La misma enfermedad que todos

Marcelo terminó temprano con sus alumnos de guitarra y salió a caminar rumbo a Ramos Mejía. Necesitaba un nuevo juego de cuerdas para la criolla, y también necesitaba pensar. 
Estaba preocupado. Los últimos días se había despertado muy angustiado, con una fuerte opresión en el pecho y con todo el cuerpo bañado en sudor. No es que tuviera un problema serio en particular, sino que el ramillete de pequeños y habituales problemas que le quitaban la paz y el coraje también le minaban la facilidad del buen vivir.
Salió de su casa en Mitre y Rosas y fue bajando hacia el sur en una escalera lo más parecida al azar. A dos cuadras pasó por la puerta de la casa de Raúl, el amigo de su infancia que su madre tanto detestaba. Su madre…
Ella, o su juicio, era uno de los pilares de su frustración. Sin dudas su madre lo amaba, pero sostenía que él era un fracasado, un talento desperdiciado, incluso había tenido el descaro de decírselo en la cara, luego de aquel recital en el geriátrico sefaradí.
Y lo mismo su hermano el arquitecto… si bien lo amaba también, ignoraba todo lo que tenía que ver con su vida, con sus deseos y sus esperanzas, y eso era porque él no cubría sus expectativas. Marcelo creía que ellos no lo amaban a él en realidad, sino a un Marcelo imaginario que se habían construido a medida de la proyección de sus deseos.
Y ese Marcelo por ellos proyectado le resultaba tan inalcanzable, tan ajeno, que lo llenaba de desesperación. Le hubiera gustado ser el otro, le hubiera gustado tener esa pasta para el éxito, esa audacia y esa ambición… pero su personalidad no era así, muy por el contrario, a él no le interesaba ese éxito mundano, a él le interesaba estar en paz, amar a su mujer, reír con sus amigos, disfrutar de las cosas simples… nunca se había sentido atraído ni por el lujo ni por la ostentación. Marcelo sentía que era más facil ser feliz siendo un tipo sencillo… sin embargo no era feliz, porque vivía preocupado.
Siguió caminando rumbo a su destino, dejó Álzaga, dobló en Cochiararo y pasó por la puerta de la iglesia evangélica que sus alumnos Jorge y Graciela llevaban adelante… ellos sí eran verdaderos cristianos, con esa fe férrea que alejaba todas las dudas de un saque. En cambio su cristianismo oscilaba entre la gracia y la culpa con una lamentable sinuosidad de camino de tierra. Si Jesús era el camino, él se sentía cuneta, o peor, la zanja al costado, hundida, detenida, pudriéndose al sol.
Y estaba también el asunto de su carrera. Le faltaba un año para llegar a los cuarenta y aún no se había recibido de nada. Le faltaban dos años para terminar el profesorado de música, dos años eternos viajando al microcentro, dos años de cemento y de asfalto, de ruidos liminares, de ríos de hormigas humanoides, de calles y autopistas, de humos de motores chillando obscenidades a explosión, de sirenas de muerte, de trenes atestados, de marea humana… y de exámenes-concierto que lo anulaban hasta el temblor. No, éste no era en verdad un mundo tan hermoso.
Llegó a la plaza de Ramos Mejía y entró a rezar en la catedral. Se arrodilló en el último asiento y rezó así:
-Señor, ten piedad de mí, que soy un pecador. No merezco ser llamado hijo tuyo, no merezco ser llamado ni siquiera sobrino tuyo, y mi deuda es impagable.
Lloró en medio de la plegaria.
Luego salió de la iglesia, pretendiendo estar renovado. Le faltaban cinco cuadras para la casa de música. Se calzó el mp3 en los oídos y le dio play al cuarto disco de los Cure.
Enfiló para las vías mientras tarareaba “One hundred years” casi sin escucharse.
Y mientras cruzaba las líneas paralelas de los rieles tampoco escuchó el silbato del guardabarrera que lo prevenía de la mole, ni la bocina del tren rápido que ya llegaba raudo rumbo al lejano oeste, todos los sonidos del mundo real ocultos detrás de las guitarras desenfrenadas de Robert Smith y los bajos redondeados de Simon Gallup.
Pasó el tren como una sierra kilométrica y un instante más tarde todos sus problemas se habían terminado.
Y los bomberos que juntaron los pedazos de su cuerpo en dos bolsas grandes y negras jamás hubieran sospechado que ese muerto, que parecía y que estaba tan muerto, había padecido, sólo un rato antes, de la misma estúpida e intangible enfermedad que ellos se habían contagiado, como él, de boca de sus padres y de sus maestros de escuela y de los curas y de la radio y de la televisión.

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