a amasar las tetas hasta que te salte toda la leche rancia que tenés ahí encerrada-…
Me quedé helado de miedo. Y de asco. Luego recobré el control, y enérgicamente le respondí:
-Pero… ¡si soy un hombre!-
La mujer muerta abrió los ojos como ascuas y sonrió con vergüenza… después eructó cortito y fue desapareciendo… mientras se volvía como una niebla me invadió un fuertísimo olor a podrido. Y retumbaron varios pedos en la lejanía, con todo el eco de ese túnel en donde la mujer se perdía.
Entonces desperté.

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