Un veinticinco el primero de año

Hacía ya tres días que buscaba faso; el 29, el 30 y el 31 de diciembre me la pasé llamando por teléfono a diversas líneas. Envié, vía facebook, mensajes a varios conocidos fumantes, pero nada. “Es una fecha jodida”, me escribió Marcelo mientras esperaba la respuesta de su propio –y esfumado- dealer. Jorge, desde el Tigre, me aseguró que “todo el faso está en la costa, olvidate”, y cuando encontré en el chat a Martínez, éste, de vacaciones en Brasil, se me burló con un -“uuu, man, que feo, acá los brazucas tienen un faso de la re puta madre, jajaj ¡que lástima!”… De la manija, llegué a rascar la pipa con un punzón hasta que ya no quedó nada por fumar. Ana había prometido averiguarme “por el dealer de una amiga que siempre tiene”, pero el primero de año a las dos de la tarde me escribió que “no, no contesta, en estas fechas está todo el mundo destrozado, durmiendo la mama de la noche anterior“. Ella me habló del kiosco de la avenida San Martín, del gordo “que le vende cualquier cosa a cualquiera”, y terminó con un “andá, simulá comprar un chocolate y preguntale si tiene churro, y chau”.
Más por desesperación que por convencimiento, salí a la calle a eso de las dos y veinte, y me fui caminando derecho por Mitre, rumbo al kiosco.
En Mitre y Constitución me crucé con el Mosca. Éste hablaba por teléfono a los gritos, dando círculos en medio de la vereda:
-¡Una hamburguesa, boluda, vamos a comer una hamburguesa y nos clavamos un par de birras!, ¿no querés venir?, no seas pelotuda, ¡te paso a buscar ahora, dejá a las pibas con tu vieja y vamos!
Algo respondió la chica por el teléfono, no paraba nunca de contestar, un largo discurso. El Mosca escuchaba y revoloteaba los ojos, y se quejaba, me miraba y me hacía un gesto para que esperara, y caminaba hasta el cordón y volvía, y puteaba, y giraba y giraba y miraba el cielo. Actuaba, el Mosca. Era, obviamente, el protagonista de su episodio.
-Andáte a la concha de tu madre, entonces- chilló al final el Mosca, y cortó. Y como si nada:
-¡Que hacés, Abel!
Nos abrazamos.
-Che!, me dijo el Mosca: uuuuaaaaaaaaAA, ¡QUIERO UN PAPELITOOO!, Abel, y bajando la voz hasta el susurro:
-merca, Abelito, quiero meeeerca, me quiero mataar.
-Y yo quiero faso, Mosca, por eso salí de casa. Estoy re manija. Nadie tiene, hace tres días que busco y nada. Me pasaron la data de un kiosco en avenida San Martín… ¿lo conocés?
-Cual kiosco?
-Llegando a Alvear
-El del gordo.
-¡Si!
-El gordo ese es medio cualquiera.
-¿Si?, ¿y vos no tenés línea, Mosca?
-Sí, pero vos querés faso, Abel, y yo noooo, ¡yo quiero mercaaa!, jajajaa, unos papelitos, papá.
-¿Entonces?
-Y, vamos del gordo, wiii, a ver que onda… ¡capaz vende pala!
Caminamos. El Mosca era insistente como una emisora de radio. Me contaba que estaba de marcha desde el 18 de diciembre, que por eso su mujer lo había echado de la casa, que ella era ocho años mayor que él, que tenía dos nenas de un matrimonio anterior, que la suegra lo odiaba e intentaba envenenarle la comida… entonces el Mosca cambiaba el tono, se me acercaba y abriendo su gran bocaza desdentada agregaba orgulloso:
Vamos a tener mellizos; está gorda la loca, una gran sapan impresionante. Al principio me re calentaba así embarazada, y le daba con todo, mal. Pero ahora es un globo, loco… entonces yo me busco un par de nenitas, eee, y ¡chau!
