El diario culinario de Issei Sagawa

“Soy horrible en mi estilo, tengo manos y pies pequeños, una voz filosa como la de un eunuco y una cabeza desproporcionada por la que circula un único pensamiento. Mido un metro cuarenta y cojeo al caminar. Ella, en cambio es alta. Se llama Renée, es holandesa y rubia… por sobre todo es rubia.
Se ha inscripto a mitad de año en nuestro curso de Literatura Comparada. Desde el primer día me siento a su lado sin dejar de pensar, ni por un momento, en la blancura de su brazo. Le he pedido que me enseñe holandés o alemán. He aquí la interesante verdad, reducida, infinitamente limitada al dominio de las palabras. Ella acepta, sin duda le divierte el hecho de ser la única a quién le hablo. No oculta su asombro frente a mi inteligencia. No finge ni simula como el resto.
Es mayo. Caminamos juntos sin parar de hablar bordeando el bosque. Tan rico, tan arrebatador como es ella misma. La cuestión de la realidad de ahora en adelante se diluye. Apenas una partícula de coherencia para sostener la historia. Me animo por fin a invitarla a mi departamento. Hemos tenido una conversación agradable, pero algo agotadora acerca de Shiki Masaoka y el mito de su belleza. Antes de irse, le pido que lea por última vez “Iglesia muerta” de Trakl. Mientras su boca gesticula, la mía se deforma. Cuando se marcha, me dedico a oler y lamer cada sitio donde ella ha estado sentada.
No necesito tomar prestado ningún motivo. Simplemente el germen creció tanto que un día todo pareció diminuto. Renée colaboró a transplantarlo. Vuelvo a invitarla. Se ha mostrado complacida con la idea de grabar la lectura de aquel poema que tanto disfruto. Le he dicho que mi intención es hacer oír la cinta luego a un profesor. Cenaremos Sukiyaky; trozar, secar y servir, todo muy sencillo. Prestando atención de no mezclar jamás los olores.
Junio. Renée repite algunas frases mientras yo preparo la grabadora. A la señal acordada comienza. Siento como su voz me traspasa: “lo mira fijo desde muchos ojos en el vacío. Y una voz semejante a todas las otras solloza mientras el espanto crece en el espacio”. De pronto una luz, un fuerte sonido y luego, su cuerpo cayendo de la silla al piso. Sus ojos, su nariz, su boca, la sangre sale por un orificio en su frente. Insisto en hablarle, pero no responde. Trato de limpiarla pero no puedo detener el fluido de su cabeza. Todo está muy callado. Sólo el silencio de la muerte persiste.
No había previsto la dificultad que implica desnudar un cuerpo muerto. Finalmente lo consigo. Su carne es blanca, casi transparente. La toco, es lisa. Completamente luminosa. Entonces me pregunto dónde debería morder primero. Me decido por una de sus nalgas. Tomo fotografías de todo el suceso. Mi nariz se cubre con su piel fría. Intento continuar pero no puedo, un repentino dolor de cabeza me distrae. Voy por un cuchillo y lo clavo profundamente en ella. Mucha grasa exuda del corte. Es extraño cómo miles de secretos sutiles y grotescos van poco a poco apareciendo. Tras un montón de capas amarillas asoma algo de carne roja. Corto un trozo y lo pongo en mi boca. No presenta olor alguno. Se derrite en mi lengua cual perfecto bocado de pescado crudo. Rebano su cuerpo y levanto la carne repetidas veces. Tomo una fotografía de su cadáver opacado solo por la profundidad de las heridas.
Ya desnudo, me tiendo sobre ella y penetro su cuerpo aún tibio. Cuando la abrazo emite una especie de suspiro. Me asusto. La beso y le digo que la amo. Es increíble que aún muerta siga siendo tan reservada. Tiene una nariz pequeña y labios delgados. Mientras vivía ansié morderlos, ahora puedo satisfacer cuantas veces quiera ese deseo. Mastico el cartílago hasta oír cómo se rompe. Utilizo un pequeño cuchillo para cortarlo aún más. Es duro y desabrido.
Arrastro su cuerpo hasta el cuarto de baño. Estoy exhausto, sin embargo consigo cortar su cadera. Apuñalo el estómago. Al abrirlo sobresalen gruesos y largos tubos que se enrollan sobre sí mismos. En uno de sus extremos encuentro una bolsa gris. Debe ser su vejiga. Un intenso olor se desprende tan pronto como la levanto. Introduzco mi mano en la cavidad. Agarro otra bolsa. Creo que es su matriz. El hallazgo me paraliza por un momento. Si ella hubiera vivido, habría tenido un bebé en esta matriz. Ese pensamiento me deprime.  Saco los tubos. Siento que la piel me arde. El líquido me quema los dedos. Avanzo con el cuchillo eléctrico más arriba, a través de músculos y órganos. Al llegar a la columna vertebral el aparato se detiene y debo recurrir a una pequeña sierra.
Pongo la carne en una cacerola. Después que todo está listo, acerco la mesa y uso su ropa interior como mantel y servilletas. Retrocedo la cinta con la bella lectura que ha hecho del poema. Noto que falta todavía algo de sabor. Añado sal y mostaza. Su carne es de una calidad espléndida, muy alta.
 Voy al cuarto de baño y corto parte de su pecho, que deposito en el horno. Me agacho para observar cómo se hincha mientras se cocina. Lo sirvo tal cual lo he trozado. No es tan bueno como esperaba, demasiado grasoso. Intento probar en otra parte, empiezo a comer al azar. Muerdo un dedo del pié… aceptable.
Debo extraer la carne antes de amputar los miembros. Toco el cuerpo frío otra vez. Desgarro la rodilla con mis dientes, sus muslos son muy blandos. Mastico lentamente. Me veo en el espejo y apenas reconozco mi cara, está enteramente cubierta de grasa. No resisto el sueño y me recuesto a su lado.
El zumbido de tres enormes moscas me despierta. Son tan grandes que parecen un enjambre oscureciendo su rostro. Al moverme se despegan. Intento seguirlas, pero escapan. Lo sé, son la señal de que ya  he perdido, que la he roto para siempre, como un niño rompe su juguete predilecto”…

Comentarios

El diario culinario de Issei Sagawa — 3 comentarios

  1. este me gusto mucho..me recordó anibal..este era un doctor de un hospital universitario aqui en mi ciudad donde hice largas practicas…este mataba sus victims y los cortaba en pedacitos…y las dejaba en cajitas tan pequeñas a sus victimas…de ahi salio canibal creoq hace poco salio de carcel