La muerte del perro

Eran las doce y media del mediodía, jueves. El perro venía caminando por Moreno, rumbo a Palomar. Era un perro viejo y gordo, petiso, y caminaba tan lento que cada paso era una especie de temblor oscilante a punto del derrumbe. Llegó a Olavarría, miró a ambos lados y se mandó a cruzar, pero el auto que venía desde Urquiza a toda velocidad lo interceptó justo en la mitad de la calle. Un ford Galaxy gris, muy opaco, todo desvencijado y podrido.
El perro se detuvo justo en la mitad del asfalto, viendo a la máquina venírsele encima. Tal vez pensó que el auto iba a parar. Yo pensé lo mismo… pero no, el conductor ni siquiera peinó el freno.
Le pasó por encima al perrito como si fuera una bolsa de feria o un pedazo de cartón; el can chilló un poco y nada más, sólo quedaron las tripas regadas sobre el asfalto y una patita que se movía por los nervios destrozados… y el tipo siguió como si nada, rumbo a Avenida Mitre.
Entonces lo corrí. Sentí que la indignación era tan abrumadora que corrí como un loco, como si de ello dependiera mi vida. En Mitre justo cortó el semáforo y se fue armando una larga caravana de autos. Alcancé al Galaxy y encaré al tipo, que fumaba un pucho con la ventanilla baja, el brillo del sol en la cara.
-Me mataste el perro, le dije
¿Que perro? me contestó con sorna
-¿Que perro?… ¡éste!
Entonces saque el arma y le volé la mano fumante de un tiro; el pucho giró alocado en el aire y cayó, aún encendido, al lado de un pulgar muy gordo y sangriento.
-¡Ahhhh!, ¡Ahhhh!, chilló, -¡que hacés, hijo de putaaa!
-¿Hijo de puta?… todavía no terminé…
Abrí la puerta, lo agarré del pelo y lo arrastré sin piedad hasta el cordón. Le puse el caño en la frente y le dije:
-Pedí perdón, rata.
-¡Andáte a la concha de tu madre, mierdaa!
Otro tiro… la otra mano desapareció como por arte de plomo.
-Pedí perdón!, insistí.
-¡Andáte a la concha de tu madreee, ¡ahhhhh!
Un tercer estampido en la rodilla izquierda y otro tiro más en la derecha, entonces el hombre se derrumbó y empezó a sollozar como un niño: ahhh, ahhh, nooo, ahhh, ¡mamaaá!…
La gente se fue acercando, y a lo lejos se empezó a oír una sirena policial. Yo guardé el arma, me di media vuelta y me fui caminando hasta mi casa, a tres cuadras.
Llegue, entré, me dí una ducha muy caliente, me preparé unos mates amargos y me puse a tocar la guitarra: la Chacona de Bach.
Una hora más tarde tocaron el timbre. Salí.
Era la policía.
Me esposaron y me llevaron a la seccional, en donde confesé todo. Luego del juicio, que duró muy poco tiempo, me dieron seis años.
Ahora estoy en la cárcel de Marcos Paz, estoy bien, tengo comida, tengo un colchón y nadie me molesta, pero algunas noches no puedo dormir… no me puedo olvidar de esa pobre patita muerta, agitándose inútilmente bajo la indiferencia del sol.

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