Una mañana sin escuela

Pedro se despertó a las seis y media. Se bañó, se lavó los dientes, se puso el uniforme de la escuela y bajó a desayunar. Abajo estaba su mamá y su papá, que leía el diario ensimismado. Sobre la mesa lo esperaba un café con leche con medialunas, y debajo de la mesa lo esperaba Granby, el labrador cachorro, atento a las migajas que caían. Pedro se comió una factura, le dio la mitad de otra a Granby, vació la taza, y se quedó viendo las ramas del olmo que se agitaban detrás de la ventana con el frío ventarrón del otoño. Tenía sueño. Tenía frío. No quería ir a la escuela.
-Pedro, le dijo su mamá, -en diez minutos tenés que estar en la parada del colectivo, movete.
-Mamá… no quiero ir hoy a la escuela.
-¿No?, ni yo a lavar la ropa ni tu papá a trabajar.
-Yo sí quiero ir a trabajar, dijo el padre.
-Pero mamá… tengo buenas notas en todo y este año todavía no falté nunca.
-No, no vas a faltar porque si.
-¿Porqué?
-Porque yo lo digo.
-Pero… ¿porque?
-Porque soy tu mamá y me tenés que obedecer.
Pedro se la quedó viendo, sin entender. Tanto su madre como su padre solían evadirse regularmente de sus obligaciones… “darse un respiro”, lo llamaban. Entonces mamá, por un día, ni lavaba la ropa, ni fregaba los pisos, ni preparaba el desayuno, ni la cena. Y papá daba parte de enfermo y faltaba al trabajo. Y pedían comida por teléfono y miraban la televisión.
-Necesito “darme un respiro”, ¡mamá!
-Los chicos no necesitan eso, Pedro, necesitan ir a la escuela y obedecer.
-Pero…
-¡Pero nada! gritó la madre mientras golpeaba la mesa con el puño. Papá levantó la mirada del diario y Granby corrió para la cucha con la cola entre las piernas.
Pedro entonces se levantó, agarró la mochila y se fue a tomar el colectivo.
Llegó el 53, subió y pagó un boleto hasta la terminal. Se sentó cerca del fondo, abrió la mochila, sacó “Crónicas Marcianas”, de Bradbury, y se metió en la historia a tal punto que ni siquiera se dio cuenta cuando paso por la puerta de la escuela. Una hora y media más tarde bajó en La Boca, caminó hasta la Vuelta de Rocha, se sentó en un banco de madera y siguió leyendo… El señor y la señora K, el hombre del cohete, el zumbido de las abejas, la canción… todo era distinto a su vida, pero era lo mismo, el mismo tedio, la misma desesperación; la violencia que todo lo resuelve -o no-, el amor que se concreta -o no-, la distancia entre los amantes, esa irreconciliable distancia que el veía como una oscuridad que se movía y respiraba y maldecía entre su mamá y su papá, la amarga insatisfacción.
Levantó la mirada hacia el puente Avellaneda. Autos yendo y viniendo, cargados de gentes invisibles desde esa distancia, echando humo, circulando como fantasmas rodados, fantasmas multicolor con veloces ruedas de caucho y acero.
¡Espérenme! -les gritó- no me dejen en este mundo terrible!, ¡quiero irme!, ¡va a haber una guerra atómica!, ¡no me dejen en la Tierra!
Una hora más tarde Pedro cerró el libro y lo guardó. Se levantó del banco y caminó. Se metió por una callecita que empezaba asfaltada en la ribera del riachuelo, y que a las dos cuadras se volvía de tierra, antigua y precolombina. Los ranchos asomaban a la calle con sus parras llenas de sarmientos y sus tapiales de colores rosados que parecían albergar la débil luz del sol. Un sabor salado y un olor a tostadas inundaba el aire. Pedro caminó entre varios perros que lo rodeaban moviendo sus colas, caminó viendo todo alrededor, pensando en sus compañeros que en ese momento estarían padeciendo la desagradable clase de matemáticas, padeciendo el desagradable y autoritario timbre de voz de la profesora Bianchi. Entonces pensó:
-estoy en la Boca-… luego: -esto es el planeta Tierra-… y: -tengo dieciséis años-… entonces: -estoy en al año 2014-… experimentó un vértigo extraño con la cifra y siguió caminando hasta llegar a una pequeña plaza. Eran casi las diez de la mañana y la lluvia ya había parado. El sol, entre nubes, brillaba atravesando las ramas de los pinos y eucaliptos. En la esquina un canillita repartía diarios en su bicicleta, y el puestero escuchaba las noticias con la radio en amplitud modulada. Y silencio, todo alrededor. Pedro sintió que el silencio, el verdadero silencio, estaba construído con los sonidos de esa plaza, de esa radio lejana, de la brisa otoñal y del frío, de esa bicicleta oxidada que chillaba en cada pedaleada. Se sentó en un banco, sacó nuevamente el libro y continuó con la lectura… -¿adonde vas?, -¿que?, -he dicho que adónde piensas que vas-, -a beber un trago de agua-, -pero no tienes sed-, -sí, si, tengo sed, -no, no tienes-… era lo mismo que mamá, siempre la amenaza, siempre metiéndose dentro de su cabeza y dentro de sus deseos, controlando, pesando cada pensamiento para determinar su justo valor. El capitán John Black al final tuvo tuvo suerte con su hermano marciano: le regaló la muerte. Pero él, Pedro, todavía tenía que regresar a casa a ver a su mamá y a su papá y Granby y a sus insatisfechas vidas mecánicas.