-Que bueno, men.
-¡Ma que bueno!, ¡se me viene la noche!… los pañales, la comida… y yo de marcha desde el 18, jajajaj, me quiero mataaar… le di a mi vieja seiscientos mangos y le dije: “guardame esto, vieja, que no me quiero tomar todo”, ¡menos mal!, mi vieja me cuida, eee, ¡che, Abel!, está el Laucha Miguel en Rosas ¡ese tiene faso, seguro!, faso y blanca, pero a esta hora no see…
-Vos tenés linea ahí, Mosca?
-Sí, todo bien, pero es temprano. Che, ¿viste que la hija de puta no quiso venir a comer una hamburguesa conmigo? ¡está cabroneada por los chupones del cuello!, jajajajaja, ¡mirá! el Mosca me mostró el cuello mordido
-la otra noche salimos y me vio los chupones… tengo un par de nenitas, si, ¡tengo que ponerla, loco!, entonces “¡vos me echaste!”, le dije, y se cabroneó más. Y ahora la invitan a comer, looco, ¡año nuevo!, te están invitando a comer, loooca… y no, que los nenes, que mi mamá, que año nuevo… ¡que se vaya al carajo!, ¡ella y su puta vieja!
Llegando a Andrés Ferreira nos cruzamos con Leo, que caminaba en sentido contrario. Leo era ancho, mucho músculo. No era muy alto, era morocho y tenía una risa virósica. Leo y el Mosca eran muy amigos.Tenían los mismos dealers, tomaban merca juntos, vivían en el mismo barrio y hasta habían participado de un mismo par de asaltos a mano armada. El Mosca, orgulloso, me mostró una cicatriz redonda en el antebrazo:
-Mirá, acá me la dieron. Una nueve… me la dieron y me fui; nunca lastimé a nadie. Estaba con éste- por Leo, –esa noche, más tarde del corchazo, hicimos la repartija y nos tomamos como quince papeles, jajajajaaaaa, ¿te acordás Leítoo?, ahhhh, como loocos ¡y yo con el agujero!
-Si, dijo Leo, te la pusieron por zarpado, querías llevarte hasta la jaula del pájaro.
-Ahh, jaja, seee, dijo el Mosca, -la loca no lo soltaba, maan, jajaj, no quería soltar nada, “¡dame!”, le decía, “¡dame el pájaro!”… ¡y no quería soltar nada!, noo, dámelo, loca, dámela toda!
-Yo me tengo que cuidar, vieja- dijo Leo, -hace meses vengo escapándole a la gorra, nooo, hace un par de semanas venía desde Alvear y me siguieron como diez cuadras, la licuadora azul girando en la nuca, iuiuiuiu, los mierdas
 atrás durante diez cuadras. Venían a cinco metros, yo caminando por la vereda, ellos por la calle, en la patrulla, pisando huevos. Después se cansaron y se fueron. Yo estaba… me quería matar: venía con medio kilo de churro y, encima, venía enfierrado. El fierro todo limado. Si me agarran, con los antecedentes y todo, me encierran ocho años. Pero no sabían nada, gatos, eeee!, se fueron.
-Es que tenes pinta de villa, Leíto, miráte- le dijo el Mosca.
-Si, mal, por los tatuajes.
-Te zafa el pelo.
-Si, zafé de la tapita.
-Che, Leo, éste quiere faso dijo de golpe el Mosca señalándome con el codo,
-y yo unos papelitos, wii, ¿conocés el quiosco de avenida San martín?
-¿Cual?, ¿el del gordo?
-Si, man
-Se lo incendiaron, ese gordo…
-¡Si!, jajaj, ¡le incendiaron el kiosco, jajaj!,¡en que andará ese gato?
-Pero ¡Mosca!, ¡vamos para lo del laucha, Mosca!, ya tiene que estar despierto, yo soy re amigo.
-¿El Laucha vende papeles?
