Las locas retrasadas

Carla se decidió, entonces se metió en el baño, se depiló, se dio una ducha, se maquilló, salió del baño, se calzó una minifalda, unos tacones, una remerita ajustada, y salió caminando por Lacroze hacia el bar “Las Locas”, en Córdoba y Anchorena.
Hacía calor, pero aún no agobiaba. La luna de domingo asomaba plateada perdiendo redondez por arriba de las azoteas, y la calle era un circuito ininterrumpido de colores y de formas que iban y venían con extraña complacencia eléctrica.
Antes de llegar pasó por el kiosco de Joaquín, compró fasos, compró hierba y también dos cajas de forros de tres, por las dudas.
Caminó un par de cuadras más y llegó a la puerta del bar: ahí estaba “Niki”, perpetuamente trepada a sus plataformas rosas infinitas; también estaba “Mary”, voluptuosa, pasando fácilmente los ciento veinte kilos, y, sin embargo, con unas deliciosas curvas femeninas de instrumento musical. “Ronnie”, eternamente colocado, las acompañaba con su cuarentona cara de barbita candado, su bocha pelada, su piel inmaculada, sus pantalones rojos de cuero y sus sandalias amarillas salpicadas de strass multicolor.
Ronnie la vio primero y entonces dijo:
-Miren quién apareció.
Se dieron vuelta. En sus caras revocadas se dibujó una sonrisa color púrpura.
-Hola, puta- le dijo Ronnie.
-Hola, puto- devolvió Carla, y agregó -¿que hacen?
-Esperando- rió Ronnie, mostrándose feliz -esperando a que el putazo de Dios se apiade por fin de nosotras y nos haga llover una gran lluvia de pijas.
-Mmm, no se si quiero algo de ese dios y de esa lluvia- replicó Carla.
-La última vez que llovió largo y tupido- agregó Nikki -reventó a casi todo el puto planeta.
-Y los sobrevivientes se encerraron con las bestias- aportó Mary -una gran y extensa orgía animal que duró tres o cuatro años, hasta que soltaron la paloma y nunca más volvió, la pobre… ¡como la deben haber dejado!
Rieron. Carla sacó un porro de la cartera y lo encendió, asegurando ser una de las tantas descendientes de esa orgiástica barca bíblica; Nikki hablaba y contestaba y al mismo tiempo se delineaba el rimmel viéndose en un diminuto espejito de mano, y se peinaba, y se volvía a mirar en el espejito; Mary, constantemente, se bajaba la falda del vestido que la enfundaba como un rosado embutido impúdico, y Ronnie, todo sonrisas, insistía con la providencial lluvia de miembros. Fumaron. Rieron. Hacía meses que no se juntaban las cuatro, y la hipnótica música del interior llegaba hasta la vereda y las envolvía en un hermoso presente detenido en el ancestral ostinato tribal.
-¿Donde andabas?, hace rato que no te vemos- le preguntó Mary.
-Por ahí, tratando de escaparle a la locura.
-Yo al revés, tratando de morirme de una vez, estoy tan hastiada de este puto mundo de mierda que ya no me salva nada, ni ese dios del que habla Ronnie.
-Ese dios es ciego- dijo Ronnie.
-Y mudo- agregó Nikki.
-Tal vez no le gustan las locas- opinó Carla.
-Es impotente- rió Ronnie -sin remedio, y de tan impotente se volvió un pajero, un mono militar reprimido disfrazado de Papa romano- y Ronnie se puso a imitar al mono papal, muy serio, y le sacó la capelina a Mary y se la calzó en la pelada y caminaba como un primate con cara de nazi confundido, y las hacía descostillar de la risa.
Esperaron en la puerta, viendo como se armaba la noche. Los coches pasaban y les tocaban bocina, la brisa era suave y la ciudad respiraba locura; los tipos llegaban y las minas también, y mientras ellas las miraban con envidia, ellos les decían, por lo bajo, palabras muy soeces llenas de deseo. El bar, atestado, era la antesala del perfecto olvido que, más tarde, sería presente.
Entraron, por fin, a la una de la mañana. Buscaron una mesa en el vip y al rato Ronnie apareció con cuatro vasos y una gran jarra de absenta. Estaba de moda la absenta, estaba de moda todo lo que apagara la conciencia, aunque sólo fuese por un rato. Tomaron y, desde lo alto, observaron las miradas de los de abajo, miradas llenas de deseo, de desesperación, de calentura, de represión, de violencia. El bajo, punch-punch-punch-punch, les vibraba en el vientre con el apetito imparable de mil demonios enloquecidos, y entonces fueron vaciando los vasos, y Ronnie fue a buscar otra jarra, y la vaciaron, y aparecieron unas pastillas de colores, y más porros, y a todo dijeron que sí, porque lo peor que les podía pasar era irse a la mierda y morirse, y nada más.
A las dos horas salieron a la calle y se fueron para el swinger de Anchorena. Caminaron al son del clap-clap de sus tacones de plástico martillando sobre el cemento, y a las tres cuadras pasaron por la puerta del departamento de “Pili”. Entonces Ronnie se detuvo y se quedó viendo la escalerita que subía con tres míseros escalones hasta el lobby chiquito, vacío y solitario, el lobby doloroso de planta triste un lunes por la madrugada.
-Cuanto la extraño- dijo Ronnie, -y la sueño, muy seguido… la sueño bailando en pelotas por la costanera mientras sale el sol, o en el mar con las tetas al aire, escandalizando a las viejas y calentando a los pendejos; y estoy enojado, también, recaliente porque la muy hija de puta nos dejó, nos dejó sin siquiera una nota, una explicación, ni un chau, ni un ¡muéranse!… siempre que paso por acá me duelen las tripas del dolor y de la rabia, y la odio, y la extraño también, y me quiero matar- y se largó a llorar.
-Ya- le dijo Carla, mientras le acariciaba la pelada, -no podemos hacer nada con toda esta mierda, Ronnie; no podemos dejar de llorar porque no tiene sentido parar, y tampoco voy a llorar otra vez por ella, porque tampoco lo tiene… estamos en pelotas, querido, todas estamos en pelotas y más solas y emputecidas que el aire, ese aire que es de todos y que todos respiran y que se mete en todos los cuerpos, hasta las tripas, y que luego sale y se escapa todo viciado, y sin embargo nunca es de nadie, nunca.
-Estamos retrasadas, moqueó Ronnie -somos las locas retrasadas: todas se fueron, desaparecieron como por arte de magia y nosotras todavía acá, arrastrando nuestros cuerpos deformes… ciudad de mierda, nunca pensé que morirse fuera tan difícil.
-Lo difícil no es morirse, Ronnie, lo difícil es mantenerse vivo.
Siguieron hasta el antro y en la puerta Ronnie se encontró con dos tipos que lo buscaban para hacer algo. Los tipos eran muy peludos y estaban todos tatuados y tenían músculos como mazas, y bigotes muy abundantes y miradas de vidrio. Hablaron como diez minutos, entonces  Ronnie se dio vuelta, las miró y les dijo un -¡chau!-, agitando la manito. Y se subió a la camioneta con los tipos y se fue.
Las tres se quedaron ahí, en pausa. Fumaron unos puchos en silencio y entonces Nikki dijo:
-Que se vaya a la puta madre que lo parió, llorón de mierda; al final se fue con dos pijas y nos dejó de garpe.
-Me da lástima Ronnie, parece un niño.
-Es un puto de mierda.
-¿Y nosotras?, ¿que?…
Se acercaron a la puerta, saludaron a los patos y entraron derecho, porque ellas no pagaban, nunca, eran tres sobrevivientes, las últimas locas, las últimas reinas de aquella época en donde serlo era peligroso y arriesgado. Y lo seguía siendo, siempre aparecían locas masacradas a golpes porque sí, por odio y por asco, pero antes era mucho peor. Ahora todo el mundo estaba loco y todo el mundo estaba descarriado, todo el mundo andaba drogado, pelado, tatuado, excedido en todo, en trance de autodiseño; todo el mundo era bisexual, trisexual, polisexual; todos se metían cosas por el culo y compartían a sus hembras en fiestas infinitas, todos reían mostrando sus prótesis de plástico y andaban convertidos en míseras obras de arte posmodernas vaciadas de furia y de pasión.
Adentro reinaba el trance, y la orgía ya era apoteósica. Y las tres se fueron deslizando hacia ella con la lenta suavidad de un narcótico, de un potente narcótico que va ganando el torrente sanguíneo hasta apagar la mente entre los cuerpos, el juicio entre la carne, la emoción entre los miembros, hasta apagar la luz del sol, el frío de la desesperación, la locura de la luna y la exasperante infinitud de las estrellas.

