Muerte prematura

Luego de que Esteban se esforzara en cumplir con todos los mandatos civiles que le enseñaron sus maestros de escuela, con todos los preceptos morales que le impusieron en la parroquia, y con todas las obligaciones filiales que le inculcaron sus padres, su mujer, sus hermanos y sus amigos, finalmente se murió.
A los treinta y tres años de edad.
Sin embargo, su cuerpo siguió respirando: sus ojos continuaron viendo todo alrededor y sus manos persistieron en llevar el alimento a la boca… perseveró en el ejercicio de ir al baño y en el comercio carnal con su mujer.
Y con todo lo demás: cortando el pasto, yendo al supermercado, cocinando pizzas, escuchando radio, viendo TV y leyendo el diario. Pero Esteban, el verdadero Esteban, ya nunca apareció.
Nadie se dio cuenta… nadie lo extrañó.
Fue obrero en varias fábricas, de oficio soldador. 
Se fanatizó con el fútbol y se aficionó a la bebida; sus amigos aseguran que, tal vez borracho o en la cancha, parecía ser feliz.
Finalmente, tras una larga agonía, su carne colapsó arrasada por un cáncer masivo de duodeno.
Tenía sesenta y nueve años.
El velorio fue sentido. Más tarde lo enterraron en el cementerio de la Chacarita.
Llovía.

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