Y ninguna banda de música tocaría sus acordes ese día.
Alguien lo saludó. Pedro levantó la mirada del libro y vio al otro, joven como él, descalzo a pesar del frío, comiendo una galleta marinera muy seca y muy redonda.
-Hola- le dijo
-Hola-, respondió Pedro, pero enseguida sintió que el otro no lo había entendido.
-¿Me saludaste?- dijeron los dos al mismo tiempo.
-¿Que dijiste?
Se miraron, extrañados.
-¿Quien sos?- preguntó Pedro.
-¿Que estás haciendo acá?- le preguntó el otro.
-¿Donde vivís?- preguntaron los dos al mismo tiempo.
-Yo soy Pedro Adler
-Yo soy Matías Sosa
No entendían las palabras, pero hablaban sus nombres y se señalaban, riendo. Matías entonces se acercó, clavó una mirada en los ojos de Pedro, y éste entonces sintió que algo, por dentro, cedía.
-¿Que hiciste?- preguntó Pedro
-No es nada, ahora te entiendo- dijo el otro, mientras masticaba la galleta y se sentaba a su lado. Se hizo un incómodo silencio y entonces Pedro preguntó:
-¿Es rica?
-¿La galleta?, ¿querés probar?
-Si!
Matías le alcanzó un pedazo, pero cuando Pedro intentó atraparla se le escabulló de entre los dedos como si fuese una galleta de aire.
-¡Oh!- dijo Pedro.
-¡Oh!- dijo Matías
-Tu galleta es transparente!
-No, tu mano es transparente
-Es la luz del sol entre los pinos
-¿Que sol?… ¡si es de noche!
-Ahí está el sol, dijo Pedro señalando a la estrella
-¡Eso es la Luna!- le dijo el otro -¿es que no la ves?
-Yo veo el Sol
-Y yo veo la Luna.
Se quedaron mudos, tratando de entender la extraña situación. Entonces Matías se levantó y preguntó a Pedro:
-¿No fuiste al colegio?
-No.
-Yo tampoco.
-¿Te escapaste?
-No, mi mamá me dejó faltar, hace demasiado calor esta noche.
-Hace frío y es de día.
-Y a vos tu mamá te dejó faltar?
-No, por eso me escapé.
-¿Cuantos años tenés?
-Trece, ¿y vos?
-Igual.
El sol se ocultó detrás de unos nubarrones negros y Pedro se incorporó. Lo miró a Matías y le dijo:
-Me voy.
-¿A tu casa?
-A tomar el colectivo
-¿Que es un colectivo?
-El transporte
-No te entiendo
-Ni yo a vos, chau, un gusto conocerte.
-Chau, igualmente.
Intentaron darse las manos, pero, con horror, descubrieron que se mezclaban las carnes sin sentirse. Lo dejaron. Pedro entonces preguntó:
-¿Volveremos a encontrarnos?
-Tal vez otra noche.
-U otro día.
-Sí, un día de frío
-O una noche de calor
Rieron juntos, entonces Pedro, con un gesto, se dio media vuelta y se fue caminando entre los perros a tomar el colectivo.
Una hora y media más tarde bajó en la esquina de su casa, caminó media cuadra y entró: su madre preparaba pastas con salsa, y Granby, como siempre, esperaba que le arrojen algo.
-Hola Pedro.
-Hola mamá.
-¿como te fue?
-Muy bien.
-¿Matemáticas?
-No estuve en la clase de matemáticas.
La madre se dio vuelta y, mirandolo fijamente le preguntó:
-¿Y donde estuviste?
-No fui al colegio, seguí con el 53 hasta La Boca y estuve por ahí, leyendo, viendo y pensando.
La madre se quedó muda, viéndo a su hijo. Luego se fue dando vuelta lentamente hasta que siguió cocinando. Pedro se quedó ahí, parado y en silencio, detrás de su mamá. Entonces ella le pidió ayuda con las ollas, y Pedro se acercó, y cuando estuvo codo a codo con su madre bajó la vista y se vio reflejado en el agua clara que aún no hervía,  esa agua que reflejaba sus caras y los grises colores del otoño. Ahí estaba él, Pedro, y ahí estaba su mamá; y ellos mismos se devolvieron largas, largas miradas silenciosas desde el agua ondulada, el agua a punto de hervir.

Comentarios

Una mañana sin escuela — 2 comentarios

  1. me gusto me hizò sentir el fantasma,,,y la mam y el hijo muertos..como en su propia rutina..eso me mata..youndia leo..otro musica..otro pinto.visito..templo.empiezo cursos..etc.. de todo…odio las rutinas me extinguen..

  2. Sí, fantasmas, tiene algo de eso porque evoca a Borges -"Historia de la Eternidad"- y a Bradbury -"Crónicas Marcianas"-… y ese ensayo de Borges, llamado "Sentirse en Muerte", y esa novela de Bradbury, son, entre otros aspectos, bastante fantasmales. Gracias, amiga.