La triste y desgraciada historia del loco de Caseros

Era inofensivo, pero le gustaba verle el culo a las nenitas, y como estaba loco, las miraba con un grosero descaro desprovisto de un mínimo de disimulo.
Practicaba un itinerario habitual: salía de su casa, caminaba hasta la estación de servicio de Olavarría y Mitre, se servía un café, cruzaba la avenida y tomaba el 123 rumbo al centro de Caseros. A veces bajaba en Urquiza y Andrés Ferreira; otras, en Urquiza y San Martín. Y entonces peregrinaba, buscando entre las pibas el voluptuoso alimento de sus ojos. Al hacerlo solía variar asombrosamente el ritmo de sus pasos: llevaba en los pies un tempo constante durante diez o quince metros y entonces, inesperadamente, aceleraba el paso y corría cuatro metros. Luego frenaba, se reía con una mueca convulsiva agitando un brazo o los dos, y continuaba con el caminante ritmo primitivo. Si pasaba una nenita de trece o catorce años en minifalda, se detenía en seco, y la observaba con exacerbada lujuria. A veces hasta les decía cosas:
-Putita, te voy a escupir en el fondo del culito…
¡puta!, ¡ahh!, ¡putitaa!-
Más de una vez algún padre, al escucharlo, le metía una piña en la cara, pero entonces el loco lloraba y gritaba, se humillaba derrumbado y, de rodillas, imploraba moqueando el perdón. Y como obviamente estaba loco, la cosa quedaba ahí… nadie le pega a un loco. Luego se incorporaba y, como si nada,
continuaba caminando hasta cruzar el túnel de avenida San Martín, tomaba el colectivo de regreso en la parada de Bonifacini, bajaba en Mitre y Olavarría, pasaba por otro café, y se iba a su casa. Invariablemente, una hora más tarde salía para recomenzar con todo el itinerario otra vez.
Los colectiveros ya lo conocían, especialmente porque subía sin la credencial de discapacidad y exigía el boleto. Y si no se lo imprimían se enojaba: hablaba de denuncias, de seguros de vida, de estafa. Algunos choferes se reían del loco, pero otros no lo podían ver. Por eso, cuando el loco esperaba el bondi de pié, solo en la parada, muchos pasaban de largo, como si el tipo no existiera. Entonces se enojaba de verdad… pateaba violentamente el piso con los dos pies y maldecía y blasfemaba a los gritos contra el chofer y contra su madre y contra sus hermanos y contra todos sus antepasados mientras agitaba el puño amenazante detrás del coche en retirada. Y luego cruzaba nuevamente a la estación de servicio murmurando por lo bajo, se servía otro café, y volvía a esperar en la parada el próximo servicio.
Y así día tras día.
Entonces sucedió que desapareció una pibita del barrio, de doce años. La nena había salido de su casa, en Rosas y Cafferata, para encontrarse con una amiguita en el centro de Caseros, y nunca regresó.
El barrio se movilizó. Se pegaron fotos de la nena en las vidrieras, en los automóviles, en los supermercados y en los postes. Y en los colectivos.
Un par de días después de la desaparición el loco subió al 123 y vio la foto de la pibita, y le dijo al chofer:
-A esta pendeja seguro le rompieron el culo a pijazos y la cagaron matando… ¡si tenía un culito hermoso, rosadito, fresco!- y se rió en medio de un temblor convulsivo, mostrando todos los dientes y agitando las manitos.
El chofer hizo sus rondas y cuando terminó, ya de noche, se fue para la comisaría: ahí tenía amigos y, aparte, el loco ya lo tenía repodrido. Era su oportunidad: contó todo, inventó más y hasta se permitió exagerarlo.
Al otro día la patrulla interceptó al loco en la esquina de Urquiza y Moreno, y lo obligaron a subir. La poli dobló en Moreno, llegó hasta Olavarría y, girando a la izquierda, fueron derechito hasta el taller en donde arreglaban los móviles, a dos cuadras de la Gardel.
Lo hicieron bajar del auto y lo cagaron a trompadas. Luego lo picanearon en los dientes y le reventaron un huevo a patadas. Tanto le pegaron con el bastón que el loco se cagó y se meó encima, del susto. Cuando terminaron el tipo estaba en coma, entonces lo cargaron en el baúl y lo tiraron en un descampado entre Tesei y William Morris.
La piba desaparecida volvió a la casa al otro día y confesó haber escapado por el susto: estaba embarazada de un vecino compañerito de escuela.
El loco, increiblemente, sobrevivió.
Pero ya no sale.

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