-Sí, y faso, buena merca… yo no tomo- dijo Leo dirigiéndose a mi -porque entreno… pero un fasito me lo fumo, ni hablar.
Volvimos sobre nuestros pasos. En Mitre y Caseros cruzamos la avenida y nos fuimos hacia Merlo. Caminamos por Merlo hasta Pringles, doblamos a la izquierda hasta Caferatta y entonces nos fuimos pateando para Rosas, derecho para lo del Laucha Miguel.
Leo se sacó la remera y mostraba un tatuaje en el hombro, una calavera:
-Por ésta me cansé que me golpeara la gorra– dijo, -y por los cinco puntos… pero ahora me los tapé- mostró el dorso de la mano, -me los tapé con el águila… Miré la mano y vi una especie de mancha azul negra que parecía ser un águila.
-Yo los cinco puntos los tengo, loco dijo el Mosca, triunfal -y no me los pienso tapar.
-Sí, si te chupa la yuta te quiero ver con los cinco puntitos.
-¡Qué!, ¡que pasa!, a mi no me tocan, loco, se las digo en la cara: “que pasa, gato, te quedaste sin pasta y me venís a buscar a mí, pará un poco, gato” y cierran el orto.
-Si, a patadas te lo cierran a vos.
-Mirá éste, dijo el mosca, y se sacó la remera para mostrar: Pazazu, el demonio de piedra del “exorcista” escrachado sobre el hombro derecho, -y me quiero hacer uno acá, en el cuello, con el nombre de la loca: Belu.
-Todo un gesto, Mosca- le dije -con el escracho seguro la loca te perdona.
-Claaaro, mueere, se mueere la loca cuando lo vea. Está re gorda la loca, y claro ¡dos pibes!, me quiero matar.
Llegamos a Caferatta e Iribarren. Leo se detuvo en seco y dijo:
-No me acompañen, voy solo, por ahí se cabronea si somos muchos, y a mí me conoce bien.
Le di la guita para un veinticinco y el Mosca le dio para tres papeles. Leo se fue.
Tardó más de veinte minutos en volver. El mosca no paraba de hablar y de alternar en el discurso numerosos -“he, gato, apuráte”, o “vamos nosotros también, Abel, que éste mierdas no viene”. Entonces me contó del accidente en moto, de cómo le quedó torcida una pierna y del fierro que ya se tendría que haber sacado hace tres años, y que ahora le dolía porque era de mala calidad, y que le estaba pudriendo la pierna.
-Y bueno, que me la corten, que mierda me importa.
Apareció Leo con todo, lo repartió y mientras regresábamos el Mosca se tomó el primer papel. Le convidó a Leo. Yo, que merca no tomo, me adelanté unos veinte metros, un poco apurado por llegar y fumarme un caño y otro poco para no verlos aspirar.
Che, gato- me gritó entonces el Mosca -¿qué pasa, gato, ahora que conseguiste tu fasito te alejás?, jaaaaaaaa!
Nos reímos a carcajadas, los tres. Cuando llegamos a Rosas y Merlo nos cruzamos con un pibe que venía con tres envases de cerveza en la mano.
Che- nos preguntó -¿no vieron algún chino o un kiosco abierto?
-Uuu, no man, no vimos nada abierto– le dije -claro, es primero de año, todo cerrado mal.
-Hace doce cuadras que camino- nos dijo.
-Es más fácil conseguir droga- dijo el Mosca
-Venimos de comprar merca y faso- agregó Leo -pero no hay cerveza… ¡jaaaaaá!, ¡que país de looocoooos!…
Caminamos los tres juntos hasta Spandonari y Mitre. Ahí el Mosca y Leo me dieron un abrazo y doblaron a la izquierda, rumbo a sus casas y a sus polvos. Yo caminé una cuadra más, entré en casa, desconecté el teléfono, piqué el faso, lo metí en la pipa y me lo fumé.

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