Carla se despertó sobresaltada con el grito del teléfono, muy pasado el mediodía del lunes. Era Nikki, ahogada por el llanto:
-Está muerto, Carla, Ronnie está muerto. Lo encontraron tirado en la costanera, reventado como un sapo. Lo molieron a palos, lo cortaron con cuchillos, lo quemaron con cigarros, lo violaron más de veinte veces… los hijos de puta lo mataron como a un perro, peor, como a un bicho, lo asesinaron como a una mísera cucaracha…
Carla colgó, y se quedó sentada en silencio… luego levantó la mirada y se vio en el espejo: aún llevaba la minifalda y la remera. Se desnudó, se metió en el baño, tomó una ducha helada y entonces cayó en la cuenta que Ronnie, la loca retrasada, ya no lo era: estaría hinchándole las pelotas a la puta de Pili, donde sea que estuvieran, si es que estaban por ahí, arriba o abajo o donde sea, porque no se sabe nada, porque las certezas son para los que se contentan con la irrealidad de un piso firme, de un sexo definido, de una explicación que nada explica, de un amor cierto y de un dios cierto y de una vida cierta.
Carla salió del baño, se calzó un pantalón de jean, una remera y un par de ojotas, y se fue caminando por Lacroze rumbo al cementerio bajo el sol de la tarde, viendo todo extasiada, todo alrededor; viendo las sombras de todos los fantasmas que había conocido reflejados en cada vidriera, en cada colectivo, en cada oscuro rincón.

Comentarios

Las locas retrasadas — 3 comentarios

  1. pues es la vida triste y alegre de muchas kujeres que deciden vivir asi…mi mejor amiga universidad se fue ha esta vida dolida x un desengaño..y no volvi a saber de ella…buenisimo tu relato…me llevo a esa vida exitante para muchos…

  2. Gracias Iris, hay gente que arde, como velas romanas, y se extingue rápidamente… esas personas me despiertan mucha curiosa admiración, aunque yo mismo suelo protegerme más…