Vera

Vera se despidió de Juan, su último cliente. Le señaló la puerta de salida, le dijo que se apurara porque ya llegaba la tormenta, y bajó por las escaleras con la guita del día en la mano, rumbo al baño. Se lavó los dientes y se dio una prolongada ducha caliente, pero antes, como en un ritual, se quitó la máscara del hastío frente al espejo, mejor dicho, se la arrancó: se quitó de las pupilas las miradas acuosas, los alientos indelebles alojados en la nariz y los fluidos ominosos acumulados en la piel.
Casi una hora más tarde, ya en camisón, subió de nuevo, entró en su cuarto y ahí estaba Juan, su último cliente, todavía sentado en la cama y esperando.
-¿Que hacés acá, Juan?… ¿no te dije que te vayas rápido?
-Te esperaba, Vera.
Vera se lo quedó viendo… pensó que el tipo era un santo, o un boludo. Hacía meses que Juan venía y se acostaban, y mientras hacían el amor él la tocaba como se toca una flor muy delicada, y la miraba con esos ojos negros tan profundos que no lograban ocultar el amor que sentía.
-No, mirá Juan… creo que te equivocás, ¿no sabés cual es mi trabajo? ¡soy puta, Juan!, ¿que venís a buscar?, ¿más que sexo?, entonces estás muy equivocado… ¡mirá!¡toda la cosecha de hoy!
Vera le pasó el fajo de billetes por debajo de la nariz. Ese día había tenido más de diez clientes y el fajo era bastante grueso. Había empezado trabajando a las nueve y media de la mañana y ahora estaba ahí, frente a Juan, y sólo restaban quince minutos para la medianoche.
-Ésto es la realidad, querido Juan, la guita; ésto maneja el mundo, la guita… la guita es el gas en la hornalla y es el médico y las pastas, y es el faso también, porque sino me vuelvo loca… y son las bombachas, claro, y el bife de costilla con papas fritas.
Juan la miraba esperando, sin abrir la boca, y al final se quedaron en silencio. Vera, nerviosa, caminó varias vueltas por la habitación, pasando cada vez frente a Juan. Al rato se sentó en la cama. Entonces se levantó otra vez y buscó un alicate en el cajón de la cómoda; volvió a la cama y comenzó a cortarse las uñas de los dedos de los pies. Parecía como si de repente se hubiese olvidado del tipo que tenía sentado a su lado. Al rato éste habló:
-Yo vengo cuando puedo porque más no puedo gastar. Si fuese millonario te pagaría todas tus horas de todos los días para no tener que irme y regresar cada tanto, ni para esperar a verte otra vez.
Vera levantó la mirada de sus pies y se la sostuvo, inquisitiva y pétrea; entonces le contestó:
-Claro, yo se lo que te pasa: vos venís a rescatar a la cenicienta. Divino. Pero ésta cenicienta no es como la del cuento, es posmoderna, no limpia ni pisos ni chimeneas: refriega cuerpos transpirados entre sus tetas y se coloca para que los machos hagan su depósito seminal. Imagináte, príncipe enamorado, a vos sólo te falta el zapatito de cristal y el ansia, o la calentura, de desear que me calce justo en el piecito y me convierta en una reina encantada, en una santa frente a los súbditos de tu reino y en una putarraca descarada en tu cama.
-No, Vera, no es así. Yo no tengo ningún zapatito de cristal para probar si te queda, ni tampoco un reino; sólo tengo mi corazón, y no me hace falta probar nada… ¿porqué te enojás tanto?, yo no puedo sentirme culpable por haberme enamorado de vos, al contrario: no me importa ni tu trabajo, ni tu pasado, ni nada; solo sé que podríamos, juntos, empezar una vida distinta, distinta para los dos. Y no es verdad que la guita maneje el mundo, lo que hace que el mundo se sostenga día a día es el amor, Vera, y por eso estoy acá.
Afuera tronó dos veces y empezó a llover. Sobre el techo de chapa se agitó el chubasco creciente hasta llegar a caer con una violencia de baldes de agua. Vera se levantó, encendió el velador, apagó la luz y prendió un sahumerio. Por un momento sintió un odio casi infinito por ese tipo que tanto le gustaba y que ahora decía amarla. A ella, la prostituta. A ella, que había dejado olvidada en algún rincón del camino esa esperanza junto con aquella antigua dignidad de la que tanto le hablara su madre antes de morir, y que ella se había encargado de traicionar paso a paso. Sintió un remordimiento oscuro y definitivo, y, también, una urgencia desesperante que la obligó a levantarse y a ocultar las lágrimas que, imparables, brotaban desde sus ojos y corrían libremente hasta el piso.
La lluvia continuó, sin ánimos de parar. Al rato Vera dejó de llorar, encendió un cigarro, le ofreció otro a Juan y volvió a sentarse a su lado.
-Juan, preguntó con la voz quebrada mientras se secaba los ojos con un pañuelo -¿como es tu vida?
-¿Mi vida?… mi vida era una buena vida, una vida tranquila, una vida de amigos y de trabajo. Una vida simple. Nunca me asustaron ni la soledad ni la independencia. Siempre fui el dueño de mis reglas, pero ahora esa vida se acabó. Como todos, cometí un error: venir a verte. Conocerte cambió todo eso: ahora mi vida dejó de ser buena, está vacía, porque lo que más siento que necesito y deseo está justo en este cuarto y no me pertenece. Ni pretendo semejante indignidad: nadie nace para ser de nadie, pero sé que dos pueden compartir sus soledades y volverse mucho más que esas dos soledades separadas y solas.
-No soy una buena persona- le dijo Vera con un sollozo ahogado.
-Nadie lo es- le contestó Juan.
Fumaron juntos varios cigarros. Vera preparó café, un café negro como el diablo y caliente como el infierno. Hablaron muy poco: hablaba la lluvia. La lluvia les susurraba desde el techo la maravilla de estar bajo esas chapas, fumando esos cigarros y bebiendo ese café, juntos.
Al final Vera no pudo más del cansancio y se quedó dormida. Juan la tapó con una manta, se sacó los zapatos y se acostó a dormir, vestido, a su lado.
Se despertaron a las ocho y media de la mañana con las campanadas de Santa Rita que, a media cuadra, invitaba a todos a la misa dominical.
Juan se puso los zapatos, se acercó a Vera, le dio un beso muy tierno y le dijo:
-Me voy, gracias por lo de anoche. Uno de estos días te llamo… vos pensálo.
Y se fue.
Vera se quedó acostada casi hasta el mediodía, viendo el techo y pensando en las campanadas de la iglesia, en su madre y en La Magdalena… y en esas piedras que el Amor de un hombre evitó que asesinaran otra vez. Y pensó en Juan, en sus ojos y en su piel, e imaginó que, tal vez, podría ser un santo. Al final se levantó, se aseó, preparó unos mates amargos y llamó por teléfono a todos los clientes que ya habían reservado un turno para el lunes.
Luego buscó la única foto de su madre que aún guardaba en un viejo arcón y la puso sobre la mesita de luz.
Y entonces se dio cuenta que en los próximos días no tendría nada que hacer… salvo esperar la llamada del teléfono.

Comentarios

Vera — 4 comentarios

  1. Uu, gracias Limadita Bukowski… y en tu artístico apellido reconozco a uno de los personajes que están al norte de mi camino.
    Todo esto es gratuito, mi blog, tu comentario, los maestros del pasado: la gratuidad de este romanticismo a tiempo real es, tal vez, una de las mejores características humanas. Gracias otra vez.