Primer beso

Yo tenía doce años, ella estaba por cumplir catorce. Se llamaba Claudia Gutiérrez y eramos compañeros de escuela, primer año. Claudia era morocha y flaca, tenía una hermosa cola redonda y tetas muy desarrolladas para su edad, una sonrisa muy fácil en la cara y, por sobre todo, tenía experiencia.
Esa tarde, luego de las clases, me llevó a la plaza de Hurlingham, sobre la avenida Roca, me sentó en un banco apartado de los mirones y me besó. Me dio un beso, me dio dos, tres… sin preámbulos ni prisas se montó sobre mi cuerpo y me pasó su lengua rosada por toda la periferia de mis labios atónitos, una y otra vez, y luego la embutió toda entera en mi boca… esa lengua entraba y salía en un crescendo de orquesta enloquecida, rellenaba y verificaba cada milímetro del paladar, hurgaba en mis encías buscando completar su total geografía, recorría mis dientes buscando llegar a lo más profundo, y en su cavernoso afán se ensanchaba como un molusco para luego retirarse como un rayo inquieto y babeante… entonces, mientras me miraba a los ojos y ensayaba su mejor sonrisa, me mordía los labios y se reía con su generosa sonrisa morena, me acariciaba los cachetes con dos manos mulatas y empezaba a combinar todo ello una vez más. Finalmente se fue el sol, ella encaró para su casa y yo, absolutamente turbado, me subí al 53 y me fui para Caseros. Esa noche no dormí… nada podía apartar de mi mente el recuerdo de esa agitada carne rosada abriéndose paso.
El segundo día salimos a caminar luego del colegio. Nos arrinconamos contra una pared y nos besamos. Entonces me empezó a gustar de verdad, y tomando la posta, me arrojé sobre sus labios con una imparable fruición cuasi neurótica. Cada beso potenciaba el deseo de otro beso más, del experimento de la calidez íntima y del sabor de los alientos maravillosamente entremezclados. Nada tan narcótico como esa boca, esa lengua y esos labios. Ese segundo día y el tercero los encuentros fueron desesperados, los volvía así el hecho de que producían más necesidad que hartura.
La noche del tercer día, mientras soñaba con ella, sufrí de un terrible -y presumido- dolor de mandíbulas.
En el cuarto día su boca perdió una cualidad, un sabor… sus besos parecían haber canjeado algún condimento esencial por una lejana indiferencia que me llenó de temor y de desesperanza. Nos separamos antes de lo habitual. Regresé a casa tan preocupado que no recordé siquiera las instancias del viaje.
Al quinto día, sin preámbulos ni prisas, ella me dejó.

Comentarios

Primer beso — 1 comentario

  1. Esto me recordó mi primer besi…jaja…y q mi nena anda en las mismas…la pubertad aflorando..buen relato…gracias Diego…te leo en la noche para que me de sueño….jajaja…
    No te creas es broma….en serio..jajajaja