El coro de los locos

El director abrió el libro de partituras en la página diez.
-Sigamos con el Gloria, dijo, -es la parte más difícil de la misa; a ver…¡sopranos!
Se hizo un silencio y a los tres segundos un tenor dijo:
No hay sopranos.
-¿No?
-No… pero está Carlitos, que hace un buen falsete.
-No, no, contestó el director -sigamos con las contraltos.
-Estoy yo sola, dijo Candela, -y… ¡afónica!
-¿Muy afónica?
-Muy- entonces entonó algunas palabras que resonaron en el aula como un graznido de ganso.
-Bueno, a ver entonces los bajos.
Había seis bajos. Uno era mediocre; los otros cinco eran formidables. El director arrancó tocando la melodía grave en el piano y a los dos compases se detuvo: los cinco bajos corearon, a primera vista, una carilla y media casi sin errores:
-Glória, Glória, in excélsis Deo, Glória, Glória, et in terra pax homínibus bonae voluntátis-
-Muy bieen!, ¿Que pasa con el resto, que no estudian?
-Tenemos muchos exámenes, profe, y nos obligan a asistir a todas las ponencias del director de la carrera, bajo pena de tortura psicológica!
-¿Ponencias?… ¿son muchas?… ¿de que se tratan?
-La del martes pasado fue de “melodía azteca”.
-Bueno, si tienen que ir entonces vayan… ¡sigamos con los tenores!
Los tenores eran ocho. Seis de ellos odiaban cantar, miraban las pantallas de sus celulares con fruición masturbatoria. Los otros dos, ojerosos, levantaron la mano:
-¿Que pasa Jorge?- preguntó el director
-¿Que divisi canto?- preguntó Jorge
¿Vos que divisi cantás, Raúl?- le preguntó el director a Raúl
-El que no canta Jorge- contestó Raúl
-Bueno- dijo el director mirando a Jorge -vos entonces cantá el otro.
-Bueno, profe.
El director marcó los cuatro tiempos y entraron los tenores. Jorge y Raúl arrancaron cantando el mismo divisi. A los cuatro compases las voces se fueron descalabrando y la intensidad descendió hasta ser un murmullo sin tonalidad ni tiempo aparente.
-¿Que pasa, tenores?
-¿Podemos repasar la voz?
-¿Otra vez?
-¿Cuando la aprendieron?- preguntó Marcelo, que hacía un mes y medio no concurría a los ensayos.
-Las vimos varias veces en los últimos dos meses- contestó el director
-Yo no vine- dijo Marcelo
Entonces se abrió la puerta y entró Analía.
-¡Una soprano!, ¡bieen!- exclamó el director con alegría
-No, profe- dijo Analía -venía para decirle que me voy porque se me va el tren-
-Pero… ¡son las seis y media de la tarde!
-Sale a las siete
-¿El último?
-No, el de las siete
-Ah, bueno, que lástima… ¿mañana venís?
-No, los viernes no curso…
-Bueno, chau, buen viaje.
-Gracias, profe, hasta el lunes- dijo Analía, y se fue.
-¡Bueno, bueno!, ¡atención, coreutas!: el lunes de la semana próxima tenemos que cantar el Gloria en el concurso de coreutas extraordinarios del teatro del hospital Borda ¡juntemos bajos y tenores!
Contó cuatro, entraron los bajos con precisión, arrastrando a los tenores como una pesada carretilla sonora, pero a los seis compases ya estaban solos. Un tenor se paró y salió corriendo hacia la puerta:
-¡Tengo que ir al baño!
Salió y no regresó.
-Repasemos las voces de los tenores, uno por uno- dijo el director
-¡Eh! ¿porqué uno por uno?
-Quiero ver quién estudió y quién no
Raúl y Jorge se pararon:
-Profesor, nos tenemos que ir a acomodar las sillas del salón de actos porque hay un refrigerio para despedir al rector anterior.
-¿Y justo ustedes se van?
-Nos pidió Aníbal, el director… hoy también dice una ponencia
-¿Hoy también?, ¿y sobre que trata?
-Bullying y tritonos en el medioevo.
Se fueron. Quedaron los bajos, la contralto afónica y los peores cinco tenores. El profesor los miró detenidamente uno por uno y les dijo:
-El lunes los espero, ¡a todos!; por favor, avísenle a Margarita que venga porque no hay sopranos. Vos, Candela, cuidáte la voz…
-El domingo mi novio sacó entradas para el River-Boca
-¿Y vas a ir?
-¡Quinientos mangos cada entrada! ¿como no voy a ir?
El profesor suspiró, un profundo y desolado suspiro, luego, con voz de ultratumba, terminó:
-Bueno, nos juntamos el lunes a las seis de la tarde en la puerta del hospital Borda; vienen los chicos de tercero y cuarto año para apoyar… ¡estudien!
Pasó el fin de semana. Los bajos no estudiaron porque ya sabían toda su parte. Los demás no estudiaron porque no tenían ganas, o porque se entretuvieron con facebook, o con sus novios, o con sus celulares, o con sus novias, o con sus tablets, o porque fueron al cine, o al autódromo, o a la cancha. Llegó el lunes y a las seis estaban todos en la puerta del Borda. Entraron al salón: había más de trescientas personas esperando para escuchar el evento. El director quiso hacer un repaso de las voces, pero sólo había un piano y estaba en el escenario.
Subieron a cantar pasadas las ocho de la noche. Los de tercero y cuarto ni siquiera traían las partituras. El director dio el tono a las cuatro voces, marcó los cuatro tiempos del Gloria de Mozart y arrancaron. Los primeros seis compases estuvieron bien, pero luego los tenores se confundieron en los divisis y los demás tenores calaron; la soprano se olvidó su línea y Carlitos continuó con el falsete, pero entonces carraspeó y le entró un acceso de tos profundo e incontrolable; las contraltos calaron más de tono y medio y los bajos siguieron adelante sin esperar ni socorrer a nadie. Diez minutos más tarde terminaron: todos, absolutamente, a destiempo y fuera de tono.
Se hizo un terrible silencio en la sala. Uno, dos, tres segundos. Entonces, estallaron: los vítores y los aplausos, de pie, entre hurras y emocionados gritos de euforia, el paroxismo del público durante todo un larguísimo minuto.
Más tarde el jurado los declaró ganadores absolutos del concurso, por unanimidad.
El director pasó a recibir el premio, y dijo:
-Gracias, muchas gracias, a todos ustedes, señores del jurado, a ustedes, directivos del hospicio, y, muy especialmente, a mis excepcionales coreutas. Hoy un sueño se concreta y se hace realidad: toda mi vida, como director de coros, soñé con, algún día, ganar un premio tan importante como éste interpretando la música del siempre por mí admirado, y genial, Gÿorgy Ligeti.

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